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Quema el Barça-Madrid

Diario- Ramon Besa 20/10/2019
Nadie se fía de nadie en un clásico condicionado por la política, el orden público y el conflicto Liga-Federación, y pendiente aún de fecha tras ser descartada la inicial del 26 de octubre
 

Mercaderes y políticos se pasan la pelota del clásico, sin atender a los deseos futbolísticos expresados por Valverde, desde que Tebas puso el partido en juego con la propuesta de intercambiar el orden de los encuentros y jugar en el Bernabéu el previsto para el día 26 en el Camp Nou. A partir del anuncio del presidente de LaLiga, que ni siquiera consultó al anfitrión Barça —al visitante Real Madrid se le supone simplemente al tanto—, ha sido imposible mantener la cita para el momento anunciado porque se vincula a los sucesos violentos registrados desde el lunes en Barcelona.

La pelota quema y no se quieren correr riesgos ni aguardar al informe policial que garantice la seguridad, el único condicionante para decidir sobre la suspensión o aplazamiento del partido, de manera que las distintas partes se proponen ganar tiempo, como si el conflicto fuera solo una cuestión de días y por tanto en diciembre las cosas serán o al menos se verán de manera distinta en Barcelona y en Madrid. El próximo clásico, en cualquier caso, ya ha nacido manchado, atrapado entre la política y el orden público, y no precisamente por los jugadores y técnicos de Barça y Madrid.

No se tomó en serio el mensaje de Valverde que después fue refrendado por el propio Barça. "Queremos jugar el clásico con nuestra gente el 26. Tenemos que respetarnos y, desde el civismo, todo puede funcionar. Lo veo como una oportunidad para mucha gente de aquí, para nuestros aficionados, para la sociedad, de demostrar que se puede jugar perfectamente de una manera natural", argumentó el técnico del FC Barcelona, una entidad muy significativa de Cataluña y al tiempo víctima del contencioso que mantienen LaLiga y la Federación.

Ambos organismos no se ponen de acuerdo sobre la fecha después de mover el partido, a diferencia de cuanto pasó el 1 de octubre de 2017, cuando exigieron la disputa del Barça-Las Palmas o si no el equipo habría sido sancionado con seis puntos en la LaLiga. A falta entonces del apoyo de los Mossos, Bartomeu optó por jugar a puerta cerrada en contra del criterio de su junta —abogaba por una suspensión que al no cumplirse provocó la dimisión de Carles Vilarrubí y Jordi Monés— y con el apoyo del plantel y de Valverde.

La condena de Bartomeu

No tiene la misma importancia un Barça-Las Palmas, ni tampoco el Barça-Valladolid del martes 29, que el Barça-Madrid. El clásico es material inflamable y el presidente pasó a un segundo plano después de ocupar la portada con el comunicado que emitió el club en contra de la sentencia del Supremo. "La prisión no es la solución", se afirmaba en una nota que abogaba por el "diálogo y la negociación" y que disgustó tanto a los no independentistas como a los radicales liderados por Joan Laporta.

El Barça es un club catalán y catalanista, con "una tradición permanente de fidelidad y servicio a los socios y socias, a los ciudadanos y ciudadanas, y a Cataluña", como dicen sus estatutos, y al tiempo ha sido una entidad integradora y vertebradora, desplegada por el área metropolitana, por España y por el mundo a partir de sus muchas peñas y miles de fans. Mantener la singularidad en la globalidad, ser consecuente con el lema més que un club, es difícil para el presidente en un momento tan delicado para Cataluña.

A Bartomeu le toca ser responsable en la gestión del club y del estadio y necesita por tanto encontrar en su discurso el tono institucional adecuado con el que sí dio Valverde. Así que después de pronunciarse sobre el procés, el presidente y su junta subrayaron con alivio la intervención del Txingurri. El técnico pidió el balón para sus jugadores y, sin embargo, no se lo han concedido, sino que las autoridades futbolísticas y políticas apuestan por un cambio de orientación, una patada y hacia adelante, en espera del resultado de las elecciones generales del 10-N.

Antes de los comicios, y a falta de que los Mossos aseguren si se dan las condiciones para la celebración del partido, hay temor en diferentes sectores a que el clásico, un partido de máxima audiencia mundial, pueda convertirse en una postal del independentismo después de las manifestaciones multitudinarias habidas sobre todo en Barcelona. Y de ahí el interés por cambiar de día porque, mientras tanto, nadie se fía de nadie: no hay diálogo, tampoco consenso, ni político ni futbolístico, muy distanciados Tebas y Rubiales.

La grada no es el campo

La prevención y la violencia, así como la sospecha, se anteponen al juego y mucha gente se pregunta: ¿será el estadio el reflejo de lo que pasa en el país y por tanto la reivindicación pacífica de la afición contrastará con la agresividad de grupos enfrentados a la policía dentro y fuera del Camp Nou? Los unos enfocan las barricadas y los contenedores ardiendo como volcán de rabia y los otros exhiben las mareas humanas que atraviesan Cataluña a pie mientras se recuerda que seguramente habrá una nueva manifestación el día 26.

Aunque la situación es hoy complicada, nadie sabe si no lo será menos que la del día finalmente dispuesto para el partido por excelencia, el clásico sin fecha por miedo a lo que pueda pasar en la grada y no en la cancha del Camp Nou. La opción de aceptar el sábado y abogar por un partido cívico y pacífico no ha tenido recorrido a pesar de la disposición de Valverde —al que nadie tiene precisamente por temerario—, del Barça y quién sabe si también con la anuencia del Madrid. Hoy ni siquiera está claro que se respete la voluntad de los clubes para mover el partido al día 18 de diciembre porque LaLiga quiere que sea el 4.

Mercaderes, administradores y políticos se pasan la pelota para ver qué día les conviene el Barça-Madrid mientras los jugadores mantienen opiniones diversas en las encuestas ya iniciadas por la prensa —Lenglet está de acuerdo en que no sea el 26—. "Yo confío en que se juegue antes de que acabe la primera vuelta o LaLiga", ironiza Valverde. Aun sin saber el resultado, la gestión del clásico supone una derrota para el fútbol de un país que en diciembre acogió de forma solemne en Madrid un Boca-River, final de la Libertadores, que no cabía en Argentina.