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La enemiga dentro de mí

Diario- Jordi Costa 12/09/2019
Una película que no consigue estar a la altura de la precisa capacidad de síntesis y la considerable fuerza de algunos momentos
 

Hay personas que llevan a su peor enemigo dentro de sí y películas a las que les pasa exactamente lo mismo. Cuatro manos, segundo largometraje del alemán Oliver Kienle, podría ser un buen instrumento para explicar los dos casos. Sophie, la protagonista de este thriller que se abre con afortunadas notas góticas para dejarlas de lado hasta sus imágenes finales, es una pianista que sufrió un acontecimiento traumático en sus años de infancia. Un suceso transformador que convirtió a su hermana en su protectora a perpetuidad, que evolucionó a lastre vital en una existencia regida por el miedo antes de convertirse en algo así como la sombra interior de la que Sophie ya nunca podrá desembarazarse. La imagen que abre la película –una pervivencia de caserón gótico en un entorno industrial- y la que casi lo cierra –un elegante movimiento de cámara que acaba desvelando una verdad reflejada en un espejo- son las dos fortalezas evidentes de un trabajo que se encarga de emborronarlas y ponerlas en crisis a lo largo de todo el metraje. Cuatro manos es, en definitiva, una película que no consigue estar a la altura de la precisa capacidad de síntesis y la considerable fuerza de esos dos momentos.

Kienle opta por contar un thriller de personalidad escindida recurriendo a todos los efectismos de la caja de trucos del cineasta que confía más en la sacudida que en la estrategia. No es un trabajo en absoluto desdeñable y la contrastada labor de las actrices Frida-Lovisa Hamann y Friederike Becht logra desviar la atención de las debilidades y las incoherencias del cuerpo principal de la película, pero el arranque de Cuatro manos promete algo más intranquilizador y, sobre todo, más atmosférico y seductor que lo que acaba resultando. Cuando se manifiesta la fórmula, desaparece, irremediablemente, la fuerza.