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José Mourinho, la táctica del camaleón

Diario- Javier Martín 03/03/2016
El técnico portugués afronta ahora su nuevo desafío: entrenar al Manchester United
 

Aún recuerda la amarga Navidad de 1974. Sonó el teléfono y no eran buenas noticias. Su papá, José Manuel Félix Mourinho, era despedido del Rio Ave. El mismo mensaje navideño le llegó al hijo 41 años después. Esta vez era del Chelsea. El más grande entrenador en la historia del club inglés, el más grande de la historia del Oporto, el único en el mundo en ganar Liga, Copa y Supercopa en cuatro países, José Mourinho, idolatrado en Portugal, amado en Inglaterra, respetado en Italia y malquerido en España, busca empleo en Manchester; hipertensos, abstenerse. El duro Materazzi –ya el nombre lo dice todo– lloraba desconsolado en los brazos de Mourinho. Había ganado la Champions, pero se iba su entrenador. "Me retiro", le anunciaba el defensa del Inter de Milán. "Después de ti, no podría tener otro entrenador". Mourinho también rompió a llorar, qué mayor elogio que el de un jugador al que casi nunca había alineado.

"Después de cinco minutos de charla, podíamos conquistar el mundo por él", aseguraba el delantero Stankovic, campeón europeo con el portugués. Didier Drogba, la bestia azul, también habla de la transmutación del Chelsea con Mourinho: "Antes éramos jugadores normales; ahora somos guerreros que luchan unos por los otros".

Mourinho (Setúbal, 1963) descubrió muy de joven la fuerza de las emociones. Para ganarse un dinero, había obtenido un pequeño trabajo con discapacitados cerebrales. Carecía de cualquier conocimiento específico para la enseñanza, pero allí hubo "pequeños milagros" gracias a la empatía emocional entre él y los niños. Quien jamás había querido subir escaleras, comenzó a subirlas; quien nunca hablaba, habló.

Después de 16 años de carrera, Mourinho es un mago de las emociones. "Nunca celebro mucho un título", contaba en una entrevista a la cadena portuguesa TVI, "porque ese no va a ser mi último. Intento controlar las emociones; unas veces lo consigo, otras no".

Mientras los clubes de Portugal, Italia o Inglaterra ensalzan sus éxitos como algo que difícilmente reeditarán, en España los agrios recuerdos tapan sus logros deportivos. Con el portugués, el Real Madrid conquistó su primera Copa en 18 años. La única Liga madridista en ocho también fue sellada con Mourinho: la primera con 100 puntos y 121 goles y teniendo enfrente al mejor Barcelona de la historia del fútbol; para muchos, sin embargo, Mourinho es quien metió el dedo en el ojo de Tito Vilanova y quien echó de la portería a Casillas. Un portugués aparcando al símbolo de España en el Mundial y Eurocopas triunfadores. Aquello era más que un lance futbolero, era una cuestión patriótica que saltaba a las tertulias de peluquería.

"Yo tengo un problema", Mourinho le dio la primicia a un periodista inglés el pasado año. "Cada día soy mejor en mi trabajo, domino mejor cada faceta de mi profesión. Pero hay un punto que no consigo cambiar: mis relaciones con la prensa".

En Mourinho todo es por y para el equipo. Se lleva mal con el vedetismo. La estrella, el genio, tiene que subordinarse al equipo y si no habrá un choque. Aunque se llame Cristiano Ronaldo y sean compatriotas. En el trabajo no tiene patrias. Y si en la portería prefirió a Diego López en lugar de a Casillas, el portugués Pepe fue su mayor crítico cuando supo que Mourinho prefería al francés Varane.

Soporta mal que los futbolistas aparezcan un día sí y otro también con un cochazo nuevo, tampoco aguanta la escenografía estética de los deportistas, ensayando la celebración de un gol o su próximo corte de pelo. "Los árbitros esperaban en el túnel mientras los jugadores hacían cola ante el espejo", reveló tras haber dejado el Real Madrid.

Protagonista en las ruedas de prensa, su perfil bajo lo guarda para la vida personal.

Desata sus sentimientos, sus lágrimas, en la intimidad de casa, con los suyos, en su Setúbal, donde ya tiene una avenida con su nombre. Allí mantiene un centro de asistencia a personas sin abrigo. Es embajador de Naciones Unidas contra el Hambre del Mundo y a sus hijos les recuerda la suerte que tienen.

Católico practicante, más en tierras cristianas que en el Londres protestante, le gusta visitar las iglesias para hablar con Dios de sus runrunes, de todo menos de fútbol. Mourinho conoce las capacidades y limitaciones de cada uno. En 2003 aún no era campeón de Europa, pero ya sabía lo que quería. "Quiero una buena educación para mis hijos", le comentaba a Anabela Mora Ribeiro para Selecciones de Reader"s Digest. "Quiero vestir bien, unas buenas vacaciones…; no quiero más que lo que quiere un ciudadano común. No tengo ambiciones desmedidas. No quiero una casa de 800 metros cuadrados ni un Ferrari. Quiero ganar títulos, quiero ser reconocido, quiero que en otros países sepan que existe un tal José Mourinho".

Le pueden, le desmontan su personalidad, los colegas políticamente correctos, de modales suaves y educados. Para él, los Arsène Wenger, Guardiola o Pellegrini son fariseos que encandilan a la prensa con sus buenas palabras. Mou es más de Van Gaal, de Luis Enrique y, sobre todo, de Alex Ferguson, entrenadores que se enfrentan a los periodistas como si fueran los culpables de sus desgracias.

"Si no me atacan, no ataco. Si me atacan, estoy preparado para golpear más duro", advierte a quien le quiera oír. Después de sus combates en el césped a cara de perro, solo con sir Alex Ferguson se iba a celebrar la victoria de uno, que era la derrota del otro. Al malencarado escocés hasta le admitía reproches por la mala calidad de su vino.

Tantos años siendo una montaña rusa de triunfos y derrotas dos veces por semana, aún no se le ha quitado la quemazón que siente al abrir la puerta de casa y ver las caras tristes de su esposa, Matilde, y de sus dos hijos si el equipo ha perdido. "La felicidad", escribe Mourinho en el último de los muchos libros dedicados a él, "no es solamente ganar. La felicidad es sonreír mucho".

Y su mayor éxito, recuerda, es "estar los cuatro juntos". Donde va él, van los cuatro. No quiere repetir la experiencia de su padre, siempre de un lado para otro mientras la familia aguardaba su regreso a Setúbal. Los cuatro van juntos y asisten en directo a los grandes partidos. Antes de cada gran acontecimiento, Mourinho se entera del lugar donde han sido colocados, y, tras el triunfo, las emociones no le distraerán de levantar hacia ellos el dedo índice, que no es la señal de victoria, sino la del único, la del primero.

Ahora rumia la llamada de Manchester y escucha a Matilde, su esposa desde hace 27 años. Su influencia es absoluta. Por presión suya dio el primer no al Manchester United. La vida en Londres pesó más que suceder a Ferguson al frente de otro de los clubes legendarios del fútbol. En esta segunda oportunidad, además tendría enfrente, en el City, a su máximo rival, Pep Guardiola, con quien disputa récords de títulos (22 de Mou por 19 de Pep) y de ganancias (17 millones de euros contra 14). Tal para cual, obsesivos por el control total. "Los dos son muy parecidos", reconocía Xabi Alonso, que ha aguantado a los dos. Matilde no puede decir otra vez no al United. Ya el mismo fichaje sería un triunfo de su marido sobre su colega; no es lo mismo entrenar en Old Trafford, el teatro de los sueños, que en el campo del City, un estadio con nombre de aerolínea. Manchester no es una etapa más de José Mourinho, es el próximo desafío.

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