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El Liverpool juguetea con el Tottenham declinante de Mourinho

Diario- Diego Torres 11/01/2020
El líder consigue su cuarta victoria seguida en un campo de Londres, algo que no lograba desde 1989, la última vez que fueron campeones. Los locales suman su cuarto partido sin ganar
 

José Mourinho comenzó ganando cuatro de sus primeros cinco partidos al frente del Tottenham y durante dos semanas se propagaron los coros que anunciaron el advenimiento de un nuevo liderazgo carismático en el norte de Londres. Un mes más tarde el Tottenham encadena su cuarto partido consecutivo sin ganar y los coros remiten. La realidad ha separado lo contingente de lo sustancial. El Tottenham es el octavo clasificado de la Premier a solo un punto del Crystal Palace. Se trata del mismo equipo sin forma ni ánimo definido que escapó de las manos de Pochettino. Este sábado cayó en las redes del Liverpool, que acumula 61 puntos de 63 posibles, el mejor arranque de temporada en la historia de las grandes ligas europeas.

Ante el aliento cada vez más débil de su hinchada en el Tottenham Stadium, durante una hora los spurs se revolvieron impotentes como un conjunto juvenil acosado por profesionales. Dirigidos por Mané y Firmino, iniciadores y finalizadores de casi todo, los reds acabaron llevándose los tres puntos y ya suman otro récord estadístico en este siglo: cuatro partidos seguidos en Londres culminados con triunfo. West Ham, Chelsea, Crystal Palace y Tottenham cayeron bajo el peso de un equipo imbatible cuando aprieta y afortunado cuando dosifica esfuerzos.

El Liverpool traspasa cotas desconocidas de regularidad. Hace un año que no pierde un partido de Premier (2-1 ante el City) y encadena seis encuentros sin encajar un gol. No ganaba cuatro encuentros seguidos en Londres desde 1989, justamente durante la última temporada que cerró levantando el título de campeón de Inglaterra. El triunfo en casa del Tottenham tuvo este matiz simbólico en una carrera que encabeza sin contestación rumbo a la reconquista. A 16 puntos del segundo clasificado —el Leicester— sumó su 12ª victoria seguida a costa de retorcer al que fuera su rival en la última final de Champions.

Solo han transcurrido siete meses desde la final del Wanda y la brecha que los separa no hace más que aumentar. La baja de Harry Kane, el capitán, postergado hasta abril por una operación en un tendón de la pierna izquierda, profundizó en el clima lóbrego de White Harte Lane.

Temeroso del oprobio, Mourinho emprendió la fortificación de su área. Dispuso su famosa formación con cuatro zagueros en la retaguardia y un lateral —Aurier— desplazado al extremo derecha pensando más en cerrar que en avanzar. Al doble escalón que puso en el camino de Mané y Robertson añadió un repliegue general profundo de todo el equipo. Arriba solo liberó a Moura. Para alimentarlo, rebajó la dieta al máximo. Prevenidos contra los peligros de la presión del Liverpool, sus compañeros solo le suministraron balones largos.

Fue como interponer un muro de papel a una bala de cañón. El planteamiento encajonó al Tottenham frente a un adversario elástico. A falta de espacios para contragolpear, el conjunto de Klopp desplegó todo su ingenio para ahogar a su adversario en cada salida, administrar la pelota y castigar. El 0-1 de Firmino en el minuto 37, tras un control prodigioso ante el debutante Tanganga que lo abrazaba, sentenció un partido que pudo sellarse con goleada al descanso. Alexander-Arnold envió un tiro al palo, Tanganga tapó sobre la raya un disparo de Firmino, y Gazzaniga hizo un escorzo para sacar un cabezazo de Van Dijk. A los 40 minutos de asedio el equipo de casa apenas había tenido la pelota el 24% del tiempo de acción.

Impaciente y tal vez escandalizado ante tanta inhibición, el público empezó a reclamar un poco más de coraje a sus jugadores. Cuando en la segunda parte se decidieron a avanzar en bloque hacia campo contrario, fue por causa mayor. Desde la banda, Mourinho se desgañitó pidiéndole al árbitro que pitara faltas en contra del Liverpool. Demasiado poco para compensar un desequilibrio que solo corrigió el empuje desesperado del Tottenham en los últimos minutos. En un esfuerzo agónico, cuando faltaban unos minutos para el final, Winks robó una pelota, la jugó con Son, y el coreano encontró a Aurier. El centro del lateral fue al pie de Lo Celso, que hizo lo más difícil: su remate en el segundo palo, solo y con el portero vencido, envió la pelota de vuelta por donde vino.

Ni el Tottenham tuvo la fortuna de empatar ni el Liverpool la mala suerte de perder dos puntos que se trabajó con esmero hasta que se vio sobrado e incurrió en la indulgencia. Pasadas las Fiestas, la Premier esconde unos cuantos enigmas. La identidad del campeón no es uno de ellos.