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Malos tiempos para el amor en Afganistán

Reportaje- Silvia Ayuso 18/01/2016
Con la economía hundida y la violencia en alza las bodas en Kabul están en declive
 

"It"s now or neveeer…". Ahora o nunca. Sayed Najim canta con voz desgarrada el éxito de Elvis Presley al ritmo de un viejo acordeón. La música, dice, es lo que le ha ayudado a salir de la depresión en que cayó cuando regresó a Afganistán, hace un par de meses. A sus 28 años, Najim lo tiene todo para triunfar. Licenciado en Psicología por la Universidad de Kabul, un máster en Empresariales (MBA) en India, donde ha vivido los dos últimos años gracias a una beca. Habla inglés, es guapo y no canta nada mal. Un partidazo, que diría más de una madre, afgana o no. Pero Najim no consigue sonreír. A su edad, en Afganistán, la mayoría de los hombres ya han empezado a formar lo que seguramente será una familia numerosa. Sin trabajo a pesar de su alta preparación, ni perspectivas de encontrar uno en una economía cada vez más deprimida, Najim no puede pensar siquiera en dar el primer paso, casarse.

Contraer matrimonio en Kabul no es sencillo. Una boda no es una boda si no acuden al menos 1.500 o 2.000 invitados, aunque los novios no suelen conocer ni a la mitad. Y no merece llamarse boda si no se celebra por todo lo alto en uno de los numerosos y exuberantes salones que iluminan las noches de Kabul hasta hacerla parecer, por momentos, una pequeña Las Vegas. Estos locales surgieron como setas en la última década. Kabul era entonces una ciudad optimista gracias a la fuerte presencia internacional desde 2001, una vez derrocado el régimen talibán. Y cada vez regresaban más familias exiliadas en países como Irán o Pakistán, de donde importaron las bodas suntuosas. El precio medio de una celebración en estos salones, que paga íntegramente el novio, llegaba hasta hace no tanto a los 20.000 dólares (más de 13.000 euros). Y no solo las clases pudientes se apuntaban a la fiesta. Gente de menores recursos se endeudaba hasta las cejas con tal de celebrar por todo lo alto el inicio de un matrimonio. Esos tiempos empiezan a quedar atrás.

"Todo el mundo está preocupado. La economía va a peor, nadie parece dispuesto a invertir en Afganistán. No hay trabajo, no hay empleos, todo está muy caro. Pareciera que hemos regresado a los años noventa". Mawla Mohammad Paiman no sabe cómo salir de esta. Este empresario lo apostó todo por su Ciudad de las Estrellas, un impresionante complejo de lujosos salones de bodas en pleno Kabul. Fue hace siete años cuando se metió en el entonces floreciente negocio de los enlaces. "Todos pensábamos que Afganistán iba a progresar más aún que Europa", sonríe con tristeza. Pero ahora "básicamente no hay esperanza".

Mientras habla, un apagón deja a oscuras la inmensa estancia ostentosamente decorada con maderas, dorados y peceras. La luz regresa al cabo de unos minutos. Paiman ni se inmuta. De hecho, no sabe siquiera cuánto tiempo más va a poder seguir pagando los salarios de sus empleados y la cuenta de la luz. Porque, además, nadie confía en una mejora de la situación económica del país.

"La economía está cayendo continuamente desde el año pasado y empeorando cada día", confirma Younus Negah, investigador de la Cámara de Comercio e Industrias de Afganistán (ACCI). Aunque hablar de cifras y datos es siempre aventurado en Afganistán, las encuestas que realiza de forma regular la ACCI entre el empresariado afgano confirman el pesimismo. "Las inversiones han descendido a un ritmo sin precedentes en los últimos años. No habíamos experimentado tal bajada desde el régimen talibán", señala Negah.

El presidente afgano, Ashraf Ghani, llegó al Gobierno prometiendo mejorar la economía. Sus credenciales: su experiencia en organismos internacionales –fue alto funcionario del Banco Mundial– y como ministro de Finanzas en el Gobierno de Hamid Karzai. Pero ha pasado ya un año de un Gobierno de unidad nacional en el que comparte poder –y rivalidad– con su número dos, Abdullah Abdullah, un "matrimonio infeliz", según lo describen algunos analistas, y los avances están aún por verse. A ello se unen la sempiterna corrupción y la creciente sensación de inseguridad tras los avances talibanes y la irrupción, además, del autoproclamado Estado Islámico (ISIS). Hay que darle tiempo al Gobierno para que pueda demostrar resultados, dicen portavoces del Ejecutivo como Sediq Sediqqi, del Ministerio del Interior. Pero Younus Negah, como muchos empresarios del país, hace tiempo que perdió la fe en un Gobierno que dedica más tiempo "a resolver disputas internas que a los temas que interesan a los inversores y a la población".

Paiman, el propietario del salón Ciudad de las Estrellas, lo ha intentado todo. De 20.000 dólares, ha bajado el precio a 4.000 por festejo de matrimonio. No ha sido suficiente. De las 100 bodas al mes que se solían celebrar en su espacio, uno de las decenas que abundan en Kabul bajo nombres exóticos como Kabul París Salón de Bodas o Palacio Uranos, ha pasado a hacer, con suerte, 20 o 25 al mes. Y a precio de saldo, subraya. También la lista de invitados ha adelgazado ostensiblemente. Antes, las bodas eran de 2.000 a 3.000 invitados, ahora con suerte los novios invitan a 600. "Si lo llego a saber, jamás me meto en esto", suspira.

Nooridin Jami comparte la desesperación de Paiman. Director desde hace una década de otro popular salón de bodas de Kabul, el Shar-e Naw Wedding Hall, confirma un descenso del negocio de hasta el 80% en el último año. Y los que siguen animándose a casarse, tratan de reducir costes como sea. "De 100 personas, 99 intentan regatear porque no tienen dinero. Y muchos luego de todas maneras no pueden pagarlo todo", se exaspera.

En esas está Majan, que, como muchos afganos, no usa apellido. Para casar por todo lo alto a uno de sus hijos, hace seis meses, esta mujer pidió un préstamo a la oficina internacional donde trabaja limpiando las instalaciones y cocinando, así como a varios familiares. También vendió algunas de las joyas de la familia. La boda, 1.200 invitados en el salón que dirige Jami, costó casi 10.000 dólares. "Ahora no lo volvería a hacer", reconoce. Tiene otros dos hijos en edad de casarse, pero no pueden hacerlo porque ni siquiera han logrado pagar aún la primera. Algunos de sus hijos, como el recién casado, están en paro. Otros apenas ganan para cubrir sus gastos. "Mi salario y el de mi marido se van en pagar la boda", se lamenta.

La crisis del negocio de las bodas, antaño un símbolo del optimismo reinante en un país que creía poder salir de décadas de guerra, se extiende a todos los niveles. En Flower Street, la calle de las flores de Kabul, el desánimo es compartido. Hace siete años que Mohammed Asef tiene su floristería en esta popular calle en el centro de Kabul. Las bodas eran una de sus principales fuentes de ingresos. El negocio llegó a ir tan bien, dice, que tuvo incluso dos locales. Esos tiempos quedaron atrás. "Hay algunas bodas, pero ya no es como antes", dice. También él ha tenido que bajar los precios, y ni con esas. Antes, explica, le daba para pagar los 1.000 dólares de alquiler del local y hasta podía hacer otros 1.000 en ganancia neta. Ahora, ni siquiera llega a veces a reunir lo suficiente para el alquiler. Algunos de sus clientes más pudientes, cuenta, le han confesado que están sacando el dinero de Afganistán. Negah, de la Cámara de Comercio, corrobora que el dinero o no se mueve o huye. "La gente se ha retirado del mercado, algunos esperan fuera a ver qué pasa con el país".

La desesperanza y la frustración crecen. Hace siete años que Abdul Rahim abrió su pequeño taller de sastre en un sótano de un centro comercial de Kabul. Con su vieja máquina de coser, modelo indio de edad imprecisa, se especializó en vestidos para bodas, el gran negocio de la época. Desde hace un año sufre una caída del 70% en los pedidos, y eso que él también ha bajado los precios. "Y los que peor lo pasan son los pobres", subraya.

"El presidente dice que está teniendo éxito con sus planes, pero lo que está haciendo con los más humildes no es bueno, no impone impuestos a los ricos, solo a los que menos tienen", se queja. Asegura que sus tributos se han triplicado. Hace un año pagaba 3.000 afganis, ahora son 10.000 (133,82 euros). También la cuenta de la luz ha subido. "Nos preocupa el futuro porque la situación empeora cada día. Nunca había visto tantos mendigos en la ciudad".

Preguntado sobre si tiene esperanzas para el futuro, Asef, el florista, se encomienda a Alá. "Dios es misericordioso, confiamos en él", dice. ¿Y en Ghani? "No". "Ghani parece una buena persona, pero nadie en su gabinete lo escucha. No veo esperanza", coincide Jami, el director del salón de bodas. "La gente no conecta con el Gobierno y este no parece interesarse por la gente", acota Negah desde la Cámara de Comercio. En este ambiente, reconoce que no hay ganas de invertir en nuevos negocios o de contratar a más gente.

Menos aún con la creciente sensación de inseguridad que domina un país que no logra sacudirse el miedo que provocó la toma talibán de Kunduz a finales de septiembre. "La gente ha perdido la confianza; tras Kunduz, Afganistán está roto", sentencia, sombrío, Paiman. Los continuos ataques registrados desde entonces incluso en el corazón de Kabul, como el perpetrado en diciembre contra la Embajada española, que causó la muerte de dos policías, o el atentado suicida contra Le Jardin, uno de los últimos restaurantes frecuentados por extranjeros y miembros del Gobierno, el 1 de enero, han multiplicado los miedos.

Sayed Najim, el licenciado sin empleo, se siente cansado. Cada vez que acude a una empresa, la respuesta es la misma: "No puedo contratar ahora, espera, ya te llamaremos". Pero su teléfono sigue sin sonar. "He cumplido todos los deseos de mi familia. Ahora es tiempo de empezar a cumplir los míos, pero esta sociedad, este Gobierno, no me dejan", se desespera. "Estoy pasándolo mal, intentando encontrar un trabajo, y somos muchos en la misma situación", subraya.

Najim vuelve a empuñar el acordeón, ahora para entonar una cancioncilla de amor. "Tras la oscura noche, llega la mañana", canta. Al acabar, suspira. Dice que va a intentarlo un tiempo más. Pero tiene claro que no puede dejar su vida en pausa para siempre. "Si no encuentro un trabajo, quizá me vaya del país". Jami tampoco lo descarta. Desde su sillón en su despacho en el salón de bodas, recuerda que en sus 40 años de vida casi no ha conocido otra cosa que la guerra. "Y no quiero que mis hijos tengan que vivir otros 40 años igual".

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