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El amor, a los catorce

Columna- Almudena Grandes 14/06/2015
De repente, las vacaciones no sabían a nada. Al darse cuenta se asustó mucho, se preguntó por qué, y no halló ninguna respuesta
 

De repente, las vacaciones no sabían a nada.

Al darse cuenta se asustó mucho, se preguntó por qué, y no halló ninguna respuesta. Había acabado el curso bien, o sea, las mates por los pelos y el inglés para septiembre, como de costumbre, pero el verano anterior, el día que le dieron las vacaciones había sentido una explosión de alegría feroz, casi salvaje, que este año brillaba por su ausencia. Claro que el año pasado tenía trece y ahora… ¿Estaré mayor?, se preguntó.

Pero no debe ser eso, porque ayer, de repente, sintió un hormigueo parecido a la emoción, la euforia que tanto había echado de menos. El caso es que sucedió cuando menos lo esperaba. Su madre se había empeñado en ir con ella a hacer las últimas compras antes de preparar la mochila que va a llevarse al campamento, y a ella nunca le ha gustado ir de compras, y menos con su madre, que tiene la costumbre de preguntarle a voz en grito qué tamaño de tampones prefiere. Y sin embargo fue justo allí, en la droguería, cuando la asaltó un misterioso placer al pensar en el viaje del día siguiente, el autobús, sus amigos, la granja escuela con sus animales, y su piscina, y su horno de pan… ¡Qué raro!, volvió a pensar, porque eso, a los trece, no le pasaba.

Ella ya había ido muchas veces a una granja escuela. Se paró un momento a pensar y recordó tres, que a los catorce años son un montón. Siempre se lo había pasado bien, porque le gustaba ir de excursión, andar por el monte, obedecer a adultos distintos de sus padres y, sobre todo, acostarse tarde, después del fuego de campamento. Pero antes, cuando las vacaciones la entusiasmaban, la granja le daba un poco de pereza, aunque supiera que al final se divertiría, y este año era todo al revés. La granja escuela, el viaje, sus compañeros le hacían ilusión. Le apetecían más que las mismas vacaciones, y no entendía por qué. No lo ha entendido hasta esta misma mañana.

–Que no, papá, que te pares aquí, que no me lleves…

Hasta el autobús, iba a decir, pero en ese momento vio a Adrián apoyado en una farola, abismado en su mundo, con los cascos puestos y la mirada fija en el móvil, y el corazón le botó en el pecho.

–No puede ser… –dijo para sí misma, en voz muy baja.

–Que sí, hija, que te acerco, aparco en doble fila –su padre no había entendido una palabra y ella entendió todavía menos de su perorata mientras seguía diciéndose a sí misma que no, que no, que no podía ser–. ¡Pero coge la mochila, Clara! –y cuando quiso darse cuenta estaba sola, hablando en el coche–. Vamos, corre, que estás atontada…

Adrián y Clara habían sido los mejores amigos del aula de Infantil. En casi todas las fotos que les hicieron a los tres, a los cuatro, a los cinco años, aparecen muy juntos, a veces cogidos de la mano, o tumbados en el suelo, o haciendo una sola torre con cubos de colores. Al empezar Primaria, se fueron separando poco a poco, porque las niñas tenían que tener amigas, y los niños, amigos, y la clase acabó dividiéndose en dos bandos enfrentados en una guerra simbólica, una perpetua representación en la que los niños se reían de las niñas porque eran unas cursis, y las niñas escapaban de los niños porque eran unos brutos. En aquel proceso, Clara se integró perfectamente, Adrián sólo a medias. A los doce años, ya era el raro, el solitario, el friki de su clase.

Clara nunca había sido consciente de todo esto, pero al sacar su mochila del maletero, recuperó la secuencia completa de su vida y la comprendió como nunca antes.

–¿Pero te vas a ir sin darme un beso?
–Claro que no, papá…

La verdad era que había estado todo el curso pendiente de Adrián. Para meterse con él, eso sí. Se sentaba justo detrás para tirarle bolitas de papel en el cogote, recortaba fotos de las cantantes adolescentes a las que él odiaba para meterlas en su carpeta sin que se diera cuenta, triunfaba entre sus amigas riéndose de su ropa negra, de sus sortijas con calaveras, de sus botas militares, de los raps que escribía, y grababa, y colgaba en Internet. Eso era lo que ya había empezado a echar de menos, el sabor que le faltaba a sus vacaciones, el misterioso aliciente de la granja escuela.

Clara se dio cuenta de que todo, durante aquel curso, había girado alrededor de Adrián. Y volvió a decirse que no, que no podía ser, que era imposible. Pero mientras sus amigas la reclamaban, se acercó a él, comprobó que levantaba la vista de la pantalla durante un instante, y le saludó.

–Hola.

Él no contestó con palabras. Se llevó la mano a la frente, hizo una especie de extraño saludo militar, sonrió, y Clara sintió que le faltaba el suelo debajo de los pies.

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