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El "mal español" en la obra de Galdós

Diario- Juan Luis Cebrián 07/02/2020
Luis Gonzalo Díez analiza el pensamiento político del novelista canario y sus meditaciones sobre España a partir de los personajes que desarrolló en los Episodios nacionales
 

Decía Trostki que "quien desee una vida tranquila no debería haber nacido en el siglo XX", a lo que Galdós podría haber respondido: "Ni tampoco en el XIX, al menos en España". Este comentario de Luis Gonzalo Díez en su libro La epopeya de una derrota define mejor que ningún otro el contenido de su ensayo sobre el pálpito político y moral de los Episodios nacionales, la obra más celebrada y leída (a retazos, claro está) de don Benito hasta que el cine popularizara Fortunata y Jacinta.

El ensayo es la visión de un politólogo, aunque quizá no se reconozca a sí mismo como tal, sobre el significado oculto del relato histórico galdosiano, que no es otro que la dialéctica permanente entre la ideología y la realidad. Díez, cuya obra anterior ya discurría en torno a parecidas meditaciones, reconoce que en su análisis no ha sabido y no ha querido prescindir del influjo de la actualidad política de nuestro país, que en ocasiones parece haber sido prevista o descrita por el gran escritor canario. Su intención no es por lo demás literaria ni historiográfica, sino tratar de descubrir el pensamiento político de Galdós, o cuando menos sus obsesiones y meditaciones sobre España, a partir de las de los personajes del relato que él hilvanó a lo largo de las cinco series de los Episodios. Lo que nos lleva al descubrimiento de que ese mal español que al parecer de algunos padece reiterativamente la historia de nuestra democracia viene de lejos. De modo que en gran medida muchas de las cosas que nos suceden acaecían ya hace casi 200 años.

La reflexión se inicia con la irrupción del sentimiento nacional, identificado como "el advenimiento de un mundo donde el pueblo toma conciencia de su protagonismo". La idea romántica del amor a la patria acabará diluyéndose, no obstante, a lo largo del siglo, cuando los personajes liberales del relato, en los que a veces se reflejan los sentimientos y cavilaciones del propio Galdós, comprueban que "no hay parto nacional sin división política" ni tampoco existen revoluciones inocentes. La guerra, la violencia política, la confrontación verbal, el sectarismo empañan los sueños revolucionarios de juventud, eliminan del debate cualquier reflexión racional y acaban empoderando a charlatanes, demagogos, facciosos y caciques. Los episodios galdosianos se nos muestran así como la narración de una epopeya fracasada, el aliento desperdiciado en la búsqueda de un país mejor, más hermanado y solidario, víctima de la clase política, sus conspiraciones y cabildeos, su avaricia de poder, desde el económico hasta el sexual, su renuncia a la humildad del sentimiento, en nombre del orgullo de las propias convicciones. Hasta que llega un momento en que la única vía hacia la honestidad parece el renuncio a la vida pública a fin de refugiarse en las virtudes privadas. Frente a la casta solo cabe la revolución, pero el sistema se muestra siempre eficiente a la hora de absorberla primero y someterla después. Hay retazos de un anhelo de moderantismo, de una opción por la reforma frente a la revuelta, pero el programa fracasa a manos de la exaltación partidista, de las ideologías sectarias y del "vicio de la política".

Galdós se presenta, a través de las reflexiones y diálogos de sus personajes, como protagonista de una inmensa decepción que, salvando las distancias temporales no tan grandes como pudieran imaginarse, parece revivir ahora entre nosotros. El desencanto se basa en el triunfo del populismo, fruto y causa a la vez de "un apasionamiento ideológico que ha hecho un absoluto de la política y una forma de idolatría del Estado". Los Episodios nacionales son los de una España que ya vivió y denunció Larra, cuyo devenir posterior redundó en el fracaso del 98, mientras el heroísmo del 2 de mayo se anegaba en trifulcas civiles y llantos por sus víctimas. El destino natural de Pérez Galdós, como el de tantos otros intelectuales, parecía fundirse con el exilio interior, una especie de lamento inteligente y educado frente a la rapiña y la estulticia del poder. El sentimiento patrio que se alumbra en "Trafalgar" acaba en pesadilla al convertirse de nacional en nacionalista y transformarse "en una pasión desaforada…, una herencia difícilmente reversible de "pillaje", "injusticia" y "desvergüenza" que pone sus miras en la conquista del Estado con el solo objeto de "figurar", de brillar con el resplandor de la victoria para ejercer, sin competencia, la "­dominación".

Piense el lector ahora quiénes de los protagonistas de la actual política encarnan mejor, a derecha e izquierda, esa impostación de voluntades patrióticas que no son sino egocentrismo y fabulación, coreada tantas veces por los tertulianos de fortuna. Piensan, como el Ortega joven, que ha llegado el tiempo de las vociferaciones. Pero ya se demostró en su día que en eso nadie es capaz de ganar "al delirio del bien engendrado por el nazismo y el comunismo". Y como el propio Ortega avisara, los pueblos que desconocen su historia están condenados a repetirla.