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Jeff Goldblum: "Mi cuerpo es la expresión de mi sexualidad"

Diario- Rocío Ayuso 30/07/2016
Los hombres dados a titubear, gesticular y ser interrumpidos no sabían lo atractivos que podían ser hasta que llegó él. Nos citamos con el actor y nos canturrea al oído
 

Hoy Jeff Goldblum se enfrenta a un reto: decir Rocío. "¿Raúquia?", intenta. Normal. Pero Jeff Goldblum no es un hombre cualquiera. Es el doctor Ian Malcolm, que marcó a toda una generación con los dinosaurios en Parque Jurásico. El científico David Levinson, que salvó el mundo de la misma invasión alienígena que le está entreteniendo este verano con la ya estrenada Independence Day: Contraataque, la secuela del megaéxito de 1996. ¿Cómo se le van a resistir cinco letras? Sobre todo, con la de castellano que aprendió de Fernando Trueba cuando rodó El sueño del mono loco en 1989 y con el que ahora intenta recibirme como un señor. "¿Rachío?", insiste. Lo deja estar para preguntarme por Trueba.

España le trae buenos recuerdos a Goldblum (Pittsburgh, EE UU, 1952). "Trabajar con Trueba fue tan bueno", dice acentuando la última palabra en la lengua de Cervantes. "Ya me gustaría también hacerlo con Almodóvar. Estaría bien trabajar con él", se esmera. Este es su talante normal, alguien en apariencia despistado y balbuceante, con una verborrea que nunca organiza de forma directa sino con rodeos. Alguien que sustituye los silencios por un continuo canturreo, un ritmo de jazz que emana de su cuerpo a lo Bobby McFerrin para encontrar su karma y su inspiración mientras posa para ICON. Tras una breve pausa lo vuelve a intentar. "¿Rócio?", añade, cada vez más cerca de la perfección.

Eso es lo que busca. Bajo ese aspecto desenfadado y amable que fluye como si fuera improvisando por la vida, bajo su genial locura de actor, se esconde alguien que controla su estilo, su cuerpo y su trabajo. Alguien que, sin llevar la contraria, se sale con la suya. Ya sea en lo que viste hoy, en las fotografías que se deja tomar o en el cine que piensa hacer. La improvisación queda para su amado jazz. Todo lo demás es perfección.

Esto empieza por su cuerpo. El de Goldblum mejora con los años. No tiene ningún reparo a la hora de mostrarlo, desnudándose entre toma y toma, entre exhibicionista y vanidoso. Es un cuerpo sin gota de grasa, bronceado perfecto y sin rastro de sus 63 años. Tampoco duda en mostrar su secreto. "Hoy llevo 10.400 pasos. Soy muy disciplinado", se guarda el iPhone orgulloso con los logros que refleja su app. "Me gusta sentirme saludable. Soy alguien activo que disfruta mejor de la vida si se siente bien con el cuerpo. Es mi herramienta de trabajo además de la expresión de mi sexualidad. Me gusta utilizar mi cuerpo y por eso ando. Tengo que caminar más. También hago pesas", resume antes de servirse un ligero plato de pollo con verdura.

Todo muy sano hasta que la locura vuelve a hacer acto de presencia en su mirada. "Claro que la vida está llena de pecadillos y los míos son muy sencillos. Palomitas, de todos los sabores y en cualquier ocasión. Helados, mmmm...", se derrite. "Pasta, pizza, un buen bocadillo…", se lanza antes del acto de constricción. "¿La solución? Dar un par de bocados. No te lo comas todo".

En su fingida timidez es fácil notar que siempre quiso comerse el mundo. Desde ese pequeño papel en Annie Hall que con otro habría pasado inadvertido y que en manos de Jeff todavía es recordado. "Aún me toman el pelo como el hombre que perdió su mantra", bromea. Le gusta ser recordado. Se le nota la vanidad del actor. Se acerca a mirar cada una de sus fotografías, siempre dispuesto a una nueva toma si no se siente satisfecho. No niega su afán de control aunque lo intenta disimular bajo una inexistente humildad.

"Yo me veo como un simple aprendiz siempre dispuesto a mejorar", confiesa. Mejorar como actor trabajando a lo largo de estos años con los mejores: Steven Spielberg, Lawrence Kasdan, Wes Anderson, Robert Altman, David Cronenberg, John Landis, Ronald Emmerich o el propio Allen, entre ellos. "He tenido suerte porque los rodajes son tan interesantes...", divaga. "Atmósferas tan creativas y llenas de arte como las que me ofrecieron Robert o Wes, que hacen de la mera experiencia de rodar una forma de liberar el espíritu", añade.

El canturreo continúa. Ahora de sus labios sale un Summertime que va subiendo y bajando de tono y volumen. Se lo canta a él pero no le importa que le oigan. La música es su otro yo, el que más recientemente salió del armario. Toca el piano desde niño y oyéndole hablar de jazz uno se pregunta si el verdadero Goldblum no es un músico oculto tras la interpretación. "Muy al contrario: durante mucho tiempo preferí ocultar mi amor por la música para que siguiera siendo divertido", confiesa. Ahora ya no lo esconde. En Los Ángeles es un habitual del Rockwell, un antro de copas y teatro donde suele tocar los miércoles que no viaja.

Y lleva varios conciertos junto a Woody Allen en el Carlyle neoyorquino, improvisando con Jeff Daniels y su guitarra o recreando baladas con la trompeta de Peter Weller. Eso, además de ponerle letra al tema de John Williams para Parque jurásico o interpretar con su grupo, la orquesta Mildred Snitzer, los temas de Independence Day en una gala benéfica. "También lo hago mientras ruedo", explica de su canturreo. "Para meterme en el personaje, porque me inspira, siempre es interesante. Y se lo digo al director, al compositor, por si eso le sirve", comenta. "Pero lo mío es la palabra escrita. Hacer obras de teatro, películas. Son mi estímulo. La música es muy diferente. Es mi hobby", resume.

De boquilla dice que en cine le gusta todo, lo mismo que en música. "Luego me quedo con lo que me interesa", aclara, contradiciéndose. Quiere decir que se lo ve todo, como miembro de la Academia y en más de una ocasión jurado de festivales como Cannes. Lo mismo le pasa con la música. Es todo oídos. Pero sus intereses van más lejos atraído por lo que llama "pensadores que también pueden ser héroes". Gente como Paul Allen, más conocido como el cofundador de Microsoft, los cantantes Rufus Wainwright o Joe Walsh, los miembros de Snarky Puppy o el biólogo molecular y premio Nobel James Watson. "Cuando le conocí después de haber hecho de él en una serie documental (Horizon, 1987) dio bastantes rodeos hasta decirme que nunca me quiso en el papel. Prefería a John McEnroe, me dijo. Pensé que se equivocaba y hablaba de John Malkovich. "No, el tenista", insistió. "Lo habría hecho mejor en ese par de escenas jugando al tenis", concluyó". Cuenta la anécdota entre ronquiditos y carcajadas. Le picó el orgullo, pero le hace gracia.

Watson y el resto de los mencionados son sus nuevos amigos, esos con los que lleva hechos ya varios cruceros a costa de Paul Allen en una especie de club elitista de talento, filosofía, música y buen vivir. "Acabamos de volver de recorrer Vietnam, Malasia, Singapur y Brunéi", detalla sobre la última ruta. La anterior, a la que también se sumaron Quentin Tarantino, Stevie Wonder, Quincy Jones o Nathan Myhrvold, otro de los cerebros de Microsoft y entre los cien pensadores más destacados según la revista Foreign Policy, le llevó por Alaska y de ahí a Rusia, a conocer el museo Hermitage de San Petersburgo.

"Tengo la suerte de haber caído ahí", dice de estas vacaciones pagadas donde disfruta pensando que salva el mundo. "La belleza no tiene que estar separada de la realidad y Paul Allen tiene a bien invitar a un grupo de mentes generosas, gente interesantísima capaz de hacer cosas útiles", resume este defensor del medio ambiente y amante de las filosofías orientales.

Su regreso a Independence Day: Contraataque llega acompañado de su fichaje por Marvel como el Gran Maestro, que el actor interpretará en la tercera entrega de Thor. Tiene poco que ver con el aire de James Bond que le da el esmoquin que ha escogido para la próxima foto. ¿Ha soñado con ser el próximo agente al servicio de su Majestad? "Nunca me elegirían. Me pilla un poco mayor, aunque el Bond que más me gusta sea el de Sean Connery", deja caer.

También tiene poco que ver con el Goldblum hogareño y padrazo en el que se ha convertido. A la tercera va la vencida. Tras haber estado casado con Patricia Gaul, a quien conoció en Silverado (1985), y Geena Davis, con quien trabajó en Transylvania 6-5000 (1985), La mosca (1986) y Las chicas de la Tierra son fáciles (1988), este mujeriego contrajo matrimonio hace escasamente dos años con la gimnasta olímpica Emilie Livingston, con quien tuvo su primer hijo, Charlie Ocean, el pasado 4 de julio. Toda una ironía. "Parece que hasta le gusto", se admira de su propio hijo. "No había tenido mucho contacto con niños y son la mar de interesantes. Interactivos, divertidos y hago mi gimnasia persiguiéndole", confiesa al respecto del que llama el secreto de su juventud.

Más que un padre babeando por las proezas de su niño suena a científico loco observando intrigado ese pequeño experimento llamado su hijo. "Le tienes que ver junto a Woody Allen. Imitándole todo el rato", añade a la estampa familiar. Que nadie se alarme, Woody Allen es su perro, un caniche de pelo rizado y rojizo. "Y que nos hace reír. Por eso le llamamos Woody Allen, por las similitudes", se explica. Definitivamente, Goldblum tiene su propia forma de ver la vida y en su mente no ha hecho más que empezar. "Me siento como alguien que se identifica con la curiosidad infinita de ese niño para el que todo es nuevo, divertido y fuente de inspiración. Y si eso no es juventud, ya me dirás qué lo es", resume volviendo a su zen musical que sólo detiene brevemente para decir adiós. "Rocío", sonríe conquistando cada letra. "¡Hasta luego!", añade sonriente y victorioso, alcanzando el nirvana de la perfección.