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El que no se va

Columna- Antonio Muñoz Molina 05/05/2017
Stefan Zweig regresó hacia el cambio de siglo cuando el conocimiento del Holocausto y del Gulag entraron tardíamente en la vida española
 

Cuando yo empezaba mi vida de lector, todavía duraba la primera fama póstuma de Stefan Zweig. Sus libros, casi nunca en ediciones recientes, estaban en las bibliotecas públicas, y bastantes novelas suyas se encontraban en las colecciones baratas de bolsillo que había entonces; la colección Reno, por ejemplo, con sus portadas que tenían una estética como la de los carteles de cine. Veinticuatro horas en la vida de una mujer era todavía una novela muy leída, aunque no creo que se le concediera mucha importancia literaria. Pertenecía a un repertorio de literatura internacional que había sido muy popular antes de la II Guerra Mundial, y que duró quizás hasta finales de los años sesenta, agregando a la cultura española un cosmopolitismo anticuado, aunque bastante valioso, porque en aquel páramo no había mucho más. Se leía a Zweig como a Vicki Baum, a Emil Ludwig, incluso, hasta cierto punto, a Thomas Mann. En nuestro país atrasado y aislado duraban esos ejemplos de una cultura literaria centroeuropea dispersada y en gran parte destruida por el totalitarismo, y además barrida por añadidura por la modernidad de los cincuenta y los sesenta.

En la educación de un lector o aspirante a escritor con vocación contemporánea Stefan Zweig dejó de existir, si es que alguna vez había tenido verdadero prestigio. El pasado está cambiando siempre: hace 30, 40 años, el mundo de Zweig era mucho más lejano que ahora, y su figura política, más desconocida aún que su estatura literaria. Nuestras ideas y nuestra visión del mundo estaban muy marcadas por las confrontaciones simplificadoras de la Guerra Fría y, antes de ella, las de los años treinta. La historia del siglo XX la veíamos sobre todo como el choque entre el capitalismo y el socialismo. La historia de la literatura era la del progreso de las vanguardias. En un marco así, un escritor como Stefan Zweig, incluso como su amigo Joseph Roth, eran tan difíciles de apreciar en términos políticos como literarios. Las narraciones de Zweig parecían demasiado lineales para tener algún valor, sin la sofisticación o la simple complicación formal que admirábamos en otros maestros indiscutibles. En cuanto a su actitud política, si alguien se enteraba de ella, era incomprensible, anacrónica, irrisoria. Zweig era un burgués liberal y europeísta, incluso un nostálgico del imperio austrohúngaro, aunque menos explícito que Joseph Roth. En su literatura, en su pensamiento, Zweig se convirtió en una figura tan de época, de otra época, como en su vestuario, sus trajes con bombachos de viajero en los transatlánticos, sus sombreros blancos de verano, la boquilla de marfil de fumador distinguido.

Quién habría dicho que la desaparición sin rastro era solo un eclipse. A mediados de los noventa yo había leído un poco por azar La piedad peligrosa, en una edición de Debate. Me asombró su fuerza narrativa y una desolación de fondo que ahora podía comprender mejor porque me había familiarizado con ella leyendo a Joseph Roth. Hacia el cambio de siglo, cuando por fin la cultura centroeu­ropea y el conocimiento del Holocausto y del Gulag entraban muy tardíamente en la vida española, Stefan Zweig regresó o se hizo de verdad presente por primera vez, con toda su envergadura, en gran parte gracias a las nuevas traducciones y a las ediciones ejemplares que empezó a publicar Jaume Vallcorba en Acantilado.

Cada año que pasa está más presente Stefan Zweig, con una fuerza simbólica muy anclada en la calidad de su literatura, pero que irradia más allá de ella, porque tiene que ver con la ruina de sus ideales y su destino de exilio: unos ideales que ahora se nos han vuelto mucho más cercanos; un destino al que cada vez más gente se va volviendo vulnerable.

Un sábado del largo fin de semana del Primero de Mayo, en un Madrid desierto, está llena la sala en la que se proyecta en versión original una película sobre él: Stefan Zweig: adiós a Europa, de Maria Schrader. Salimos de la sala con un nudo en la garganta y el vestíbulo está lleno de la gente que viene a ver la próxima función. Pero el valor de la película no es solo que ilustre con rigor sobre los últimos años de la vida de Zweig y nos ayude a comprender la desgracia de su desenlace y la atmósfera de fin del mundo que respiró hasta asfixiarse. Maria Schrader es una magnífica guionista y directora de cine, con una imaginación visual tan poderosa como su talento narrativo. A estas alturas, la mayor parte de las películas situadas en los años treinta y cuarenta se han vuelto tan previsibles como las de aristócratas victorianos. Inventan un pasado entre relamido y aséptico, en el que hombres y mujeres vestidos de época llevan peinados con gomina y fuman mucho y resisten a los nazis sin despeinarse y se encuentran de noche por los corredores de los grandes expresos internacionales.

El tiempo de la película de Schrader no es un pasado falso y manufacturado para nosotros, sino algo muy parecido al presente de quienes lo vivían, con lo borroso y lo incierto de lo que sucede ahora mismo, lo impremeditado de la vida haciéndose de un momento a otro. Stefan Zweig es un hombre debilitado por el desgaste doble de la celebridad y del exilio, aturdido y exasperado íntimamente por todas las obligaciones a las que lo someten sin descanso su buena educación y su sentido del deber. La bestialidad del nazismo ha desmoronado sus ideales humanistas. La realidad del exilio y de las fronteras ha vuelto irrelevantes su activismo en favor de la Europa unida y el internacionalismo civilizado. Schrader cuenta la historia desde los ángulos laterales, a través de episodios desconectados entre sí, de momentos de tránsito, como un músico diestro que ronda una melodía y la hace presente sin necesidad de enunciarla nota por nota, o como esos escritores que eligen un punto de vista móvil y parcial. Los camareros preparan la mesa de un banquete mientras en un salón contiguo se pronuncian discursos. Una conversación crucial en un congreso de escritores en Buenos Aires sucede casi por azar en un lavabo. Los cuerpos abrazados de Stefan Zweig y su esposa, ya congelados en la lividez de la muerte, no llegan a verse del todo, porque eso sería un impudor, una falta de respeto hacia quienes tanto han sufrido; se ven un instante, reflejados en la luna de un armario que se ha abierto sola, mientras alrededor hay murmullos de oraciones y el ir y venir sobrecogido de la gente que va llegando a la casa al saber la noticia.

Stefan Zweig, adiós a Europa. Maria Schrader.