Textos y fotos »

Trump gana la mano a Obama

Diario- Lluís Bassets 17/04/2017
Con el ataque con misiles a una base de El Asad y el bombazo sobre Afganistán, el Pentágono pretende restaurar la capacidad disuasiva de Estados Unidos
 

Donald Trump es el presidente mejor preparado para hacer estupideces, es decir, tomar el tipo de decisiones que su predecesor Barack Obama consideraba como las peores para un presidente: "Don"t do estupid stuff" es la sentencia central de la Doctrina Obama en política internacional. Hay pruebas suficientes en las declaraciones, comportamientos y especialmente en los incontrolados tuits nocturnos de Trump para temerse una salida de pata de banco que ponga en peligro la seguridad de su país y del mundo. Y sin embargo, por una vez al menos, quizás la primera, lo que hizo en Siria en la madrugada del viernes pasado, con el lanzamiento de 59 misiles contra la base aérea de Shayrat, cerca de Homs, no fue una estupidez sino una actuación conforme con la responsabilidad de la primera potencia mundial, que quiere corregir una estupidez anterior cometida por el inteligente Barack Obama con el régimen de Bachar el Asad, capaz de mantenerse en el poder e incluso recuperar territorios tras seis años de guerra civil que han quitado la vida a 300.000 sirios y han expulsado de sus hogares a diez millones. Mención aparte merece el bombazo sobre Afganistán, dedicado al Estado Islámico, su enemigo principal y de efectos disuasivos evidentes, aunque sus efectos en la guerra contra el yihadismo sean al menos dudosos.

Es toda una novedad que Estados Unidos haya al fin realizado un ataque en toda regla contra instalaciones militares de la dictadura siria, el primero en esta guerra, hasta el punto de inutilizar según el Pentágono una quinta parte de la flota aérea con la que El Asad se dedicaba a bombardear a su propia población civil debida y expresamente confundida con la oposición armada. Pero la auténtica novedad, que disparó todas las alarmas de la comunidad internacional, es que El Asad utilizó armas químicas en Idlib, con al menos 80 muertos, desmintiendo la eficacia del acuerdo alcanzado en 2013 entre Putin y Obama por el que Siria entregaba todo su arsenal químico y Estados Unidos renunciaba a las represalias anunciadas para el caso de cruzar las líneas rojas que significaba el uso de este tipo de armas como sucedió en Ghuta, en las afueras de Damasco, donde perecieron 10.000 civiles.

Aquella decisión histórica del 30 de agosto de 2013, cuando Obama ordenó frenar el ataque aéreo preparado con El Assad, fue objeto de muchas interpretaciones, algunas especialmente acerbas para el presidente demócrata. La Casa Blanca esgrimió en su favor que se había evitado entrar directamente en guerra y se había frenado la proliferación de armas químicas en Siria: a retener que Trump apoyó entonces esta posición. Obama fue todavía más lejos, y la presentó como un ejemplo de superación del "manual de Washington", el conjunto de reglas implícitas en los gobiernos estadounidenses desde hace muchas décadas que conduce a enfrentar cualquier problema con una solución militar que tiene como objetivo demostrar y mantener la capacidad disuasiva de la superpotencia. El mayor argumento en contra es el envés exacto del anterior: con la renuncia a las represalias prometidas, Washington perdía toda la credibilidad de su capacidad disuasiva, en la región y en el resto del mundo (en la península de Corea, por ejemplo). A este razonamiento se sumaba el geopolítico: Rusia se convertía en el árbitro de la región de Oriente Medio en llamas y se consideraba con manos libres para regresar militarmente, como efectivamente ha sucedido.

No hay que sobrevalorar el ataque a la base aérea de Homs, ciertamente. El acuerdo de coordinación vigente entre Moscú y Washington para evitar que los aviones de ambas potencias se interfieran o incluso se ataquen inadvertidamente durante sus operaciones contra sus distintos enemigos, y especialmente el que ambos comparten plenamente que es el ISIS o Estado Islámico, evitó que los rusos sufrieran bajas o daños en sus aviones y probablemente también les dio tiempo a los sirios a minimizar los efectos del bombardeo. Su significado en la guerra civil siria es limitado, aunque naturalmente constituye una seria diversión en la lucha contra el ISIS, sobre el papel el enemigo común más peligroso que Trump quiere liquidar en su primera victoria militar.

Pero tampoco se puede minusvalorar. La lluvia de misiles que recibió El Asad busca la restauración de la capacidad disuasiva de la primera superpotencia, subrayada con el siguiente gesto presidencial, consistente en mandar la flota del Pacífico, con capacidad nuclear, a las costas de Corea del Norte, en disposición de interceptar los lanzamientos de misiles que pueda hacer el régimen de Kim Jogn-un e incluso con capacidad de rociar sus instalaciones militares con tomahawks como hizo Trump con El Asad. Ambos gestos son una señal de alta intensidad dirigida directamente a los regímenes directamente concernidos: Siria y Corea del Norte; pero en segundo derivada a quienes les apadrinan, Rusia, Irán y China.

¿Cómo es posible que el presidente mejor preparado para hacer estupideces haya realizado por una vez una acción inteligente, que restaura la disuasión estadounidense y con ello favorece la estabilidad internacional? El mérito de Trump no está en el hacer sino en dejar hacer. No ha sido él personalmente, como sucedía con Obama, quien ha tomado estas decisiones, sino que las ha confiado a quienes saben del asunto, en concreto el secretario de Defensa James Mattis y el consejero de Seguridad H.R.McMaster, dos militares de primerísimo nivel, halcones de extraordinaria formación intelectual, visión geopolítica y suficiente autoridad como para imponer sus puntos de vista al presidente y a sus peores asesores áulicos. No es casualidad que el mismo día en que se produjo el ataque fue desposeído Steve Bannon, el extremista intelectual alt-right (derecha alternativa), de su silla en el Consejo de Seguridad Nacional.

De todo ello se desprende, ante todo, que Obama ha sido desautorizado. Por su gestión de las líneas rojas en Siria, traspasadas bajo su presidencia sin reacción militar y ahora de nuevo bajo presidencia de Trump pero con la respuesta que se conoce. Pero especialmente por su concepción del papel intervencionista del presidente en la dirección de los asuntos militares, desmentida en los hechos por el actual inquilino de la Casa Blanca en la que ha sido calificada como su primera acción propiamente presidencial. Pero también ha quedado desautorizada la política rusa de Trump y desmontado buena parte del doctrinarismo exhibido en la campaña respecto a la política internacional, especialmente el America First y el desprecio de las alianzas.

Aunque este brusco quiebro político parece restaurar la disuasión. En la misma dirección que el bombazo del jueves sobre Afganistán, lo hace de forma poco convincente. Si Trump ha cambiado ya una vez, antes de cumplir los cien primeros días, ¿con qué frecuencia puede cambiar de nuevo en el futuro? Para que Washington recupere su tradicional capacidad disuasoria debe ofrecer una imagen de estabilidad y previsibilidad que la actual administración jamás ha cultivado, empezando por su errático jefe con sus tuits intempestivos. De momento, está claro que el gendarme mundial está de vuelta a la ciudad, pero nadie sabe para cuanto tiempo ni con qué intenciones.