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Una terapia alternativa

Columna- Almudena Grandes 13/10/2015
Él se dio cuenta de que había pronunciado por primera vez el verbo vivir en sentido positivo, y se atrevió a hacer una broma
 

Marina no le eligió. Estaba demasiado maltrecha, demasiado dolorida, y medicada, y angustiada, y sola, y triste, como para pensar en un enfermero. Sólo podía pensar que quería morirse, y lo pensaba a todas horas, todos los días de todas las semanas de lo que ya no le parecía su vida, sino un aborrecible sucedáneo.

Néstor tampoco la escogió. Cuando recibió aquella oferta, estaba a punto de perder la prestación por desempleo y no había recibido respuesta de ninguna de las clínicas a las que había enviado su currículum. Nunca había trabajado como cuidador a tiempo completo de un solo paciente, y no le apetecía debutar en un oficio desde el que luego le resultaría cada vez más difícil regresar a un hospital, pero no tenía otro remedio.

Marina había sido muchas veces víctima de un solo accidente de tráfico. Víctima porque el culpable se había salido de su carril, había cruzado la mediana y les había embestido de frente en dirección contraria. Víctima porque su marido había muerto en el acto. Víctima porque su único hijo, un bebé de 11 meses, fruto de un laborioso proceso de fecundación asistida, había muerto también, antes de que su madre recobrara la conciencia. Víctima porque le había tocado sobrevivir. Víctima porque se había quedado parapléjica, confinada a una silla de ruedas y un agotador programa de rehabilitación que su falta de voluntad convertía en una tortura cotidiana.

Néstor lo comprendió todo en unos minutos y estuvo a punto de despedirse antes de la primera noche, pero se quedó. Marina tenía 35 años, una vida rota en pedacitos y 35 años, perspectivas muy remotas de volver a andar y 35 años. Por eso, el primer día, en vez de agobiarla con preguntas y frases de ánimo hechas, estereotipadas, trabajó en silencio. Le dio un masaje, la levantó, la bañó, la vistió, la acompañó a la rehabilitación, le hizo la comida, se la dio…

El segundo día le preguntó si le apetecería escuchar música. Ella dijo que le daba igual y él puso La flauta mágica. Cuando terminó, Marina le preguntó de qué trataba, y Néstor se lo contó. Le contó más cosas, que había nacido en Argentina. Que no se acordaba de su país, porque había venido a vivir a España con sus padres a los tres años. Que poco después había empezado a estudiar música. Que a los 20 había tenido que dejarlo porque la muerte de su padre había dejado muy malparada la economía familiar. Que había estudiado enfermería trabajando de celador en un hospital. Que hasta que empezó a trabajar para ella, había estado 11 meses en el paro.

–¿Cuántos años tienes?

–Treinta y cinco.

–Igual que yo.

Luego habló Marina. Le habló de su marido, de su embarazo, de su bebé, y lloró mucho, luego menos, al final sonreía de vez en cuando sin dejar de hablar. Mientras tanto, la música sonaba sin interrupción. Ella le confesó que nunca le había gustado demasiado, pero que ahora no podría vivir sin ella. Él se dio cuenta de que había pronunciado por primera vez el verbo vivir en sentido positivo, y se atrevió a hacer una broma. Bueno, antes tampoco habías vivido nunca sin piernas… Y Marina se rio.

A ella le gustaba mucho el cine, así que para compensar las óperas, los conciertos, empezaron a ver películas por las noches. Clásicas y modernas, pero sobre todo series, capítulos y capítulos después de cenar, antes y después de las palomitas que Néstor hacía en el microondas como una concesión extraordinaria, sacrificando la dieta al buen humor de su paciente. Así, Marina empezó a esforzarse de verdad en los ejercicios de cada día, dentro y fuera del hospital. Un poco más, le pedía él, un poco más, mientras discutían si la cuarta temporada de Juego de tronos era peor o mejor que la quinta, mientras se ponían de acuerdo en que Richard Strauss era el amo de la emoción, mientras hablaban de historias, y de música, y de inválidas, y de parados, y se reían.

Se reían tanto que él se trajo el piano de su casa para tocar en la de Marina. Tanto, que ella empezó a inventarse planes irresistibles para que los sábados él se quedara con ella. Tanto, que él los aceptaba siempre. Y así, Marina consiguió levantarse de la silla, dar pasos vacilantes agarrada a dos barras de acero, recuperar musculatura y sensibilidad antes de la recaída.

Porque, contra todo pronóstico, Marina recayó. Los médicos que antes habían dudado de que pudiera volver a andar no se explicaban por qué se había parado, por qué retrocedía en lo fácil después de haber hecho lo más difícil.

Pero Néstor lo sabía, y sabía cómo remediarlo.

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