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Perpiñán

Columna- Almudena Grandes 22/10/2017
La implacable realidad ha convertido a Puigdemont en el principal defensor de la autonomía que pretendía dejar atrás, el autogobierno que se ve amenazado por el artículo 155
 

Ya no llegan memes ingeniosos a la pantalla de mi teléfono. No hay mejor indicio de que la cosa ha dejado de estar para bromas. La única solución imaginativa que se ha producido en las últimas horas es la ocurrencia de una dirigente de la CUP que propone trasladar al Govern a Perpiñán si se aplica el 155. Parece un chiste, pero no lo es. El exilio es la última consecuencia de la derrota. Asumirla antes de tiempo, una prueba casi póstuma de que el soberanismo ha prosperado gracias a la implantación de un universo paralelo, ajeno a la realidad. La sonrosada burbuja de la patria feliz, fruto de una estrategia en la que la propaganda suplantó con éxito al pensamiento, se ha pinchado. Muchos catalanes ayer alegremente independentistas se hallan hoy tan huérfanos, tan desamparados, como estaban hace poco los vecinos de sus casas que no golpeaban cacerolas por las noches. Pero por muy buen resultado que haya dado el victimismo, explotarlo hasta el punto de abandonarlo todo y marcharse a Perpiñán a dar pena, me parece una mala jugada. La implacable realidad ha convertido a Puigdemont en el principal defensor de la autonomía que pretendía dejar atrás, el autogobierno que se ve amenazado por el artículo 155. En esta paradoja irónica, hasta cruel, puede estar la solución. Imagino que el president será consciente de que, en algún momento, la CUP empezará a considerarle un cobarde, un traidor o ambas cosas a la vez, y tendrá razones para argumentar su posición. Es cierto que le han sostenido lealmente hasta ahora, pero también lo es que convocar elecciones antes de que se las convoquen, le permitiría ofrecer una salida honrosa a la mayoría de los catalanes. En cualquier caso, creo que es una opción preferible al exilio en Perpiñán.