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¡Vencen las mujeres tunecinas!

Columna- Sami Naïr 28/07/2017
Tal vez la ley que castiga la violencia de género no baste, pero muestra un carácter modernizador
 

El Parlamento tunecino acaba de aprobar, después de tres años de debates y negociaciones, una ley cuyo objetivo es propiamente revolucionario: prohibir legalmente y castigar eficazmente la violencia de género. Es un hito y un desafío para el resto de los países islámicos, una muestra de que la lucha llevada de modo ininterrumpido por las mujeres tunecinas puede desembocar en una victoria que favorezca su emancipación en los entornos público y privado, y un logro para el desarrollo del Estado de derecho. Este nuevo estatuto de la mujer consagra, al mismo tiempo, el proceso democrático que se inició precisamente en Túnez en 2011, del cual un análisis superficial y tramposo haría creer que se había desvanecido. En realidad, tanto en este país como en el resto de los Estados que experimentaron el levantamiento democrático calificado de primavera árabe, la demanda profunda, irreprensible, de modernización democrática sigue latente en el núcleo de las luchas políticas y sociales; si ha desaparecido de la superficie del campo de batalla, no es porque se haya difuminado, sino porque, por causas diversas, tuvo que esconderse profundamente en el suelo de la sociedad, desarrollarse secretamente con mayor solidez, y reaparecer más fuerte y contundente bajo unas condiciones políticas que la hicieran posible.

Eso es exactamente lo que significa esta importante decisión del Parlamento tunecino: las fuerzas democráticas, guiadas en este caso por un fuerte y magnífico movimiento de mujeres, no solo de las capas cultas y las élites modernistas, sino también de toda la sociedad, exigen ahora a los partidos representados en el Parlamento, incluso a los islamistas "moderados" de Ennahda, la adopción de medidas como esta.

Recordemos aquí un hecho que da idea de la inversión de las relaciones de fuerzas en Túnez. En otoño de 2011, ganando las elecciones con una mayoría aplastante, el partido islamista Ennahda propuso de inmediato abrogar el código muy progresista de la familia impuesto (sí, es la palabra) en 1956 por Habib Burguiba, primer presidente laico de Túnez. Las mujeres se movilizaron contra la propuesta con manifestaciones y luchas en todos los sectores de la sociedad civil y política; lograron impedir que los islamistas conservadores consolidasen esta regresión infame. Fue la primera derrota de este partido religioso en el proceso de transición política. Intentó después confiscar el poder, permaneciendo dos años aferrado (en violación de la ley) al Gobierno, pero la pérdida, desde el comienzo, del apoyo de las mujeres tunecinas le impidió recuperar la alternativa y tuvo que aceptar elecciones democráticas que perdió, al fin y al cabo. Tal vez la ley que criminaliza la violencia de género no baste por sí sola: el cuerpo judicial tunecino, bastante conservador, pondrá obstáculos; pero lo cierto es que, a través de la reivindicación de un estatuto de defensa de los derechos de las mujeres, se acaba de demostrar, una vez más, que ellas son un sujeto imprescindible, radicalmente emancipador, para modernizar en profundidad las sociedades musulmanas. ¡Ojalá que este magnífico ejemplo sea imitado por doquier!