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Misterio perpetuo

Diario- Jesús Ruiz Mantilla 11/10/2019
Un volumen reúne críticas y escritos de George Steiner sobre compositores y conciertos que ayudan a entender la singularidad de la música como vehículo de emociones universales
 

Desde la crítica literaria, George Steiner ha sabido construir un sistema filosófico. Esa es su gran contribución al pensamiento contemporáneo, donde el maestro de tantas cosas ha logrado un lugar prominente. No extraña que esa obsesión por el lenguaje y la creación de las palabras la traslade a la música. En este caso, como una tensión. Como dos fuerzas que corren paralelas, pero muy raramente se tocan.

Todo ese eje vibra en Necesidad de música, el volumen de escritos que ha reunido Rafael Vargas Escalante para la editorial Grano de Sal. Un conjunto de reseñas, artículos y conferencias en las que Steiner desgrana su visión de varios compositores entre críticas de conciertos, óperas o apuntes de libros. La música ha ocupado un lugar central en su obra. Como trama y subtrama. En cualquiera de sus textos fluye como una constante: un hilo de sonido mediante el cual se apoya para explicarnos el mundo y de manera particular su propia visión de la cultura occidental.

Dice que tuvo suerte de que sus padres introdujeran la música en su vida desde que nació. Y de acudir a conciertos y óperas ya muy pequeño. Confiesa su incapacidad para tocar algún instrumento. Quizás de ahí nazca su admiración hacia el virtuosismo de quienes lo dominan con naturalidad o lo crean como un lenguaje a través del cual ofrecen su concepción del mundo.

En todo momento, Steiner nos ayuda a entender la singularidad de la música como vehículo de emociones universales paralelas en tendencia a las demás artes. Pero con un carácter de autosuficiencia específico: como si bebiera de ellas, pero no las necesitara para delimitar su propio camino ya que la música sostiene, en paralelo a las matemáticas y tal como imaginó Pitágoras, la clave de bóveda del universo.

Las conexiones más valiosas nos las ofrece Steiner respecto a la literatura y la filosofía. De ahí, junto a cada brillante explicación de las fuentes de pensamiento de las que beben Beethoven, Verdi, Wagner, Liszt, Mahler, Shostakóvich, Schoenberg y la escuela de Viena —es constante su defensa de la música de vanguardia—, nos coloca frente a espejos contemporáneos o de futuro.

Plantea, por ejemplo, cómo este arte resultara siempre un consuelo respecto a la visión cambiante a la que nuestras sociedades se enfrentan respecto a la idea de la muerte. O lanza al vuelo ideas para libros que necesitan ser escritos: como aquel que analice hasta qué punto buena parte de la cultura contemporánea occidental se asienta sobre los despojos creativos que dejó tras de sí el Imperio Austrohúngaro.

Wagner como maestro del absoluto, hijo de Sófocles y Esquilo; Verdi a la altura de Shakespeare, incluso engrandeciéndolo con un talento equiparable al del inglés para la dramaturgia; Webern en su cápsula de pureza pero sin aislarse completamente del aroma creativo de Viena a principios del XX; Liszt superstar, en su camino de la eclosión erotizada y fanática de los escenarios a su retiro monacal; Shostakóvich preso de una cárcel totalitaria a la que retó para la posteridad con la libertad del discurso de sus sinfonías, conciertos o cuartetos; Britten en su necesidad lorquiana de gritar su identidad homosexual a través de las notas de sus óperas…

En torno a ese misterio de la ambigüedad para lo sublime y lo execrable que posee la música, Steiner plantea sistemáticamente para no resolver cómo las palabras del alfabeto sirven para encubrir nuestras mentiras y el lenguaje que consta en los pentagramas nos acerca a la verdad.