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Aves del paraíso

Columna- Boris Izaguirre 10/11/2017
Una investigación puede dejar una crisis de nervios en tus cuerdas vocales
 

Con frecuencia tenemos un problema con el uniforme, o dotación como también le llaman, de nuestra selección nacional de fútbol. Hace unos años, se lo encargaron a una empresa rusa y la verdad consiguieron que algunos de nuestros extraordinarios atletas desprendieran un aire a azafata de alguna empresa rusa de aviación. En esta ocasión, el problema es que la camiseta lleva una estampación vertical con un atrevido efecto óptico cuyo resultado es una franja de color morado y podría crearse un metamensaje recordando la bandera republicana. ¡Uy, la que se ha montadooo! Lo que faltaba precisamente en estos tiempos de banderas erizadas y nacionalismos exaltados. Pero a mí lo que me preocupa es esa persona en esa empresa textil que ha decidido mezclar el rojo con el azul. Pienso que debería ser entrevistada en televisión, necesitamos conocer su razonamiento, una explicación. El morado es un color difícil y el naranja también. Yo una vez lo mezcle con verde para una boda en Ibiza y Tamara Falcó me riñó muchísimo. Ahora me gustaría saber lo que ella opina de esta polemiquísima camiseta.

Encima anularon la fiesta para presentarla y me sienta mal no solo por los diseñadores sino también por los futbolistas. Los tratan peor que a las modelos de los años 90, que las obligaban a salir con diseños imponibles y las pobres tenían que defenderlos sin ganas.

Con todas sus ganas, el papa Francisco condenó hace dos días, el uso del teléfono móvil durante la misa. "¡Alzad vuestros corazones, no vuestros telefoninos!" dijo. Y dijo más: "La misa no es un espectáculo". Entonces pensé, o tiene mala cobertura o qué equivocado está el santo padre. La misa es un espectáculo, y cuanto mejor sea el espectáculo, mejor resulta la misa. ¿No?

Hasta ese momento la semana parecía acogedora y, ¡zas!, se volvió espectacular, saltaron nuevos papeles comprometedores, como los de Panamá pero que ahora son del Paraíso. La lista de los que disfrutan de paraísos fiscales es como la caja B de la lista de millonarios de la revista Forbes. Pero salir públicamente en la investigación puede dejarte con una crisis de nervios en tus cuerdas vocales, como le pasó a Shakira, que tuvo que anular su concierto en Alemania esta semana. A mí no se me fue la voz pero carraspeé cuando encontré al ex alcalde de Barcelona, Xavier Trías, en ese listado. Con Trías he departido bastante porque tengo mucho imán con los alcaldes, pero nunca le ví cara de tener una offshore. Ni de ser un ave del paraíso. Insisto en creer que la gente así lleva ropa y relojes carísimos, pero resulta que eso lo hacemos los pobretones con pretensiones. Shakira le agrega a su ingeniera financiera las fundaciones que preside. Cada vez entiendo menos a los millonarios y más cuenta me doy de que jamás seré uno de ellos precisamente porque no sé actuar bien ni en la cena benéfica para recaudar fondos ni delante del banquero que me diseña mi paraíso artificial. Soy tonto. Shakira y el príncipe Carlos, no.

Los que más nos alucinan con su juego de tronos son los ministros y miembros de la realeza saudita que forman parte de la gigantesca purga efectuada por el príncipe Mohammed bin Salmán. Hay más presos que años tiene el príncipe purgador. Todos ricos y todos acusados de corrupción. En eso Arabia y España coinciden, al parecer es una cosa que no distingue ni banderas ni nacionalidades. El príncipe no podía enviarlos a la cárcel pero encontró la solución más glamurosa: meterlos en el hotel Ritz de Riad. En esas suites sí que combina el morado, porque básicamente todo es dorado y lo bueno del oro, mi amor, es que combina con todo. Esa es su nobleza. De nuevo confirmo que soy bobo. Yo quería ser príncipe árabe en mi infancia, pero ahora me doy cuenta de que es mucho el riesgo de ser purgado por un príncipe treintañero y terminar en un Ritz Carlton rodeado de arena. Esa solución deberíamos plantearla aquí por si alguna vez llega a haber muchos culpables en el caso Gurtel, un caso que cada día nos pone más verdes. Y rojos. Y morados.

De repente es como si todo el mundo hubiera decidido hacer un homenaje a esa película de Berlanga, Todos a la cárcel. Pero con la decoración de un paraíso artificial, como la del hotel Ritz.