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Zadie Smith: "Pensar que vivimos una locura sin precedentes es falso"

Diario- Andrea Aguilar 13/10/2017
La escritora, novelista y crítica habla de amistad, raza y fama en "Tiempos de swing"
 

Hace 20 años que Zadie Smith (Londres, 1975) arrancó su primera novela cuando aún estudiaba filología inglesa en Cambrid­ge. Dientes blancos se subastó antes de estar terminada, y fue recibida con entusiasmo por la crítica y el público internacional. Su autora se convirtió entonces en una estrella literaria, título que ha quedado refrendado con sus siguientes novelas y su brillante labor como ensayista. Smith es una de las mentes más certeras y honestas de su generación.

Clasificada tras su debut por el crítico James Wood como representante, junto a David Foster Wallace, entre otros, del llamado "realismo histérico" —que abogaba por grandes y ambiciosas novelas centradas más en el marco social, en cómo funciona el mundo, que en el individuo o cómo éste se siente—, Smith ha modulado definitivamente su tono con el nuevo libro, el primero narrado en primera persona. Tiempos de swing (Salamandra) saldrá en español en noviembre y le ha valido el aplauso unánime en EE UU. La amistad que se fragua entre dos niñas mulatas en una clase de danza en el Londres de los ochenta es el punto de partida de una historia que recorre tres continentes y varias décadas, y en la que saca a la pista interrogantes sobre la fama, la desigualdad o la condescendencia del primer mundo hacia África.

Un mediodía de junio, en la terraza de un café del West Village en Man­hattan a escasos metros de la casa donde vive con su esposo, el novelista y poeta Nick Laird, y sus dos hijos, la escritora derrocha personalidad, sentido común y elegancia, vestida con un sencillo traje de lino, uno de sus impecables turbantes y abarcas menorquinas. Alérgica a la exageración, ajena a poses forzadas y armada con una dosis notable de ironía británica, habla con naturalidad de las lecturas que la inspiran y de su actitud ante la escritura y la vida. Asegura que aprendió a escribir en EE UU guiada por editores como Bob Silvers en The New York Review of Books —"escribí mi primera novela por mi cuenta, pero cuando empecé a colaborar con las revistas estadounidenses me enfrenté a largos procesos de edición, cambios y largas discusiones, y si pasas por esto suficiente número de veces empiezas a hacerlo sola, es un proceso increíble"

En Tiempos de swing se cruzan los personajes que tienen muy claro lo que quieren y una ambición bien definida, con aquellos que se dejan llevar por la corriente sin rumbo claro. Smith recurre a una cita de Hilary Mantel para explicar que el mundo se divide entre quienes piensan que la vida es fácil, y quienes la encuentran dura. Ella dice pertenecer al primer grupo: "Es una diferencia fundamental, pero no hay ninguna gloria en ello, es suerte, como casi todo. Y como escritora mi única ambición es seguir en ello, no salir en televisión, ni ser embajadora de una marca. Pienso en cuánto me queda y cuántos libros caben ahí. Eso es todo".

La protagonista de Tiempos de swing cuenta como Fred Astaire al verse en grabaciones se criticaba. ¿Ha sentido algo parecido ahora que han pasado 20 años desde su debut?

Sí, pero siempre me he sentido un poco despegada de mis libros. No es que no me importen, pero no me lo tomo de una forma tan personal. ¿Cómo decirlo? Algunos autores son muy defensivos, consideran que hicieron algo correcto y lo defienden. Yo tengo una sensación un poco más objetiva, quizá porque escribo mucha crítica también. Estoy en ambos lados de la valla.

¿Cuál fue el principio de esta novela?

Es difícil reconstruir estas cosas, pero lo cierto es empecé otra, de ciencia-ficción. Llevaba dos capítulos, no me gustaba. Tampoco a mi editor, ni a mi agente. Había escrito hacía tiempo un par de páginas sobre una clase de danza. Tenía un bebé y pensé que debía hacer algo en línea recta, sencillo —aunque luego no acabó siéndolo—, que me permitiera tirar de la memoria. Fue una cuestión práctica. Luego empecé a pensar sobre las relaciones de poder. Para mi generación, esto está relacionado con la fama, y eso me llevó al tema de la reputación de los países, algo ridículo pero real. El mundo funciona bajo la idea de que determinados lugares merecen nuestra atención constantemente y otros no importan. Todo eso se convirtió en la estructura del libro.

¿Le cuesta encontrar el esquema narrativo? 

No. Nunca arranco con la idea de que habrá todos esos movimientos. Al terminar es cuando me doy cuenta. Creo que se debe a que estoy atenta a un lector (el tipo de persona sobre quien escribo) que tiene determinadas ideas de antemano. Gran parte de lo que escribo trata de decir "sí, pero", "no, pero". Eso es lo que genera esta estructura tan elaborada, y puede que molesta. Intento presentar la voz de un persona negra joven y que la gente lo lea como yo quiero que lo haga.

¿Con qué cosas se atasca?

Lo que me bloquea es la ansiedad, sentirme disgustada con lo que estoy escribiendo, cuando algo no te gusta durante semanas, y vuelves sobre ello y reescribes. Con este libro fue más fácil, tenía una trama clara.

¿Deja espacio al azar en sus libros?

Sí, no al principio pero una vez que arrancas y las cosas marchan bien, siento que puedes meter lo que sea y hacerlo funcionar. En el colegio público donde estudian mis hijos hacen unos sorteos y los padres deben donar algo. Yo ofrecí dos nombres de los personajes de esta novela. Cuando llamaron para dármelos ya lo había olvidado por completo. Al final resultó que uno de esos personajes acabó siendo importante y muy útil.   

Escribe mucho en este libro sobre danza, un arte increíblemente efímero.

Es difícil describir un baile, pero fue un reto interesante. La mayor parte de la crítica de ballet que he leído es bastante mala. Me guiaba el principio de mirar y responder ante lo que veía de la manera más directa posible.

Es la primera vez que usa la primera persona. ¿Influencia estadounidense?

Seguro que hay algo de eso, y de también de leer a Karl Ove Knausgard y a Elena Ferrante y pensar en la primera persona. Ha sido divertido pero no creo que vuelva a hacerlo, la tercera persona me parece más flexible. En Tiempos de swing todo está contado desde la subjetividad de la narradora, y ella no es justa. 

Tiempos de swing aborda la relación entre mujeres, tema que ha saltado a primera línea en los últimos años.

 Sí, es verdad. En el canon femenino cuando yo era niña casi todas eran solteras, sin hijos. Incluso George Eliot escribía sobre una comunidad a vista de pájaro, pero sin apenas espacio para las relaciones femeninas. Supongo que era una actitud defensiva. Los libros de Ferrante han sido un gran regalo para las escritoras, y lo que ha hecho no es azaroso. A mí no me inspiran las tramas románticas. Escribo sobre amistad y familia.

También sobre radicalización política.

Era algo normal en mi barrio y lo sigue siendo. Me gusta insistir en el aspecto asimétrico de este tema. Lo que resulta complicado de entender es que, aunque los efectos son devastadores, las causas son a menudo pequeñas, ridículas, triviales. ¿No gustas a las chicas y por eso matas a 27 personas? Pues así es. El error es el engrandecimiento de los motivos últimos. Es igualmente aterrador que se hagan cosas tan extremas por motivos tan endebles, pero hay un optimismo: la gente puede cambiar.

 ¿Es importante deletrear esto?

Lo que está en la raíz de muchas de las radicalizaciones es un increíble narcisismo adolescente que hay que tomarse en serio. Es patético que alguien, porque se siente mal, mate a 20 personas o, porque se siente alienado en Reino Unido, asesine a 80. Se trata de que la gente comprenda ese solipsismo, ese filtro que es muy fuerte, y en el que todos podemos caer.

 ¿Hay hoy más narcisismo que nunca?

Las pantallas parece que lo empeoran, pero siempre ha existido. Hoy se trata del choque entre Internet y la realidad. Quizá dentro de 15 años lo tendremos controlado y podremos vivir en estos dos mundos simultáneamente, pero estamos en la transición.

En este mundo loco y acelerado, ¿dónde queda la ficción?

No es tan loco como llevar a seis millones de personas a una cámara de gas. La idea de que vivimos una locura sin precedentes es falsa. Hemos estado muy locos antes. Y yo no pienso en el papel de la ficción. Solo quiero que cuando la gente me lea se sienta libre y piense libremente.

Su protagonista dice que la elegancia esconde dolor. ¿Lo comparte?

 A veces es una forma de protección, por ejemplo, en el caso del camp: en lugar de pasearte como una víctima, caminas como una reina, aunque seas un chavalito negro gay de Brooklyn. Nueva York está lleno de esto y me gusta esa performance.

La ropa explica mucho de sus personajes.

Ocurre con muchas autoras. Mira a Mrs Dalloway, que se pasa la mitad del libro pensando en ir a comprar un sombrero. Las escritoras siempre han sido muy conscientes de cómo la gente construye su identidad en torno a las prendas. También Proust, aunque la mayoría de los escritores ignoran la ropa. En Nueva York todo el mundo está disfrazado todo el tiempo, no estarlo es ser "básico". Después de pasar todo el día escribiendo uno de los mayores placeres es salir y mirar lo que la gente lleva puesto.

Hay una gran industria millonaria en torno a la moda. ¿Ha sentido que la quieren encasillar o que las marcas la buscan?

Yo no vendo productos fabricados por otros y la mayoría de lo que llevo es de tiendas de segunda mano. Es complicado mantenerte al margen. Cuando era niña odiaba las revistas de moda y aún las odio, pero hay una manera de vestirte que te permite no entrar en ese mundo. Nunca he ido a un desfile. Solo quiero ponerme lo que me hace sentir bien.

La simplicidad en el estilo de la madre de la protagonista es clave para entenderla, con sus alpargatas y sus pantalones de lino blanco. Parece un planteamiento casi ético.

Sí, así es. Este verano cuando visité a mi madre abrió la puerta y lleva unas abarcas, las mismas que yo llevaba meses obsesionada buscando, y me di cuenta de que debía ser un recuerdo de infancia. Cuando me visto pienso en su sencillez, en la forma de arreglarse tan poco sexual que ha tenido mi madre. Yo también soy así, me parece una vulnerabilidad ir trastabilleando con unos tacones o llevar un vestido muy ceñido.

Su libro plantea una tensión entre la idea de ayudar y ser ayudado. Una advertencia sobre lo supuestamente bueno o generoso.

Crecí en lo que los victorianos llamaban "zonas de caridad". El Estado y los bienintencionados liberales blancos tratan de ayudar. Parte de eso es genuinamente maravilloso y otras veces no lo es, o resulta humillante. Hay una relación implícita de poder. Todo está mezclado.

Uno de los personajes, Amy, es esta super estrella pop en torno a la que orbita todo un universo.

Mucha gente piensa que es el personaje a quien deben odiar, pero no es así. No creo que sea fácil ser una estrella de pop, empezar a cantar como adolescente y convertirte en un fénómeno global y perder la privacidad que es lo más valioso que uno tiene, poder subirte al metro sin más. No hay dinero para pagar esa pérdida.

Ha escrito varios ensayos sobre Michael Jackson y habla de él también en la novela.

Es un caso trágico. Uno de mis hermanos le imitaba perfectamente. Pero cualquier persona negra en sus cabales acabó odiándole, era un trauma pensar en él, era demasiado doloroso ver que el hombre negro más famoso del mundo estaba tan loco que casi se mata por parecer blanco, adoptó niños blancos y trató de convencer al mundo de que eran suyos. Estaba brutalmente dañado. Era América. No era mejor que América. No lo fue.

¿Es más complicado hablar de raza en Europa que en EE UU?

Aquí el tema está mucho más presente, puedes hablar de ello de una manera en que no se hace en Europa. No sé si es mejor, pero me resulta más interesante.

¿La cultura afroamericana vive una edad oro?

Debe haber algún efecto post Obama, pero creo que lo que hay es simplemente más receptividad. Yo creo que la cultura afroamericana ha estado desde el principio llena de genios, que han inventado desde la nada. No había jazz y luego lo hubo, no había hip hop y luego sí.

¿Baila a menudo?

La última vez me encontré por azar con el escritor Teju Cole y acabamos yendo a bailar, pero resulta difícil salir con niños pequeños. Bailamos en casa.

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