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Las mejores amigas

Columna- Almudena Grandes 20/03/2016
Eran inseparables y hasta buscaban novios juntas. Ahora ninguna de las dos recuerda ya cuándo sus vidas se bifurcaron
 

Eso se prometieron mutuamente a los 13 años, que serían las mejores amigas, siempre y para siempre. 

Se vieron por primera vez el día que ambas empezaron el curso en la misma aula de Educación Infantil, pero entonces ninguna de las dos llamó la atención de la otra. La amistad llegó después, cuando ya estaban en Primaria. La más delgada, flexible y estudiosa de las dos empezó a fijarse en el talento natural de una niña torpe que cantaba muy bien, suspendía la gimnasia y no estudiaba a diario, pero se sacaba el curso con un atracón de tres días. Ésta admiraba la agilidad gatuna de la primera de la clase, su larga melena castaña, sus ojos claros, su perfección. Así intuyeron que se complementaban, que sus virtudes y defectos encajaban entre sí de tal forma que entre las dos habrían fabricado una niña ideal. Y eso fue lo que les unió.

A los 12 años se compraron un medallón de plástico partido con dos cadenas, y cada una empezó a llevar su mitad colgada del cuello. Poco después, una describió un día a la otra como su MA, y a ella le gustó tanto la abreviatura que convenció a su madre para que comprara dos pulseras idénticas en un puesto de la calle, con esas letras colgadas como un dije. A las dos les gustaron mucho las pulseras, pero ninguna se quitó el colgante. Aunque todavía no las dejaban salir sin la compañía de algún adulto, pasaban los fines de semana juntas, en casa de una o en la de la otra, viendo películas, oyendo música, bailando y pintándose con los cosméticos de sus respectivas madres, para ensayar los maquillajes futuros. Luego obtuvieron permiso para ir solas al cine, una experiencia que les pareció muy emocionante por más que sus padres las dejaran y las recogieran en la puerta, y decidieron comprarse un cubo de palomitas para las dos. Nunca, ni siquiera cuando ya salían juntas hasta medianoche, dejaron de compartir las palomitas. El cubo común era un símbolo, una contraseña que sobrevivió a la muerte natural de los colgantes y las pulseras.

Así, siendo siempre las mejores amigas, acabaron la Primaria y comenzaron la Secundaria. A aquellas alturas eran ya tan inseparables que cada una de las dos tenía ropa y cepillo de dientes en casa de su amiga, y ambas conocían a toda la familia de la otra, hermanos, abuelos, tíos y primos. Al llegar a la adolescencia, la libertad para salir no menoscabó su unión, al contrario. Juntas ligaron por primera vez y durante una temporada buscaron solamente novios que fueran amigos entre sí. Tenían grandes planes para irse a estudiar juntas al extranjero, para casarse en la misma ceremonia, para tener el mismo número de hijos, y ponerle a la primera niña el nombre de la otra, y llevarlas al mismo colegio para que fueran las mejores amigas, como habían sido ellas siempre. Luego no entendieron lo que pasó.

Estaban haciendo el Bachillerato cuando una se echó un novio que a su amiga le pareció un pijo. Para aquel entonces, la que no salía con nadie estaba militando en una organización juvenil de extrema izquierda de la que a su amiga le horrorizaba prácticamente todo. El noviazgo de una y la militancia de la otra fueron absorbiendo poco a poco el tiempo libre de ambas, y cuando quedaban era como si algo se hubiera roto en pedacitos tan pequeños que ninguna de las dos sabía cómo reconstruirlo.

Ya no les gustaban las mismas cosas. Ni la música, ni las películas, ni los chicos, ni la gente, ni la mayoría de los libros, aunque en eso aún coincidían de vez en cuando. Ninguna de las dos podría recordar después en qué momento dejaron de verse, primero a diario, luego los fines de semana, por fin de tarde en tarde, cuando alguna sucumbía a un ataque mixto de nostalgia y arrepentimiento que la precipitaba sobre su móvil, donde el número de su mejor amiga seguía siendo el primero de la lista de favoritos. Incluso cuando esos ataques cesaron, ambas siguieron refiriéndose a la otra como su mejor amiga durante algún tiempo. Hasta que un día se les olvidó. Y cambiaron de móvil. Y confeccionaron otra lista de favoritos. Y sus vidas se bifurcaron definitivamente, como los dos brazos de un río que desembocan en el mismo mar a centenares de kilómetros de distancia.

Acaban de encontrarse por la calle. Se han dado un abrazo sin reconocer el cuerpo que estrechaban contra el suyo y dos besos muy raros. Se han preguntado cómo están, se han respondido que muy bien, y han quedado en llamarse pronto, sin falta, para tomar algo, aunque saben que no lo harán.

Las dos acaban de cumplir 20 años, y ni siquiera conservan el número de su mejor amiga de siempre y para siempre.

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