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Otra idea del tránsito

Diario- Ángela Molina 06/11/2017
Milán recupera las habitaciones, laberintos y corredores de Lucio Fontana
 

Pocos artistas esconden en su biografía un dato que justifique su rareza dentro de la historia de la plástica de los últimos 100 años. Richard Serra trabajaba en una acerería antes de ser escultor y Louise Bourgeois en el negocio de restauración de tapices de sus padres, especializándose en el dibujo de pies ("dibujar es como añadir un nuevo hilo en la tela de araña", decía). Pintor y ceramista, el joven Lucio Fontana (Rosario, Argentina, 1899-Varese, Italia, 1968) ayudaba a su padre, un comercial italiano especializado en estatuaria funeraria, en la decoración de mausoleos y cenotafios. Allí, a pie de tumba, Fontana debió de fantasear sobre los espacios del más allá y cómo dar forma a una idea del tránsito que situara la luz — una llama cegadora, una energía que escapa— en los intersticios de túneles y cuevas artificiales. Lo probó primero agujereando y rasgando la pintura, y con la misma actitud abordó sus esculturas primitivistas hechas de terracota esmaltada y bronce. Sus tajos (tagli) y perforaciones (buchi) practicadas en la superficie de la tela monocroma buscaban subrayar simultáneamente el aspecto procesual de la obra de arte.

Artista expuesto a la personificación del kitsch en sus diferentes etapas —el académico, el del art déco y el del revisionismo moderno del Novecento, del agrado de Mussolini—, Fontana fue un antimoderno, un prelingüista como Pasolini: siempre quiso reubicar la obra de arte en nuevos espacios donde poder apelar al público. Se le considera el primer povera, con Alberto Burri y Piero Manzoni, y el precursor de los nouveaux réalistes. En sus inicios como artista, trasladó la dimensión teatral de la escultura a encargos para decorados en tiendas, iglesias y accesorios para sesiones fotográficas, una actitud que le alejaría definitivamente del arte pobre justo cuando el movimiento artístico, acuñado un año antes por el crítico Germano Celant, estaba en su apogeo.

Fontana murió en 1968 como inventor del espacialismo, un arte intuitivo, antimatérico y liberado de conceptos. Había pasado una década desde su primera retrospectiva, que le encumbró en su país de acogida —Italia— y en Francia, donde expuso sus cerámicas degradadas y lienzos acuchillados que ensombrecieron otras obras de mayor magnitud espacial, como sus poco conocidos y subestimados ambienti . De ahí la importancia de la muestra en Hangar Bicocca. El centro artístico que la firma Pirelli posee en Milán recupera una docena de environments creados en los años cincuenta y sesenta, algunos reeditados por primera vez a partir de instrucciones formales (estructuras, medidas, colores) que dejó el artista. Fontana consideraba sus ambienti como un todo. En ellos, pintura, escultura y arquitectura cobran una nueva (cuarta) dimensión en forma de corredores, laberintos y habitaciones que el público debe contemplar y atravesar. Su primer environment, de 1948, Luz negra, es la base del movimiento spaziale, a partir del cual el espacio será "la suma de tiempo, dirección, sonido y luz".

La primera pieza del recorrido, estrenada en la IX Trienal de Milano de 1951, es un enorme arabesco de 100 metros de neón que cuelga del techo. Con él, Fontana anuncia la vocación del arte como "una cuarta dimensión de la arquitectura". En otra sala totalmente a oscuras, un conjunto de formas biomórficas decoradas con colores fluorescentes parecen flotar sobre el público inmersas en una luz ultravioleta. Hay una decena más de cubos negros, instalados independientes unos de otros, donde el artista busca desestabilizar la percepción creando trayectorias en diagonal, curvas y figuras elongadas con manchas de colores ácidos (rosa caramelo, verde manzana) sobre pavimentos inestables y blandos que provocan una extraña sensación de viaje al más allá.

En una última caja, Fontana "abre" las paredes pintadas de blanco vibrante estructuradas como un laberinto —una catacumba— a la manera que lo hacía en el lienzo (ambiente para la Documenta 4). Fue su epitafio, limpio, sin más decoración que su propia firma: un corte negro en el muro.

Ambienti/Environments. Lucio Fontana. Pirelli Hangar Bicocca. Milán. Hasta el 25 de febrero de 2018.