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Isabelle Huppert: "El cine no merece la pena sin transgresión"

Entrevista- Álex Vicente 26/02/2016
Musa de Claude Chabrol y Michael Haneke, la actriz francesa es desde hace décadas una de las voces más rotundas de la interpretación europea
 

El encuentro tiene lugar en el Luxemburgo más profundo, en una pequeña ciudad de pasado industrial situada en medio de frondosos valles de un verde amarillento. Isabelle Huppert se encuentra en el interior de una fábrica abandonada junto a las vías del tren, que sirve de escenario a la película que está rodando, Souvenirs. En ella interpreta a una cantante que, en un tiempo ya lejano, representó a su país en Eurovisión. La actriz recibe al visitante en un pequeño camerino, recostada en un sofá sobre el que ha colocado la bandeja del almuerzo, que terminará quedándose frío, además de sus lecturas del momento: un par de guiones de título ilegible y la última novela de Laurent Binet.

Su fama de mujer arisca e incluso intratable, propagada con ecos ligeramente misóginos, resulta injusta al descubrir a una mujer perfectamente educada y, a ratos, incluso generosa. Huppert sí mantiene, pese a todo, su apego por una marcada distancia prudencial respecto a su interlocutor – comprensible, después de todo, frente a un desconocido–, como si se protegiera detrás de un perímetro de seguridad invisible. Tal vez por eso la han tildado ad nauseam de reservada, sigilosa y gélida, resguardada por un código secreto tan difícil de descifrar como esas cajas fuertes que vendía su padre en la periferia burguesa de París.

Tras 40 años de carrera, Huppert se ha convertido en una de las grandes actrices del continente europeo, delineando una carrera que la ha vinculado a los mejores cineastas del planeta –como Claude Chabrol, Michael Cimino, Jean-Luc Godard, Bertrand Tavernier, Benoît Jacquot, Marco Ferreri, Michael Haneke, Claire Denis o Hong Sang-soo–, a lo largo de la que ha interpretado variantes de un mismo personaje con el que comparte un rostro pálido y pecoso, en el que se mezclan la dureza y la fragilidad, la melancolía y la perplejidad.

Erigida en ejemplo de rigor interpretativo y modernidad perdurable, la actriz inicia ahora el que podría ser su mejor año, aunque el tópico le haga arrugar el rictus. Tras protagonizar una renovada versión de La religiosa, que ya llevó al cine el fallecido Jacques Rivette, tiene a punto de estreno El amor es más fuerte que las bombas, del noruego Joachim Trier, nuevo adalid del cine de autor europeo, donde interpreta a una fotógrafa de guerra. Acaba de presentar L"avenir en la Berlinale, a las órdenes de la joven cineasta Mia Hansen-Løve, y tiene un papel estelar en Elle, lo nuevo de Paul Verhoeven, que podría estrenarse en el Festival de Cannes. A mediados de marzo regresará al teatro para convertirse en Fedra en el Odéon parisiense, con el director polaco Krzysztof Warlikowski. Y, tras reunirse con Gérard Depardieu en Madame Hyde, protagonizará la nueva película de su adorado Haneke, Happy end, con la crisis de los refugiados como telón de fondo.

Cuando le preguntan en qué se parecen sus personajes, suele responder: "Me tienen en común a mí". ¿Lo que está diciendo es que interpreta a pequeñas variaciones de sí misma? ¿Cómo que pequeñas? Espero que sean grandes… [sonríe]. Siempre he tenido una convicción: no interpreto a personajes, sino a personas. Y resulta evidente que todos tienen mi cara, con todo lo que eso implica. Interpretar no puede consistir en imitar o en someterse a una transformación física. Para mí, interpretar significa encarnar.

¿Le molesta que el público la confunda con sus personajes, que la tomen por esas mujeres ariscas y desequilibradas de sus películas? Me parece inevitable que sea así. No me molesta, porque la gente que me conoce bien sabe que no soy como ellas. Siempre digo que es como vivir en dos mundos distintos, aunque no me resulte esquizofrénico. Le concederé que tiendo a subestimar hasta qué punto esa confusión condiciona mis relaciones con los demás. Cada vez que conozco a alguien, me toma por una persona que no soy. Mi relación con los demás se fundamenta en esa incomprensión. Pero le confieso que, en el fondo, no me resulta desagradable del todo. Es algo que crea una pantalla, una especie de protección.

La acabamos de ver interpretando a una monja en La religiosa. Es sorprendente descubrirla con el hábito… A mí también me pareció curioso. El hábito hace que solo se vea tu cara, como si el resto de tu cuerpo no existiera. Cuando me observé por primera vez, solo veía mi boca y mis ojos. Puedo decir que me impresionó mucho más lo estético que lo espiritual… [sonríe]. Pero también diría que para el mismo Diderot, que escribió la obra en la que se basa la película, la espiritualidad de ese personaje no era demasiado importante. Lo era menos, en todo caso, que su anhelo por los placeres carnales…

Es el tipo de papel que las actrices de cierta categoría prefieren rechazar. Interpreta a una madre superiora que se mete en la cama de una menor. Y, por si fuera poco, se trata de un secundario que no llega hasta el final de la película… No tuve la sensación de meterme en un terreno especialmente resbaladizo. La novela fue publicada en 1756 y, si estuvo prohibida durante tanto tiempo, como lo estaría después la película de Rivette, es solo porque el autor presenta esa situación con una normalidad sorprendente. Mi personaje ordena a esa novicia que la bese en la boca, pero lo hace con el mismo tono que si le dijera: "¿Te apetece un helado de vainilla?". No es una depredadora, sino alguien que no sabe controlar sus pulsiones y sentimientos, y eso es lo que la debilita. Eso es lo que más me interesó.

A su entender, ¿los sentimientos nos debilitan? No, los sentimientos nos hacen humanos. No tengo nada en contra de los sentimientos, pero sí del sentimentalismo. En general, me gusta que las cosas sean un poco más contundentes, un poco más radicales…

Eso es lo que le decía ahora. Parece que lo único que le interesa es afrontar esos retos a los que la mayoría de actrices se resisten… Es que, si no hay un poco de transgresión, no sé si merece la pena ejercer este oficio. Yo hago cine y teatro para provocar un cuestionamiento. Escoger lo que escojo no es algo inconsciente, sino plenamente racional. Como intérprete, me parece lo mínimo que uno puede exigirse a sí mismo. Yo me lo tomo prácticamente como una obligación.

¿Esa voluntad de transgresión no produce un desgaste? No, a mí el cine no me provoca ningún desgaste, aunque soy consciente de que tal vez sea así para mis espectadores… [sonríe]. Supongo que lo pasaría peor si trabajara en películas en las que la sensualidad estuviera más presente, pero nunca he tomado esa dirección. Mi transgresión ha sido únicamente cerebral, incluso cuando interpreté a una prostituta con Jean-Luc Godard. Por ejemplo, cuando rodé La pianista con Michael Haneke no me sentí en peligro ni una sola vez. Al revés, estuve muy protegida por el director, porque suele dejar las partes más contundentes fuera de plano. El espectador siempre sale del cine con la convicción de haber visto cosas espantosas, aunque en realidad no haya visto nada de nada. Esa también es mi manera de trabajar.

¿Nunca ha tenido que marcar los límites a un director? No, nunca me he visto enfrentada a nada de eso, pero supongo que es porque siempre me he protegido. A veces pienso en Maria Schneider, que decía que su experiencia en El último tango en París la destruyó. Desde que era muy joven, he intentado no quemarme las alas de esa manera. No sé si se ha fijado, pero es algo que sucede cada vez más a menudo. Hoy se le exige a todo intérprete que se entregue completamente al proyecto e incluso que se deje en él gran parte de sí mismo. Me pregunto si, teniendo la edad de sus protagonistas, me hubiera atrevido a rodar una película como La vida de Adèle. No sé si habría tenido esa valentía. No porque haya desnudos ni porque trate de homosexualidad femenina, sino por lo mucho que las actrices se tuvieron que dejar en ella.

Cuando le preguntan por qué escogió este oficio, responde con una frase de Jerzy Grotowski: "La interpretación es algo misterioso que tiene lugar entre uno mismo y algo superior". ¿Se trata de una especie de experiencia casi mística? Grotowski no está aquí para aclarárnoslo, pero creo que no iba por ahí. Para mí, esa frase no es una llamada al misticismo, sino una forma de describir el misterio que caracteriza a este oficio. Sucede aquí y ahora, gracias a la combinación efímera entre un intérprete, un director, la luz que te ilumina y el movimiento de una cámara. Muchas veces, aspirar a repetir una buena toma es igual que querer que se vuelva a producir un milagro. Las condiciones que provocaron que fuera mágica no suelen volverse a repetir.

¿Y eso es motivo de frustración? Sí, es algo que me resulta fatigoso, cada vez más. Intentar alcanzar esa toma mágica puede ser muy angustiante. Muchas veces se produce una sola vez, y no más. Además, interpretar es un ejercicio que requiere una concentración permanente y te obliga a estar siempre al acecho. Con los años, uno se cansa más, pero también se siente más indiferente.

Se suele decir que su forma de actuar, pero también de comportarse en público, está marcada por una voluntad de control total. ¿Está de acuerdo? No me parece la palabra más adecuada, porque la interpretación siempre implica cierta ausencia de control. Pero alguna razón habrá para que siempre me repitan este tipo de cosas… Sé que me lo dicen como algo peyorativo, pero para mí tener control no es algo necesariamente malo. El control también puede ser la consecuencia de un aprendizaje o de un conocimiento. Si yo sé hacer bien una cosa determinada, ¿por qué tendría que simular que no sé hacerlo? Hay miles de cosas que no sé hacer, pero esta sí: interpretar, escoger un papel y trabajar con un director.

¿Qué cambia cuando un intérprete se convierte en una estrella? ¿Se ve obligado a adoptar una actitud casi empresarial, a gestionar su propia imagen y escoger estratégicamente sus papeles? No me veo en absoluto como directiva de una empresa. Esa sería una manera muy estadounidense de ver el oficio. Allí sí existe una eficacia casi empresarial que no me parece especialmente agradable. Es verdad que me preocupa lo que los demás hagan con mi nombre y con mi imagen, igual que a la mayoría de actores, pero me parece lo mínimo que uno puede exigir. No entiendo que ese interés por protegerse a uno mismo se confunda con una voluntad de control férreo. Me parece alucinante que se me reproche algo así.

Otro tópico es que, como actriz y como persona, intimida mucho. ¿Se lo toma como un cumplido o al contrario? Es algo que hace que me entre la risa. Hace falta tan poco para que la gente se sienta impresionada… Cuando uno demuestra una actitud lejanamente emparentada con la autoridad, el mundo entero se estremece. No, yo nunca he pretendido imponer. Lo mío es mucho menos heroico y pomposo. No sé por qué sucede. Tal vez sea por el tipo de películas que he escogido.

Es decir, que si hubiera rodado comedias estúpidas, en lugar de proyectos más serios, no se la respetaría de la misma manera. A eso me refiero. Pero no me gusta demasiado hablar de seriedad, porque he hecho algunas películas que no se ajustan a esa palabra. Bueno, es verdad que he rodado pocas comedias, pero solo porque hay pocos directores que me den una satisfacción total en ese género, incluso como espectadora. En el cine de hoy no hay muchos, aparte de Woody Allen. En la época dorada de Hollywood había más, pero en los últimos tiempos se ha producido un cambio. No sé muy bien a qué responde. Supongo que, en un momento dado, el cine dejó de ser entretenimiento puro y adoptó un carácter más político y social.

¿No está tomando el cine actual la dirección contraria? En Hollywood, por lo menos, se detecta una voluntad de regresar a esa era del entretenimiento, a las franquicias de superhéroes y la evasión pura… Es verdad, puede que estemos dando marcha atrás. Y no solo en Hollywood, sino también en el cine francés. Hoy todo tiende a la ligereza generalizada, a esa obsesión por seducir a un público masivo. Yo apuesto porque sigamos agitando un poco las cosas y hagamos reflexionar más a ese público.

¿Qué responde a quienes dicen que la cultura francesa ya no cuenta en el mundo? Es innegable que Francia ya no es hegemónica, pero en mi país existe una idea de la cultura distinta de la que reina en la mayoría de lugares. En Francia, el cine es considerado un bien público, una noción que me parece más frágil en países vecinos como Alemania o Italia. El caso español lo conozco menos.

Nació en Ville-d"Avray, en la periferia de París, hija de un hombre que vendía cajas fuertes y de una profesora de inglés. ¿Qué tipo de infancia tuvo? Una infancia normal…

¿Creció en un entorno burgués? Sí. Era un suburbio privilegiado, pero un suburbio al fin y al cabo. Era un lugar agradable y, a la vez, repulsivo. Pese a su proximidad geográfica, había una desconexión respecto a lo que sucedía en París. La primera vez que fui al cine debía de tener 14 años. Pero bueno, tampoco me atrevería a afirmar que me hice actriz para escapar de eso. Mi entorno no me apoyó, aunque tampoco me lo impidió.

¿Qué importancia tuvo la cultura en su juventud? Una importancia inmensa, porque fue una fuente permanente de curiosidad, de placer y de vitalidad. Pero convertirme en una actriz conocida nunca formó parte de mis sueños. A menudo pienso en las hermanas Brontë, que vivieron toda su vida en un perímetro minúsculo, sin que su imaginario y su creatividad se vieran perjudicados por ello. Yo creo que podría haber sido actriz sin salir de mi habitación. De hecho, nunca me he inspirado en lo vivido, sino en mi propia imaginación, que es mucho más poderosa.

"No hay que contarse ningún cuento: una actriz siempre tiene más miedo a envejecer que los demás. Somos un espejo del tiempo que pasa", dijo en una entrevista en 1997. Casi 20 años después, ¿sigue pensando lo mismo? ¿Sabe qué? Ahora creo que son los demás los que tienen miedo de observar cómo envejecemos, porque se ven reflejados en el espejo del que hablaba entonces. Observo que todo el mundo está obsesionado con este tema. La verdad es que encuentro desagradable tener que responder a ciertas preguntas en cada entrevista que concedo. Suelen comportar una misoginia extraordinaria. También le diré que son las mujeres quienes más la practican, tal vez porque son ellas las que más miedo tienen a envejecer…

¿La misoginia es más grave si la practica una mujer? No es más grave, pero sí más sorprendente. Una nunca piensa en desconfiar de una mujer, pero he terminado entendiendo que el peligro no siempre surge del lugar donde esperabas. No creo que me hagan responsable de ese miedo a envejecer, pero sí me convierten en un receptáculo de ese miedo.

¿Dónde detecta esa misoginia? Desgraciadamente, se encuentra por todas partes. Pero intento no meterme en situaciones en las que tenga que sufrirla. He tenido la suerte de interpretar muchos papeles protagonistas, de colocarme en el centro de las historias que me apetecía contar. Hubiera sido muy duro tener que soportar esa misoginia a diario, interpretando otro tipo de personajes. Creo que no lo habría soportado, e incluso me habría terminado decantando por otro oficio.

¿Ha sido esa su forma de ejercer el feminismo, a través de los papeles que ha ido escogiendo? Exacto. Y no lo digo por haber interpretado únicamente a mujeres fuertes o triunfantes… Más bien al revés: mis especialidades han sido la debilidad y la fragilidad. Mi trabajo ha consistido en hacer que las víctimas se volvieran victoriosas, y en conseguir que los demás se interesaran por ellas. Si he sido feminista, ha sido de esta manera.

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