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Estilo eterno, asuntos presentes

Diario- Juan Cruz 08/01/2020
Francesc Salgado reúne una selección de los artículos periodísticos más representativos de Manuel Vázquez Montalbán
 

Trató asuntos que son ahora prácticamente los mismos que se celebraban o deploraban en una época que, en periodismo, lleva su nombre. Esa época empezó a principios de los años sesenta y acabó abruptamente en Bangkok, en octubre de 2003, cuando a Manuel Vázquez Montalbán le falló el corazón corriendo hacia un avión que le llevaría a su casa en Barcelona. Es una leyenda del periodismo, un poeta, un novelista, uno de los principales testigos del cambio de guardia en la vida española, del franquismo a la democracia. Su prosa dependió a la vez de la cultura y del ritmo de contar. La literatura de otros, o las canciones, estaban detrás de esa capacidad para contar cualquier cosa como si en su mente de escritor (y de escritor de periódicos, sobre todo) hubiera un piano dictándole la rima laica de sus crónicas o de sus columnas.

Ahora que hubiera cumplido 80 años su presencia de periodista ha sido atraída a la época del enfado, para devolverle al oficio lo que él inventó para él: el sentido del humor, la claridad compleja de su diluvio de hallazgos. Una colección de esos tesoros que dibujó para el oficio tiene que ser, cualquiera que sea la selección, una enciclopedia de los augurios (buenos y malos) de Vázquez Montalbán. Y es el caso de esta enciclopedia compilada por uno de sus grandes seguidores, Francesc Salgado, a quien se debe una dedicación póstuma que no ha permitido que duerma en el país del purgatorio literario el prestigio que siguió la vida fulgurante de MVM.

Su prosa, el arquitrabe de su estilo, dependió a la vez de la cultura y del ritmo de contar. En él, como en Juan Ramón Jiménez, todo se convirtió en aire, hasta lo más pesado. Su descubrimiento nacional fue cuando publicó aquella Crónica sentimental de España en Triunfo; y ya no paró de referirse a todos los asuntos (desde Franco y la dictadura hasta el Estado de las autonomías y, cómo no, de las ansiedades históricas o presentes, de Cataluña y de Barcelona). A la cultura (política, periodística) de ceño fruncido y muy poblado (aquel ceño como de Carrero Blanco), MVM opone la alegría de escribir. Su velocidad es un rasgo de su estilo, entre Kubala y Luis Suárez; llegó hasta Cruyff, no conoció a Messi (deplora Salgado), pero en cierto modo presintió que algún día también tendría ese "ejército desarmado" de Cataluña, como él llamó al Barça, una estrella como el argentino.

Sus crónicas estaban llenas de predicciones que el tiempo ha ido cumpliendo. Por ejemplo, Franco resucitaría, y ahí está, en sus crónicas, esa predicción que incluía el levantamiento de la losa. Su estilo es eterno, es decir, perdura por encima de otras invenciones sintácticas de la era en que el periodismo parece un potaje que acepta cualquier garbanzo de piedra. En cualquiera de los géneros él sobresalió (y sobresale) porque ante lo mezquino oponía la grandeza de las metáforas y lanzaba, con la precisión de un augur certero, desafíos para los periodistas de esta época, a la que le falta su humor porque también le hace falta su cultura.