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Regreso a Palomares

Diario- Manuel Planelles 23/03/2016
Hace 50 años, en la costa de esta localidad del sur peninsular cayeron cuatro bombas de EE UU. Volvemos con Paco Paredes, uno de los técnicos nucleares que fue testigo
 

Era demasiado tarde para que llamaran a la puerta. Paco Paredes, su esposa y la hija de ambos ya habían cenado. Pero un chófer de la Junta de Energía Nuclear (JEN) rompió la rutina familiar esa noche de enero de 1966.

–Paco, recoge tus cosas. Nos vamos –dijo el conductor.
–¿Dónde?
–A Andújar y luego a Almería.
–¿A qué?
–No te lo puedo decir.

"Estábamos acostumbrados al secreto, pero no al peligro", recuerda medio siglo después Paco, que hoy tiene 86 años y la memoria llena de escenas de aquel invierno de 1966 que ha pasado a la historia de los accidentes nucleares. Su esposa se quedó llorando. "Pero mi hija no se enteró de nada". Paco vivía entonces con su familia en Villanueva de la Serena (Badajoz) y llevaba más de una década trabajando como prospector para la JEN, un ente creado por la dictadura de Francisco Franco en 1951.

Estaba adscrito a la fábrica de uranio de Andújar y hacia allí enfiló el Land Rover de la empresa. Por el camino fueron recogiendo a varios compañeros que, como a Paco, la JEN tenía desperdigados entre Extremadura y Andalucía.

Aquella noche no les dijeron el lugar concreto al que se dirigían, pero Paco intuía el destino final. Un par de aviones del Ejército de Estados Unidos habían colisionado dos días antes sobre una pedanía de Cuevas de Almanzora. Cuatro bombas termonucleares cayeron sobre ese rincón de la provincia de Almería. Palomares estaba al final del camino, comprendió Paco cuando el chófer le pidió que recogiera sus bártulos.

Lo primero que le pusieron por delante a los técnicos de la JEN cuando llegaron a Andújar fue un escrito de confidencialidad. "Era un documento muy exagerado. No podíamos hablar de nada con ningún vecino de Palomares ni con nadie".

"El secreto siempre rodeó mi trabajo", insiste Paco medio siglo después. En sus primeros años en la JEN, era un buscador de yacimientos de uranio. A lomos de una motocicleta Ossa o a pie recorría los campos con su contador Geiger en busca de filones para Franco, que soñaba con generar electricidad y con tener su propia bomba nuclear. "Al llegar a cualquier pueblo tenía que presentarme en el cuartel de la Guardia Civil para contar lo que iba a hacer. Muchas veces llegaban denuncias de los vecinos que veían a un señor con un aparato raro por el campo. A veces, el comandante ya sabía que iba y lo que haría. Estábamos buscando minas de uranio y no lo podíamos contar. Lo teníamos prohibido".

Una quincena de técnicos de la JEN llegaron a Palomares tres días después del accidente. Y permanecieron allí unos 40 días trabajando con los soldados estadounidenses en la descontaminación (fallida) de la zona. Los llevaron para trabajar en patrullas mixtas con militares norteamericanos para examinar los niveles de radiación en las pedanías de Palomares y Villaricos. "Nos dieron unos monos blancos y gorras. Y el químico [Emilio Iranzo, el responsable de la JEN encargado de la operación] nos ordenó que lo reconociéramos todo, personas, gatos, perros, casas, pimientos, pepinos, tomates". "Los americanos dijeron que los españoles tenían que estar en primera línea, sobre todo, porque el proceso tenía que ser creíble", explica el investigador Rafael Moreno –autor del libro La historia secreta de las bombas de Palomares– sobre las patrullas mixtas que se formaron.

"¿Pero esto qué es? ¿Qué es esta rotonda? ¿Y estas calles asfaltadas y esos edificios?". Medio siglo después a Paco le cuesta creer que el lugar al que acaba de llegar sea Palomares. No había vuelto desde aquel invierno de 1966 y lo que conserva en su memoria no se parece en nada.

La descripción recogida en el informe Palomares Summary Report, elaborado en enero de 1975 por la Agencia de Defensa Nuclear de Estados Unidos, es un documento de 218 páginas que constituye la principal guía para conocer este accidente con armamento nuclear. "El pueblo de Palomares se asienta en la costa sureste de España, en la provincia de Almería. Es tan pequeño que no aparece en muchos mapas y no está incluido en los censos. En el momento del accidente, su población se estimaba en 2.000 personas aproximadamente. Bajo los estándares norteamericanos, Palomares se consideraba un pueblo pobre".

El siniestro de Palomares es un hijo no deseado de la guerra fría entre EE UU y la URSS. Durante los años más duros, el Ejército estadounidense mantuvo en el aire B-52 armados con bombas nucleares para atacar a Moscú de forma inmediata. Y España, gracias a la cesión de Franco de varias bases a Estados Unidos, era una pieza clave en esta estrategia. El accidente se produjo durante una de las operaciones de repostaje que periódicamente realizaba el Ejército norteamericano sobre las cabezas de los vecinos de Palomares. Pero en aquella ocasión algo falló: el B-52 –que portaba las cuatro bombas– y un avión nodriza que había partido minutos antes de la base de Morón de la Frontera (Sevilla) colisionaron en el aire.

Paco casi no espera a que se detenga el coche. Abre la puerta y se dirige hacia el primer vecino que encuentra en la calle. "¿Dónde está la antigua escuela?". Busca el primer recuerdo que conserva de su llegada a Palomares hace medio siglo. "Lo primero que vi fue medio avión en la puerta del colegio. Si llega a caer cuando están los niños jugando fuera, los mata a todos… Había trozos de avión por todas partes".

Por fortuna, las cuatro bombas no explotaron y, milagrosamente, ningún trozo de avión alcanzó a los habitantes de Palomares. Pero dos de los artefactos se rompieron al tocar el suelo y esparcieron varios kilos de plutonio por toda la zona. "El problema fue el viento, que dispersó todas las partículas", explica Paco, precisamente, en la calle 17 de Enero de 1966, el día que el cielo ardió en Palomares.

"Había llegado de vacaciones el 14 de enero y estaba en casa de mis suegros", relata Juan Sabiote, un vecino que entonces estaba en la treintena. "Tenía a mi niña de 16 meses en brazos y oí un estruendo. Salí de la casa corriendo porque creí que los techos se venían abajo. Caían trozos de avión. Vimos muertos, vimos a la Guardia Civil". Juan, con su gorra calada, habla sentado frente al tapete verde que utilizan en el hogar del jubilado de Palomares para jugar a las cartas. Mientras desgrana el relato, dos de sus compañeros de partida se intercambian cartas por debajo de la mesa con disimulo.

Ni él ni Paco se dan cuenta de las trampas porque están demasiado ocupados en rescatar recuerdos. Finalmente, varios de los jugadores acompañan a Paco hasta la antigua escuela. Juan Serrano, que entonces tenía 19 años, le explica que el trozo de avión que recuerda era un tren de aterrizaje. "Era tan grande como aquella furgoneta", dice mientras señala al coche que hay aparcado en la calle.

Cuando los técnicos de la JEN llegaron a Palomares, en la zona ya había medio millar de soldados norteamericanos participando en la Operación Broken Arrow (flecha rota), la denominación utilizada por EE UU para los siniestros con armas nucleares. La primera preocupación fue recuperar las bombas. Luego se comenzó a elaborar un mapa radiológico para fijar las zonas que estaban contaminadas. Paco fue jefe de una de las patrullas mixtas encargadas de elaborar ese plano. "Íbamos dos españoles y un americano", rememora. Los estadounidenses portaban el contador Alfa y los técnicos de la JEN anotaban lo que marcaba.

Paco recuerda la picaresca de algunos soldados norteamericanos. "Descubrimos que habían pinchado la membrana de la sonda del contador. Tuvimos que tapar el agujero con un chicle". En un artículo publicado hace un par de años en la revista Axarquía, el investigador José Herrera Plaza, uno de los mayores conocedores de la historia del accidente de Palomares, relata escenas muy parecidas. Cuando habla del grupo de prospectores de la JEN ensalza su "labor dura, arriesgada y modélica". "Su honestidad y perseverancia impidió que sus compañeros norteamericanos hicieran trampas con las lecturas de los contadores Alfa", apunta.

De aquellas lecturas dependían las indemnizaciones que iban a recibir los vecinos, los cultivos que se iban a destruir y las tierras contaminadas que los americanos tenían que llevarse. Estados Unidos trasladó a su territorio, finalmente, 4.810 bidones de 208 litros llenos de residuos, principalmente, tierra y cultivos. El Gobierno norteamericano calcula que se gastó unos siete millones de euros en indemnizaciones y en una comisión de seguimiento vigente hasta finales de la pasada década. "Solo se llevaron un 5% de lo prometido", resalta en su artículo Herrera Plaza. Atrás se dejaron 50.000 metros cúbicos de tierras contaminadas con plutonio, según constató, hace menos de una década, el Ciemat, el organismo público heredero de la Junta de Energía Nuclear.

Prueba de ello son las parcelas de Palomares que fueron valladas hace unos años por el Gobierno ante la presencia de radiactividad. La mayor de esas fincas está a las afueras, flanqueada por dos balsas de riego y una plantación de brócoli. Ese fue el lugar elegido por los militares para llenar los bidones que luego cargaron en sus barcazas en la playa de Palomares. "Construyeron una carretera en dos días", recuerda Paco junto al vallado de esta finca, conocida como la zona 2 por la denominación de la bomba que se localizó allí hecha añicos.

Aquel torpedo –como lo llamaron los españoles– cayó a unos metros de la finca del padre de José Portillo, que entonces tenía 29 años. Él también tiene marcado a fuego aquel 17 de enero en el que se les vino encima el cielo. "Cuando llegué a la parcela, vi a mi padre echándole de lejos tierra a varios hombres que estaban ardiendo". Era parte de la tripulación de los dos aviones. Murieron siete militares; cuatro de los tripulantes lograron sobrevivir.

En Palomares había ya 49 militares estadounidenses la misma tarde del accidente. Pero EE UU llegó a desplegar en la zona hasta 650 soldados durante la operación. En la playa de esta pedanía, junto a un antiguo molino, se instaló el llamado campamento Wilson. Paco y sus compañeros se hospedaron en una pensión, pero durante el día comían y descansaban entre las tiendas de campaña de los norteamericanos. "Tenían un campamento a todo confort", recuerda Paco, que conserva dos decenas de fotografías que se hicieron los técnicos de la JEN con los soldados americanos. "Los americanos nos daban de comer. Tenían de todo, carne, café… Me hice amigo de un sargento que me regaló dos paquetes de tabaco rubio aunque yo no fumaba. Los militares latinos nos hacían de intérpretes".

"¡Qué buenas palas trajeron, eh! ", le espeta José Portillo a Paco en esa misma playa. José, tras la marcha de los soldados, se quedó con seis de aquellas herramientas. Paco conserva una cucharilla de las que utilizaban para el rancho los soldados.

Atesora también una colección de escenas, sobre todo, relacionadas con el miedo que se apoderó de los vecinos. "Nos dijeron que no le podíamos decir nada a la gente, pero un día se me acercó un cabo de la Guardia Civil de Palomares que había estado desde el primer momento ayudando. Me contó que sus suegros vivían en Granada y me preguntó si debía mandar a sus dos hijos con ellos. Me dio pena y fui a medir a su casa. Era la que más peligro tenía, daba altísimo todo. La ropa, los armarios, la cama… Estaba todo impregnado. Su mujer, llorando, me preguntó qué podía hacer. Y le recomendé que lavara todo con agua y que tirara la ropa". Antes de marcharse, Paco le rogó al cabo que no dijera nada a nadie. Temía las consecuencias de haber roto el secreto impuesto.

A partir de marzo de 1966 el Ejército estadounidense y la dictadura de Franco comenzaron a expedir certificados en los que se aseguraba que las tierras de Palomares y Villaricos estaban en condiciones similares a las de antes del siniestro. Se repartieron 856 escritos de este tipo. Tras 81 días de trabajos, los soldados abandonaron Almería, y a Paco y a sus compañeros les dieron un reconocimiento verbal.

"El impacto del accidente a largo plazo en las relaciones entre EE UU y España ha sido probablemente pequeño. La última renegociación cerrada en 1968 para el uso de las bases en España se hizo sin dificultades", se indica en el informe de 1975 Palomares Summary Report. Pero, con la recuperación de la democracia, comenzaron las reivindicaciones y la descontaminación de Palomares entró en una especie de bucle de la diplomacia entre España y Estados Unidos.

"Esta vez la cosa parece que va en serio", dice Antonio Fernández Liria, alcalde de Cuevas de Almanzora. Se refiere al memorándum para la descontaminación de Palomares firmado entre España y EE UU el otoño pasado. La limpieza correrá a cargo de España, para lo que se recurrirá a carpas de presión negativa y así evitar que se levanten las partículas radiactivas y se expandan. Del transporte, previsiblemente a través del puerto de Carboneras, y del depósito de los 50.000 metros cúbicos de tierra se hará cargo el Gobierno estado­unidense. Sin embargo, aún no se ha cerrado el tratado definitivo. "EE UU no quiere hacerlo con un Gobierno en funciones en España", explica Fernández.

"La tierra la traían aquí, al cementerio", recuerda Paco junto a la valla de la zona 2. "A nosotros nos colocaban en el borde con el medidor para detectar si las partículas salían del perímetro por el viento". Por suerte, aquellas partículas radiactivas que salieron de las bombas solo podían dañar si se ingerían o se inhalaban. "Recuerdo que nos tuvieron un día entero haciéndonos orinar en unos recipientes. Nos hicieron los análisis, pero aún estoy esperando los resultados", bromea Paco 50 años después.

La memoria de Paco guardará para siempre los recuerdos de su participación en uno de los principales accidentes con armas nucleares de la historia. También la de los vecinos de Palomares, aunque allí siguen esperando. Los que vivían entonces, sus hijos y sus nietos confían en que esta vez los Gobiernos cumplan. Y que la mancha radiactiva se borre por fin de la tierra y del nombre de su pueblo.

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