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En sus brazos

Diario- Elsa Fernández-Santos 20/09/2016
 

La boutade se atribuye a Yves Saint Laurent: "La prenda más bella que puede vestir una mujer son los brazos del hombre que ama. Para las que no han encontrado esa felicidad estoy yo". No seré yo quien subestime la dicha que otorga un buen armario, ni mucho menos quien crea que el hombre es un accesorio imprescindible para una mujer, pero centrémonos en los brazos de los tipos que amamos.

Este verano se ha difundido una fotografía de Gary Cooper que resume de forma magnífica la elegancia de esa prenda perfecta. La imagen lleva la firma de Canito, el fotógrafo español fallecido el pasado julio a los 103 años y conocido por documentar con su cámara la mortal cogida de Manolete.

En la foto vemos a un Cooper de mediana edad, con gafas de sol y acodado con camisa de manga corta en un burladero. Su brazo, largo y algo ajado, curtido por el sol, lleva un reloj de pulsera. Sobresale el codo puntiagudo y, levemente, el músculo del antebrazo. No es nada nuevo decir que no ha existido un hombre más elegante y guapo que el bello de Montana y que pocos han representado como él la épica del héroe americano.

Sólo por semejantes huesos resulta creíble que en Morocco (1930) Marlene Dietrich se lanzase al desierto cubierta de sedas y plumas. Tímido y callado, según la crónica rosa del viejo Hollywood tampoco hubo un amante mejor dotado. Clara Bow, una de tantas que vivió su pasión volcánica, lo difundió sin sutilezas. Pero el Cooper de la foto ya no es un hombre joven y su brazo, su imponente brazo, tampoco.

En El forastero (1940), de William Wyler, Doris Davenport le decía al actor: "Qué hombre más guapo es usted, señor Harden". Y Cooper (entonces, de 39 años) respondía: "Lo dudo, sólo soy un hombre cansado". Me temo que hoy los hombres la toman con sus extremidades como las mujeres con sus arrugas. Obsesionados con su cuerpo, se olvidan de que no hay nada más elegante que un brazo cansado. Hasta la Policía Nacional, en una circular más digna de una revista satírica que de las fuerzas de seguridad, se ha visto obligada a prohibir a sus agentes marcar músculo con el polo del uniforme de verano.

Que Cooper me perdone, pero si me pidieran hacer un ranking de los mejores brazos de la historia creo que el primer puesto lo ocuparían los de Michael Jordan. Ya saben, Jordan era fuerte pero a la vez misteriosamente frágil. Pasa el tiempo y es imposible no llorar por enésima vez con los últimos minutos de su carrera, en la serie final de los Chicago Bulls contra Utah Jazz, en 1998, o con el célebre partido que jugó con 39 de fiebre, en los playoff del curso anterior, también contra el equipo de Salt Lake City.

Pasó a la historia como The flu game, el partido de la gripe, y según las versiones no oficiales, la fiebre, las náuseas y los mareos que acosaron al jugador durante todo el encuentro jamás fueron causados por un virus (¿hubieran permitido que lo extendiera al resto de jugadores?), sino por una intoxicación por alimentos o, lo que parece más probable dada su fama de juerguista, por una monumental resaca.

Según la biografía firmada en 2015 por Roland Lazenby, Jordan pasó la madrugada en un timba organizada en el chalé de Robert Redford en las montañas de Utah jugando al póquer y bebiendo. ¿Recuerdan? El héroe, deshidratado y exhausto, después de anotar 38 puntos definitivos, acabó el encuentro desmayado en los brazos de su compañero Scottie Pippen. Imagen icónica de la NBA, de la historia del deporte y, de lo que nos ocupa, la prenda más bella que puede vestir una mujer.

Jordan volaba, pero no era sólo eso. Los brazos caídos, como en la Piedad de Miguel Ángel. Puro dramatismo. Pura elegancia. Pura alta costura, querido Yves.