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Artefactos naturales

Diario- Javier Rodríguez Marcos 07/10/2019
Una exposición revisa las investigaciones de los artistas de la primera mitad del siglo XX en torno a las formas de la naturaleza pero más allá de las categorías de figuración o abstracción
 

László Moholy-Nagy ejecutó con un año de diferencia dos obras que cuelgan ahora en la galería Guillermo de Osma y que ilustran a la perfección las posibilidades y limitaciones del biomorfismo, ese ismo que nunca acabó de serlo del todo pese a ser transversal a muchos movimientos de vanguardia. La primera es un papel de 21,5 × 28 centímetros firmado en 1938 y dedicado a "Muncha" —es decir, Moncha (Ramona Longas)— y a su marido, el arquitecto José Luis Sert. La segunda es un lienzo de 107 × 130 fechado en 1939. El problema está en el tamaño. Lo que en el menor es fuerza y delicadeza, en el mayor es sobreesfuerzo y grandilocuencia.

El mismo mal de altura —del metro de altura— aqueja, en la misma sala, a la Composition (1935) de Auguste Herbin y al Relief número 49 de César Domela, una tabla cuya fecha de elaboración (1955) demuestra que una tendencia puede convertirse en maniera sin llegar a convertirse en escuela.

Dicho esto, la exposición es una maravilla y está a la altura del reto que se plantea: revisar las investigaciones de los artistas de la primera mitad del siglo XX en torno a las formas de la naturaleza pero más allá de las categorías de figuración o abstracción. Acuñado en 1895 por el zoólogo Alfred Cort Haddon y adaptado cuatro décadas después a la creación por el crítico Geoffrey Grigson, el biomorfismo se situaría "entre Mondrian y Dalí".

Tesis aparte, la muestra es una celebración de la mirada que se abre con un picasso de 1922 y dos piezas de Julio González, y que contiene tesoros como un inquietante man ray que perteneció al poeta Louis Aragon —él solo ya merece la visita— y tres obras de la colección de André Breton; entre ellas, unas "cabezas surrealistas" de firma colectiva. El diálogo entre pintura y fotografía se extiende también al que mantienen entre sí obras como las de Léon Tutundjian y Maruja Mallo, capaces de demostrar a la vez el poder de una pincelada y el lirismo de un trozo de metal.

Biomorfismo. Galería Guillermo de Osma. Madrid. Hasta el 14 de noviembre.