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El escritor español en Cataluña

Columna- Javier Cercas 27/03/2016
Casi forma parte obligada del "cursus honorum" del escritor español aspirar al ingreso en la Academia
 

Me refiero, claro está, a los escritores que escribimos en español, o en castellano, porque, hasta nueva orden, casi todos los escritores que escribimos en Cataluña somos españoles, incluidos los que escriben en catalán. Hecha esta aclaración casi superflua, añadiré que, según una idea bastante extendida, los escritores que escribimos en castellano y residimos en Cataluña vivimos en una situación incómoda, por no decir que somos víctimas del nacionalismo o el independentismo mayoritario en la vida pública catalana; mi opinión es exactamente la contraria: sobre todo comparada con la situación del escritor español en Madrid o la del catalán en Barcelona, la situación del escritor español en Cataluña es privilegiada.

Me explico. La situación ideal de un escritor es una situación un poco oblicua, un poco periférica, casi marginal; no del todo: sólo un poco, sólo casi. Esa es la situación del escritor español en Cataluña. Es verdad que el centro editorial del español está en Barcelona, donde tienen su sede las editoriales y los agentes más potentes de la lengua; pero el poder literario español sigue en Madrid. También es verdad que en este aspecto las cosas han cambiado un poco: a principios del siglo XX, cuando empezaban a consagrarse Baroja o Azorín, era impensable para un escritor español no vivir en Madrid; incluso lo era a mediados del siglo XX, cuando se consagraba Cela y empezaba a publicar Ferlosio, aunque quizá ya no lo era tanto: al fin y al cabo, por esa misma época también empezaba a publicar Gil de Biedma, que nunca vivió en Madrid; hoy, en cambio, pocos escritores en español de Barcelona sienten por razones literarias la necesidad de la capital, a pesar de que el poder literario, repito, sigue allí.

Pero ya se sabe que el poder es peligrosísimo para un escritor, empezando por el poder literario. Quiero decir que el escritor español en Madrid, como el catalán en Barcelona, corre muchos más riesgos que el escritor español en Cataluña: el riesgo de un éxito prematuro, el riesgo de dedicar más tiempo a la vida literaria que a escribir, el riesgo de ceder al privilegio envenenado de cualquiera de los halagos, sinecuras, canonjías, chollos y cholletes con que el poder intenta sobornar al escritor, incluso el riesgo de la política a secas. Un ejemplo: casi forma parte obligada del cursus honorum del escritor español aspirar al ingreso en la Academia; el escritor español de Cataluña, en cambio, puede esquivar tranquilamente esa obligación: como no fueron académicos Gil de Biedma ni Barral, como no lo son Marsé ni Mendoza, casi nadie sensato siente el menor deseo de serlo.

Pero los escritores españoles en Cataluña no sólo nos ahorramos parte del tiempo, los esfuerzos inútiles y las tentaciones letales que amenazan a nuestros colegas españoles en Madrid y a nuestros colegas catalanes en Barcelona: a diferencia de aquéllos, disponemos de una tradición literaria añadida (la del catalán, cualitativamente excepcional); a diferencia de éstos, disponemos de una enorme cantidad de lectores potenciales en nuestra propia lengua; a diferencia de unos y otros, los escritores en castellano de Cataluña casi salimos de fábrica con una mirada extraterritorial sobre Cataluña y sobre España, que es la mirada perfecta para un escritor. Por lo demás, es falso que el independentismo nos persiga por escribir en castellano; lo que quiere es que, escribamos como escribamos, seamos independentistas. No se engañen: lo que pasa en Cataluña no es cuestión de lenguas; es cuestión de poder: a ojos de la mayoría de los políticos independentistas, la lengua es sólo un instrumento para conseguir todo el poder; de hecho, contra lo que creen muchos de mis colegas catalanes, no hay razón alguna para pensar que, si Cataluña alcanza la independencia, al día siguiente los políticos independentistas no empiecen a olvidarse del catalán.

De modo que insisto: somos unos privilegiados. Yo al menos me siento así, porque sospecho que, si no hubiese crecido no ya en Barcelona sino en Gerona y no hubiese pasado la mayor parte de mi vida allí ni llegado hasta casi los 40 años con una ignorancia casi completa del mundillo literario español, mi vida quizá hubiese sido mejor de lo que ha sido –quién sabe–, pero yo sería peor escritor de lo que soy.

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