Textos y fotos »

Cómicos y otros parásitos

Columna- Antonio Muñoz Molina 28/11/2019
La mayor parte de los actores y actrices, esa frívola fraternidad de extremistas privilegiados, resulta que viven de milagro
 

El talento máximo del populista está en encontrar el enemigo adecuado: ha de ser un enemigo sobre el que puedan volcarse al mismo tiempo las quejas más o menos justas y los instintos agresivos más viscerales; y también un enemigo tan débil que no pueda defenderse, y hacia el que sea fácil no sentir solidaridad, por su extranjería o por su diferencia. Otra ventaja de un enemigo así es que distrae la atención sobre los verdaderos responsables de las desgracias ciertas o imaginarias que se sufren. El populismo en España parece una cosa reciente, pero ya existía y era cultivado con éxito y sin ningún escrúpulo hace muchos años, y lo ejercían no esos nuevos partidos que han tardado tan poco en imitar los peores vicios de los viejos, sino aquellos mismos a los que se atribuye una cierta severidad institucional.

Una crónica reciente de Raquel Vidales y Gregorio Belinchón sobre la precariedad laboral de los actores me ha hecho acordarme de los años en los que el Partido Popular, el gobierno de José María Aznar y todos sus medios afines decidieron señalar como enemigos a los miembros de esta profesión. El populista necesita un enemigo que parezca por algún motivo forastero, diferente, extraño. Los actores han sido fáciles de señalar desde hace siglos porque se dedican a un trabajo que parece un juego, porque llevan vidas irregulares, errantes, incluso puede que inmorales.

En épocas de grandes corruptelas y despilfarros de dinero público, la derecha española concentró una parte de activismo populista en denunciar las subvenciones al cine y al teatro, difundiendo la idea de que actores y directores eran todos unos pijos parásitos que vivían a costa de los impuestos de la ciudadanía honrada. El sarcasmo de los columnistas biliosos se convirtió en abierta agresión cuando una gran parte de los actores y los directores y la gente del teatro y de las artes manifestaron su protesta contra la invasión de Irak en 2003, y contra una participación española en la que el entonces presidente Aznar se las arregló para conjugar la infamia y el ridículo. Los del cine eran unos privilegiados que vivían en mansiones espléndidas gracias a las subvenciones, porque sus películas no iba nadie a verlas, y que además se permitían el capricho de hacerse los pacifistas y los radicales.

La revancha no se hizo esperar. Las ayudas públicas al cine y al teatro son irrisorias en España, por comparación con otros países, y la crisis económica agravó muy pronto esa penuria. Pero además empezó un acoso menos visible, pero más eficaz, que fue el de la persecución fiscal. Hay un acuerdo de que el fraude fiscal en España es muy alto, y que cuanto más dinero y más poder se tiene es más fácil eludir los impuestos. Actores, actrices, directores de cine y de escena, cantantes, escritores: todo el que tuviera algo que ver con la interpretación, las tareas creativas e intelectuales, empezó a ser sometido a un escrutinio que probablemente habría sido más necesario, y más rentable, si se hubiera concentrado en magnates del narcotráfico o de las finanzas. Atacar a un enemigo imaginario y además débil y aislado es mucho más cómodo que hacer frente a un poderoso. Y además se cuenta con la tranquilidad de que los abusos que se cometan contra él no van a despertar simpatía. El actor Javier Gutiérrez decía hace poco abiertamente lo que en esa profesión es un secreto a voces: "Algunos compañeros lo han perdido todo". Amparándose en la confusión, la ambigüedad, los cambios caprichosos de normativa, el antiguo ministro de Hacienda Cristóbal Montoro alentó una campaña de persecución fiscal contra los miembros de esa profesión a los que su partido, su gobierno y su opinión pública llevan muchos años señalando como enemigos. En España un futbolista puede estafar muchos millones en impuestos y como tiene los mejores abogados difícilmente pagará de acuerdo con la escala de su delito. Además es muy posible que los aficionados de su equipo, y el público en general, se pongan de su parte. Ni el actor mejor pagado, ni el director de más éxito, ganarán nunca en España más que una fracción de lo que se lleva un deportista célebre, ni tendrá medios parecidos para defenderse. Y si sufre una injusticia, y es condenado con una severidad que los defraudadores verdaderos nunca sufren, procurará esconderla, y no alzar la voz, ni llamar la atención: porque mucha gente lo considerará culpable, y hasta se regocijará en su desgracia. En los periódicos, incluso en alguno serio, se informa con la misma alegría de las desdichas fiscales de un actor o de una actriz como de la mala suerte de algún otro que disfrutó del éxito hace unos años y ahora trabaja de dependiente en una tienda.

La crónica de Vidales y Belinchón pone tristemente las cosas en su sitio. La mayor parte de esa frívola fraternidad de extremistas privilegiados que se daban la gran vida a costa del dinero público resulta que viven de milagro. Por cada actor que mal que bien llega a fin de mes hay cincuenta que no pueden. La mitad de los actores que logran algún trabajo cobra menos de tres mil euros al año. Los actores hacen cualquier cosa para sobrevivir. Dan clases de yoga, venden seguros a comisión por teléfono. Cuanto mayores se hacen menos posibilidades de trabajo se les presentan. Carlos Olalla, que tiene sesenta y un años, cuenta que la multiplicación de los rodajes de series ha creado más puestos de trabajo, pero solo para actores jóvenes o muy jóvenes, y que tengan el mayor número posible de seguidores en las redes sociales. Éste es el futuro glorioso que iban a depararnos las nuevas tecnologías. Para las actrices que cumplen años es todavía más difícil. Los papeles de profesor, de médico, de magistrado veterano, son sobre todo para hombres. Carlos Olalla, cuando ya no podía pagar ni el alquiler, se dedicó a recitar poemas por los vagones del metro de Madrid. Hace no tantos años, el populismo de derechas y el populismo de izquierdas se unían felizmente para denigrar a las personas, actores, músicos, cineastas, escritores, que aspiraban a recibir una compensación por su trabajo, no una renta ni una limosna, sino un pago equivalente, por ejemplo, al que recibe un fontanero de la persona que lo ha llamado para remediar una avería. Deberán felicitarse los unos y los otros al ver que ahora, en los oficios relacionados con la imaginación y las artes, empieza reinar una precariedad parecida a la del reparto de comida a domicilio.