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Grandes clásicos de la poesía para leer en verano

Diario- Ángel Rupérez 21/07/2017
Un aluvión de traducciones da cuenta de la huella que dejó el terremoto del romanticismo en la poesía de los dos últimos siglos
 

La noticia no es nueva pero sigue siendo cierta: venimos del romanticismo. No será una casualidad, pero últimamente han aparecido varios libros que plantean la cuestión central de la poesía y aun el arte contemporáneos: los comienzos románticos, a principios del XIX, y las secuelas a favor o en contra de semejante terremoto en los distintos devenires de las artes durante el siglo XX y aun durante este siglo en curso. Y este dilema no se plantea solo en inglés —el idioma mayoritario de estas traducciones que comento—, sino también en otras lenguas —en este caso, el francés—, como veremos.

Una de las grandes figuras del romanticismo inglés fue el malogrado John Keats (1795-1821). En 1818 publicó una narración en verso sobre la figura de Endimión que la crítica recibió con cruel dureza, dejando en el poeta una herida que probablemente permaneció abierta hasta el final de sus días (así lo afirma su biógrafo, el poeta Andrew Motion, y con mucha peor mala uva también lo vino a decir Lord Byron). Conviene recordar, no obstante, que el propio Keats no tenía la mejor opinión de su escrito, al que, como mínimo, acusaba de inmaduro. Para un lector de hoy — que es de lo que se trata— no hay en estas páginas estímulos suficientes para sumergirse en ellas a fondo, de no ser que quepa la esperanza de encontrarse con joyas aquí y allá —y las hay—, seducido el lector por su fulgurante comienzo, que viene a ser uno de los mejores poemas que escribió jamás Keats. Pero el gran Keats, el que sí debe leerse aún hoy con admiración ilimitada, no está aquí sino en las grandes, fabulosas e insuperables Odas que escribió a lo largo de ese milagroso y fecundo 1818.

P. B. Shelley (1792-1822) reaccionó a la noticia de la muerte de su amigo Keats escribiendo en 1821 su conocida elegía Adonais. Sin embargo, más que la muerte de un amigo parece más bien la de un prototipo de artista trágico, arropado en su desgracia por la cohorte de figuras mitológicas que parecen sacarlo de su vulgaridad humana, que es la que realmente vivió el poeta (enfermedad, precariedad, miedo, lucha contra la muerte, vómitos de sangre y triste final en Roma, lejos de todo y de todos). Cuando Shelley levanta oleadas de calor que le acercan a la humanidad sufriente de su amigo muerto de tuberculosis, entonces el brillo de la retórica apuntala el brillo de la verdad.

Walt Whitman (1819-1892), heredero de William Wordsworth (1770-1850), llevó a unos extremos increíblemente fascinantes la idea de sacar el máximo partido a una voz que no tiene ningún miedo a la autobiografía, es decir, a la propia vida fuente de ingenuidad profética y de inocencia ilimitada. Todo arranca de un sentimiento abarcador, totalizador y hasta abrasador, da igual que provocado por lo mínimo más insignificante —"las más frágiles hojas mías"— o por lo máximo más inabarcable — el cielo estrellado— o por cualquier ser humano, desde el más humilde —bomberos, mineros, carpinteros— hasta el más elevado (Whitman mismo, prototipo de la máxima elevación espiritual).

Los parnasianos franceses — Théophile Gautier, Théodore de Banville, Leconte de Lisle, entre otros— fueron una especie secundaria de románticos y dominaron la poesía francesa durante buena parte de la segunda mitad del XIX y, como tales, cerraron el camino al mismísimo Baudelaire y a sus admiradores y seguidores, los poetas malditos —Rimbaud, Mallarmé, entre otros—, según la denominación de uno de ellos, el propio Verlaine. El tiempo ha invertido las tornas con extrema justicia: palidecen sin remedio los parnasianos del arte por el arte al tiempo que se han agigantado para siempre sus contrarios y, en su tiempo, sus marginados. No obstante, la huella de aquellos en el modernismo hispánico fue decisiva, para bien unas veces —nuevo lenguaje, nueva métrica, nuevos ritmos— y para mal otras tantas —mucha parafernalia vacua, mucha melancolía barata, mucha pose, mucha artificialidad…—.

William Carlos Williams (1883-1963) quiso cortar con los incendios whitmanianos, tan terriblemente intimidantes para sus sucesores —Williams era uno de ellos—, y se inventó una poesía de concreciones objetivas, de conciencias guiadas por la lección de Joyce y de Pound, con miedo a ceder a la autobiografía pero con sutileza para introducir en la mera observación agudas y súbitas apreciaciones sobre los asuntos más vitales: el amor, la muerte, el arte, la pintura, la poesía misma… Solo una pega a este excelente volumen: no son las poesías reunidas de Williams, como reza la portada, sino cuatro libros suyos, de los cuales solo uno—Kora en el infierno— es una traducción inédita.

Y por último, Wilfred Owen (1893-1917), un poeta que murió en las trincheras de la Primera Guerra Mundial, justo cuando se acababa la sangría. Empezó como un epígono más de un falso y degradado romanticismo —la poesía georgiana, lánguida, pulcra, mórbida, elegante, superficial—, pero acabó escribiendo sobre su experiencia de la guerra poemas de una envergadura total, ciertamente impresionantes, complejos, atormentados, de una melancolía trágica en sus venas que se añade al horror de las bombas, de las ametralladoras, de la sangre derramada…

A modo de conclusión diré que todas estas traducciones son como mínimo rigurosas y fieles, y que incluso las libertades de Vicente Gaos en Adonais, forzadas por el corsé endecasilábico, no atentan en lo esencial contra el sentido del original y encima ¡suenan bien!