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"Son cerca de las seis —dijo el dominicano"

Diario- Juan Cruz 11/10/2019
En la nueva novela de Mario Vargas Llosa dialogan todas sus obras anteriores
 

Los perros, el pez y la catedral. Quien quiera disponer de un libro en el que Mario Vargas Llosa ponga a dialogar todas sus obras ya tiene este, Tiempos recios. Conversación en La Catedral es la principal de sus fuentes, pero aquí está hasta El pez en el agua, autobiografía de un inocente del altiplano que pierde a su padre (y a su madre) al menos dos veces.

La ciudad y los perros le da el rasgo de violencia que, en el lenguaje y en la acción, lleva a las páginas de Tiempos recios el malvado más ruin de la novela. Como en el célebre arranque del Jaguar de su primera obra maestra "—Son cerca de las seis —dijo el dominicano", sirve en esta nueva novela para decir que algo amanece y es ruin. El dominicano es Johnny Abbes, el sicario de Trujillo que siembra de sangre el antecedente más cabal de Tiempos recios. El estilo ahí viene de La ciudad y los perros, pero la atmósfera es la de aquella Fiesta del Chivo de la que esta novela hereda tanto.

La mezcla de suavidad y horror que desprende aquel sinvergüenza trasplantado a Guatemala ejerce aquí de ruin de patio de comisaría, que busca horror y sexo, confundidos a partes iguales con la mezcla de alcohol y perfume que lo hace deseable y repugnante. Ese "son cerca de las seis", destinado a ser solo un recordatorio, es una señal de amenaza, como la explicación de que a esa hora exactamente está previsto que Abbes rompe el silencio de las horas blandas de una dictadura. Con Abbes en escena ya todo es un baile maldito, sea en un burdel o en una mansión cara.

Como en Conversación en La Catedral hay una piedra de toque que establece no solo un ritmo, una convicción narrativa o un tono, con el simple enunciado de una situación: "Sin amor". Está en la novela en la que es Zavalita el que mira (sin amor) y está en Tiempos recios como el antifaz de lo que ocurre: pase lo que pase, en fiestas o en aquelarres, en batallas mezquinas o en bellaquerías, todo ocurre "sin amor". Pues aunque se disputen amores o estos se disimulen, lo cierto es que no hay, en ninguno de los que se asoman a la historia, ternura alguna. Hay pasión por sobrevivir, y el instrumento es la maldad, y también el resguardo de la maldad.

"¿No ve las cosas que pasan?… ¡Mejor llamarlas novelas!". Pasó con La Fiesta del Chivo, con La guerra del fin del mundo y, naturalmente, con Conversación en La Catedral. ¿Es verdad o es mentira? Hay pocos que hayan advertido tanto contra ambos impostores de la materia novelística como el autor de La verdad de las mentiras. Hay un momento en que la peripecia de la United Fruit, la CIA, Árbenz y Guatemala dejan de ocurrir en este suelo invadido y ocurre, en la realidad y en la metáfora, en la historia del mundo, cuando un país quiere invadir otro país e inventa un desastre. Es tanta la realidad que maneja Vargas Llosa que poco importa que para llegar a subrayarla él se sirva de la ficción. Y, además, ¿dónde empieza y dónde termina la verdad del novelista? No está escribiendo precisamente de Guatemala, porque en ese caso Madame Bovary hubiera sido sobre un viaje en tren y Ulises sobre una jornada en Dublín. Como en sus otras novelas sobre la dictadura, Tiempos recios es sobre la maldad en Guatemala y por tanto en el mundo. Una novela que antecede a esta, y a la que ahora sería bueno recurrir, Week-end en Guatemala, del Nobel Miguel Ángel Asturias (que aparece en Tiempos recios como periodista de radio), tiene esta frase de inicio: "¿No ve las cosas que pasan?… ¡Mejor llamarlas novelas!". Al principio y al final de Tiempos recios parece que el Nobel que ahora aborda la locura en Guatemala está a punto de decir precisamente eso, y por ello la novela tiene este final (que no será este cronista quien lo desvele). Pero es sugerente, como agua limpia de su prosa.

La visita de los géneros. Vargas Llosa es periodista, cuentista, narrador, articulista, pensador…, peruano, por tanto hispanoamericano. En su libro, hasta el final, no solo visita sus libros (incluido Travesuras de la niña mala), sino que toma riesgos con cada uno de esos géneros que cultiva desde su adolescencia. La descripción es uno de ellos: las enredaderas, las flores, la ubérrima campiña de Guatemala; pero está también la crónica, la pesquisa, para preguntarse (¡y cuánto se pregunta!) por lo que ha de ocurrir en determinados momentos de la trama, como si él mismo leyera a la vez que lee el lector. Y está, finalmente, la entrevista, que él ha sufrido como personaje y que aquí, aparte de sus méritos narrativos, le sirve para explicar el carácter del principal de sus ¿invenciones? Ese personaje está ahí, y el novelista, como un personaje de Pirandello, se hace presente: "Apenas entro me desconcierta el escandaloso chillerío de los pájaros". Algo va a pasar, como cuando el dominicano acaba de decir son las seis.

Valsecito. Si el lector se divierte es que el autor tuvo días muy buenos entre las ramas de los árboles de los que cuelga su novela; árboles que son, en definitiva, obras propias que arrojan su rastro de luz en cada página como reflejos dorados de otras invenciones ¿o realidades? Al final de este recuento es saludable traer la autobiografía que le hace recordar al novelista la persona a la que al final interroga. Y ahí está el chico de El pez en el agua, en Piura, 1946, escuchando o bailando Alma, corazón y vida, aquel valsecito. Hasta llegar ahí, es decir, para llegar al principio de sus metáforas, cuánta realidad.