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La España que resistió en México

Diario- Javier Lafuente 23/11/2017
En torno al Colegio Madrid se generó una idea romántica de un país que nunca fue y que trascendía el peso de la propia ciudad
 

En La gallina ciega, Max Aub describe su regreso a España en 1969 desde el exilio en México, un viaje repleto de sinsabores. La búsqueda de un recuerdo que ya no es, la imposibilidad de disfrutar una juventud que pasó, la frustración por no poder recuperar ni revivir la Valencia o el Madrid de antes de su marcha, el previo a la guerra, desfigurado no por el tiempo, que también, sino por una dictadura que para entonces había arrasado mentes y memoria. Aub se da de bruces con una realidad que permanece aún ajena para muchos al otro lado del océano. La construcción romántica de un país —que no va a ser más aquel país— en torno a Madrid, más un concepto que una ciudad, símbolo de toda la resistencia republicana.

La capital de España ha estado siempre en el imaginario de los mexicanos –ahí está el chotis de Agustín Lara, el lugar común por antonomasia—, pero también en sus calles, sobre todo en las de Ciudad de México: la fuente de la Cibeles en la colonia Condesa; la biblioteca del Casino español, la calle de López en un Centro Histórico que bien podía pasar por un barrio de Madrid… Si hay un espacio que agrupa los dos tipos de recuerdo, el físico y el sentimental, es el colegio que lleva el nombre de la ciudad.

Fundado dos años después de terminar la Guerra Civil, en 1941, con ayuda de la Junta de Ayuda a los Republicanos Españoles (JARE), la esencia del Colegio Madrid era salvaguardar la educación republicana. Con el laicismo por bandera, con el tiempo se fue profundizando también en el conocimiento de México. El nombre no fue casualidad. Madrid simbolizaba algo más que una mera ciudad, por mucha capital que fuese. Era el último bastión republicano ante el fascismo. El estandarte del "¡No pasarán!". Lo recuerda Rosa María Catalá, actual directora del centro: "Si se hubiese llamado Colegio España, el efecto hubiese sido otro. España representaba el régimen; Madrid, la resistencia".

Esa idea de Madrid como aglutinador no solo de una ciudad, sino de un país, es algo que perduró. "Es distinto cuando nombras otra ciudad", recuerda José María Espinosa, director del Museo de la Ciudad de México y gran conocedor de la historia del exilio. "Cuando alguien habla de Sevilla no tiene la misma trascendencia. Y ser de Barcelona no es para el mexicano necesariamente un sinónimo de ser español. Con Madrid no ocurre eso: la característica de ser español es anterior a la de ser madrileño".

En el Madrid, como coloquialmente se sigue conociendo el colegio, se comenzó a educar con la convicción de preservar la memoria republicana, pero también con la constancia del país en el que se encontraba, a diferencia, por ejemplo de los liceos, que prácticamente calcaban los programas del país de origen. Durante dos años, lo que duró la ayuda de la JARE, se pudo mantener la esencia de su fundación que, si bien no se fue perdiendo, sí se transformó con la incorporación de muchos hijos de intelectuales mexicanos, atraídos por el concepto de educación libre y laica. El centro creció, pasó de tener solo enseñanza primaria a secundaria y después bachillerato. Ya a mediados de los años 50 se convierte en una institución que prepara a sus alumnos decididamente para la universidad mexicana, y que conserva de su herencia algunos guiños, que aún perduran: cada 14 de abril enarbolan a la bandera republicana.

El Madrid, como ocurrió con el instituto Luis Vives, contribuyó a mantener viva la tradición oral, la memoria de los exiliados, muchos de los cuales enviaron a sus hijos al colegio, una tradición que se ha mantenido durante generaciones. Un tiempo en el que la idea romántica de Madrid —y de España— como ciudad que se sobrepondría pronto al fascismo para permitir el regreso de miles de refugiados se fue acrecentando. El recuerdo que se cultivó era el de un lugar repleto de libertades, antagónico al que sufría la tiranía de Franco. "Mis padres siempre pensaron en un Madrid que nunca fue; mi madre, por ejemplo, nunca vivió en la ciudad, nació en el exilio en París, pero siempre cultivó ese imaginario", recuerda Alejandro Cruz Antienza, director de publicaciones del Colegio Nacional, fundador de La Caja de Cerillos Ediciones y exalumno del Colegio Madrid. Una memoria que se preservaba en las comidas familiares en las que se recitaba a García Lorca, Miguel Hernández, o aquellos versos de León Felipe, muerto en el México que le acogió: "Qué lastima que yo no tenga un abuelo que ganara una batalla…"

Rafael López Giral, fundador de Sexto Piso y también exalumno del Madrid, recuerda cómo en su casa se hablaba de La Castellana y de lugares de la capital con la misma nostalgia con la que en el Centro Republicano "se replicaba la vida madrileña", esto es: "Se agarraban por todo con una intensidad que llamaba mucho la atención", bromea. Lugares en los que se hablaba, sobre todo, de qué se haría al volver, sin terminar de asumir que la ciudad en la que habitaban estaba, en muchos aspectos, muy por delante de la ilusión en la que vivían. Agarrándose al mismo optimismo con el que Aub, de regreso a México, confiaba en que las cosas cambiasen, porque "hay una minoría que se da cuenta de lo que sucede en el mundo".