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Probabilidades, no profecías

Diario- Jesús Mota 05/04/2017
Roberto Velasco firma "Economistas. Oficio de profetas", que recoge las sinrazones que han llevado al desorden económico presente
 

La pregunta principal sería: ¿para qué sirven los economistas? Para contestarla, el chistoso recurre a los chascarrillos habituales ("para predecir el pasado", etc). Más en serio, en términos muy generales, sirven para establecer (o calcular) cuáles serán las consecuencias de decisiones económicas teniendo en cuenta situaciones previas o predeterminadas. La racionalidad weberiana como base para las decisiones políticas. La economía es el reino esponjoso del ceteris paribus: si se adoptan determinadas medidas y se mantienen inamovibles un determinado número de parámetros, estos son los efectos. Como ciencia, la economía ofrece une ventana muy estrecha de certezas o probabilidades razonables, porque en el continuo real no hay parámetros fijos. Pregunta derivada: ¿puede un economista predecir (con cierto grado de probabilidad, se entiende) el futuro en el ámbito de su competencia? Un filósofo respondería que no; un físico, que lo máximo que puede establecerse es una probabilidad. Pero, claro, a los economistas se les paga por una certeza o por algo que se aproxime a una certeza. Y eso es, grosso modo, mejor o peor vestido con modelos y escenarios, todo o casi todo.

Roberto Velasco en Economistas. Oficio de profetas expone todo esto con el detalle que se merece denunciar una antinomia. Aparecen pronósticos fallidos y delirantes profecías de ilustres economistas como Stiglitz o Krugman. No obstante, téngase en cuenta que la predicción es un instrumento político "de obligado cumplimiento". Una empresa o un inversor necesita (tiene derecho a) conocer cuáles son las estimaciones macroeconómicas del Gobierno con el fin de tomar sus propias decisiones en función del marco general esperado; al actuar en función del pronóstico, contribuye a afianzar el optimismo o el pesimismo implícito.

Pero no es en los gags predictivos donde brilla el texto de Velasco. Su discurso remonta con la indignación subterránea latente en las descripciones de los mecanismos que han generado desigualdad (mención obligada a Piketty), las políticas que han provocado la pobreza (Mariano Rajoy es el mejor ejemplo de seguidismo ciego de las instrucciones ineptas de Bruselas) o la incapacidad de Europa para ordenar un espacio económico razonablemente equilibrado, sin privilegios absurdos e irritantes. Ese viacrucis de sinrazones es lo que confiere valor al libro, como recordatorio del desorden económico presente.

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