Textos y fotos »

Ángel María Villar: "En el fútbol español apenas hay corrupción"

Diario- José Luis Barbería 02/01/2018
 

LOS DOCE DÍAS que Ángel María Villar Llona estuvo el pasado verano en la cárcel de Soto del Real devolvieron a la calle a un hombre afligido y humillado, herido de resentimiento y dispuesto a lanzar la bomba atómica del posible veto de la FIFA a la participación española en el Mundial de Rusia 2018. Creyente como es, convencido como está de que el Altísimo guía sus pasos, Villar busca la revancha armado de la cólera de Dios y de su influencia en los estamentos internacionales y nacionales del fútbol. En libertad tras pagar los 300.000 euros de fianza que el juez Santiago Pedraz le impuso en el caso Soule —en el que también está implicado su hijo Gorka, quien pagó una fianza de 150.000 euros por salir de prisión—, y recién despojado de la presidencia de la Real Federación Española de Fútbol (RFEF) por el Tribunal Administrativo del Deporte, Villar puede parecer un boxeador sonado, tambaleante, con visión borrosa de la realidad. Pero no está grogui ni acabado. "Morirá matando", vaticinan sus amigos y enemigos. ¿Quién es el hombre que rumia su vendetta por haber sido destronado tras reinar durante 29 años en el fútbol español? "Soy una persona sencilla, tenaz y trabajadora con vocación de servicio a los demás", dice.

Si Ángel María Villar cierra los ojos y bucea en los primeros años de su infancia, encuentra siempre a un niño que sigue el partido del Athletic de Bilbao acodado en la ventana del dormitorio de sus padres, un tercer piso de la calle de Luis Briñas desde el que se dominaba aquel San Mamés de gradas bajas. Nuestro hombre llegó al mundo en esa misma estancia familiar el 21 de enero de 1950, así que puede decirse que nació con vistas al campo del Athletic y animado por los rugidos de una afición que tres días antes, bajo una intensa nevada, había asistido entre estupefacta e indignada a la estrepitosa derrota con el Valencia. Hay una imagen tristísima entreverada en esos recuerdos primigenios: Ángel se ve caminando con sus padres, sus dos hermanos y hermana detrás de un carruaje tirado por caballos blancos que transporta el féretro de Ignacio, su hermano pequeño. El resto de las estampas infantiles repescadas de la memoria se reparten entre los partidillos diarios de fútbol en las calles, entonces desiertas de coches, y las visitas a la iglesia.

Aquel niño activo, estudioso, sintió muy pronto la llamada telúrica del San Mamés de las grandes tardes de gloria. Fichar por el Athletic era un sueño apenas declarado —por inalcanzable—, pero el pequeño de los Villar comenzó pronto a musitar para sus adentros a modo de sortilegio: "Un día jugaré ahí". Lo hacía con sus hermanos, varios años mayores que él. Y con otros chicos de más edad. Así y todo, conseguía destacar. El día que entró en las categorías inferiores del Athletic quedó ya irremisiblemente abducido por el fútbol. "Coincidí con él en juveniles", recuerda el ex seleccionador nacional Javier Clemente. "Era un jugador muy técnico, delgadito, muy fino, de mucha clase, jugaba delante; le llamábamos Chule, pero no porque fuera un chuleta ni nada de eso".

Mientras que Clemente ascendió directamente al primer equipo del Athletic, Chule tuvo que pasar por el Galdakao y el Getxo antes de volver a pisar el césped sagrado de San Mamés. Se estrenó con derrota ante Las Palmas, pero el entrenador Artiaga vio que el joven Villar, que pesaba menos de 70 kilos —"de tanto correr para ganarme el puesto", señala—, podía resultar un buen marcador. Ganó peso, envergadura y contundencia. Para asombro general, aquel habilidoso media punta, artista y goleador se metamorfoseó en un medio defensivo luchador, físico, sacrificado y disciplinado. El mejor secante de la época, según Ladislao Kubala. Todo un especialista en anular a la figura del equipo contrario.

"Me transformé en un jugador opuesto a lo que había sido porque lo que yo quería era jugar", dice. "Me adapté a ese puesto como podía haberme adaptado a cualquier otro. El que sabe jugar puede hacerlo en cualquier otra posición, excepto en la de portero o delantero centro". Su trayectoria posterior como directivo confirmó que la capacidad de adaptación constituye en él un rasgo de personalidad que hay que sumar a la tenacidad y disposición a la brega. Hoy afronta un proceso judicial por administración desleal, apropiación indebida, estafa, falsedad documental y corrupción entre particulares. Unas acusaciones que desencadenaron su suspensión y posterior cese al frente de la RFEF y la dimisión como vicepresidente de la UEFA y de la FIFA, gigantes del fútbol europeo y mundial, respectivamente.

Hasta llegar a la cumbre, aquel titular indiscutible durante 11 temporadas como centrocampista del Athletic empezó buscando protagonismo más allá del campo. Se erigió en representante de sus compañeros en las negociaciones con la directiva —"tenía liderazgo y, aunque era discreto y reservado, disfrutaba con el ambiente del vestuario", recuerda el exjugador Txema Noriega—, pero descubrió que necesitaba formarse para poder cumplir esa función y se matriculó en Derecho en la Universidad de Deusto. "Iba a clase en el horario nocturno. Mi mujer, Ana Bollain, solía venir a buscarme con Gorka, el mayor de mis tres hijos. Estudiando cuando podía, como podía, sacaba adelante un par de asignaturas por convocatoria y así terminé la carrera en seis años".

Villar se labró en ese tiempo una curiosa imagen de sindicalista y obrero del fútbol que cultivó posteriormente durante un corto periodo como abogado laboralista. Simpatizaba con Euskadiko Ezkerra, partido luego integrado en el PSE-PSOE, y le gustaba sacar a colación a su abuelo, gallego de origen, que compaginó el estudio con el trabajo en los Astilleros Euskalduna. Su exacerbado sentido de la sobriedad le granjeó ya entonces una reputación de persona ahorrativa, lindante con la tacañería, que se prestaba a la broma: "Jo, Villar, este vino que sacas… Como se caiga una gota, agujerea el mantel". Entre sus conocidos, sigue siendo un lugar común que todavía no se ha gastado su primer sueldo del Athletic. No andan desencaminados. "Con cada nueva ficha del club me compraba un piso", admite.

Reservado y alérgico, refractario, a la prensa, Villar ha guardado hasta ahora como un misterio impenetrable las razones que le llevaron a soltarle un puñetazo al jugador del Barça Johan Cruyff el 24 de marzo de 1974. Fue el suceso más notorio de una dilatada carrera deportiva de 430 partidos jugados en el Athletic y 22 con la selección española. "Fui a recibir el saque de banda de un compañero y Cruyff me largó tal patada que me rompió las espinilleras de plástico que me había comprado en Londres para sustituir a las habituales, de lona. En la siguiente jugada me golpeó con un hombro, sin pretenderlo seguramente, porque él basculaba todo el cuerpo cuando iba a driblar. Pero yo estaba tan caliente que le solté el puño. Me fui directamente al vestuario sin esperar a que el árbitro me sacara la roja. Luego, a instancias de Iríbar, me disculpé con Cruyff. Era el jugador más difícil de marcar".

La segunda metamorfosis de Ángel María Villar tuvo lugar cuando, ejerciendo como presidente de la federación vizcaína, fue aupado a la presidencia de la española en 1988. Un coro de voces atestigua que su llegada fue recibida como una brisa purificadora llamada a renovar la viciada atmósfera de las estructuras administrativas del fútbol español. Él mismo enarbolaba la bandera de la lucha frontal contra las corruptelas, el amiguismo, el clientelismo, la casta de los presidentes territoriales y de los jerarcas de la UEFA y la FIFA. Su código de valores estaba adobado en una concepción de la austeridad tan severa que el presidente del fútbol español llegaba a la oficina en metro o autobús y a mediodía se quedaba en el despacho trabajando y comiendo un bocadillo. Tardó mucho en incorporar los vocablos "España" y "español" a sus discursos. "Eh, que yo tengo que volver allí cuando deje de ser presidente", decía durante la etapa en la que no pensaba que su cargo pudiera ser vitalicio.

"Llegó pleno de humildad y buenos principios, pero con los años fue adaptándose al terreno", dice uno de sus antiguos colaboradores. "Empezó a crear sus propias reglas de juego y a embarrar el campo si le interesaba. El Audi con chóferes y escolta —fichamos al policía que nos puso Interior a raíz de unas pintadas amenazantes del Frente Atlético— sustituyó al metro y al bus, y el presidente pasó de ir al choque con las instituciones deportivas a mimetizarse con ellas y a erigirse en su máximo valedor". A decir de sus críticos, el frecuentar los hoteles lujosos y los ambientes distinguidos, codeándose con magnates y millonarios del fútbol, no le ha llevado a cultivar sus modales ni hacer comprensible su inglés: "Entró en Deusto, pero Deusto no entró en él. Es zafio, ignora las normas de urbanidad hasta el punto de hacernos pasar vergüenza ajena. No consigue escribir un párrafo sin incurrir en faltas de sintaxis y ortografía. Ha adquirido la costumbre de soltar sentencias, frases hechas pretendidamente inteligentes que, vengan o no a cuento, dejan a su interlocutor desconcertado". Así y todo, Ángel María Villar se desenvuelve perfectamente con los ejecutivos del mundillo futbolístico internacional.

Como ejemplo de su pésimo manejo de la ironía, cuentan que en el intento de congraciarse con el entonces presidente del Gobierno José Luis Rodríguez Zapatero, que había acudido a la ciudad deportiva de Las Rozas a despedir a la selección nacional por su viaje a Portugal para participar en la Eurocopa de 2004, a Ángel María Villar no se le ocurrió nada mejor que preguntarle la edad y, obtenida la respuesta, apostillarle: "Tan joven y ya ha engañado usted a tanta gente". En el contacto directo, Villar exhibe una campechanía a prueba de formalidades —puede combinar la corbata con botines de fútbol— y una actitud desenfadada, directa, incluso bronca si la conversación deriva en discusión. Dice "fúrbol" y "álbitro", tiende a pisar la palabra a su interlocutor, se excita argumentalmente e inquiere repetidamente: "¿Me ha entendido, me comprende?". Le sienta mal que le lleven la contraria y no le gusta corregirse ni que le corrijan.

Lo que nadie le ha negado nunca, tampoco ahora, es su enorme capacidad de trabajo. Durante su mandato, Villar pasaba la mitad del año viajando, asistiendo a las reuniones y eventos de la UEFA y la FIFA, y visitando a las federaciones y clubes de toda España, incluidos los más modestos y remotos. Los periplos internacionales le granjearon el asiento de la vicepresidencia en los organismos que dirigen el fútbol europeo y mundial. Las expediciones nacionales le permitieron tejer el entramado de relaciones personales forjado en los favores, intereses, compromisos y servidumbres que le han asegurado la reelección durante 29 años. "¿Acaso el presidente del Gobierno no viaja también?", se pregunta Villar. "Para optar a los puestos importantes de la UEFA y la FIFA necesitas estar muchos años. Estar es más importante que hacer. Estar es la clave de la presidencia de la RFEF". Estar, representar, ha sido, en efecto, su tarea primordial. Por encima de la gestión del día a día, reservada a los secretarios de la federación y al vicepresidente económico, Juan Padrón, también imputado en el caso Soule.

Por mucho que puedan dar de sí tres décadas al mando del fútbol español, nadie le puede negar tampoco su manifiesta contribución a los extraordinarios éxitos cosechados no solo por la selección absoluta —un campeonato mundial, dos europeos—, sino también a los obtenidos en el resto de las categorías. Y la mejora de las infraestructuras, el apoyo a los árbitros, los entrenadores, el fútbol base… El ex seleccionador nacional Vicente del Bosque encuentra en el estilo de trabajo de Villar las mismas virtudes de la constancia, sacrificio y esfuerzo que le caracterizaron sobre el campo de fútbol. "En el centenar largo de partidos que dirigí a la selección española, Villar nunca pidió conocer la alineación", afirma Del Bosque. "Dicen que él lleva demasiado tiempo, pero eso es porque vivimos en una efebocracia".

Amigo de sus amigos, defensor de causas perdidas, bien dispuesto a recorrer media España para visitar a un enfermo o una persona en apuros, Villar ha cultivado cierta imagen de bonhomía, de persona franca —algo brutal, si se quiere—, pero de fondo bondadoso y guiada por la moral religiosa de servicio a los demás. Es una versión aceptada por algunos de sus críticos, aunque no por todos. "Se declara ferviente católico y se santigua en las comidas, pero es egoísta y no perdona nunca", dice un exdirectivo. "Si bien procura no dejar enemigos a sus espaldas. Es duro e ingrato con sus colaboradores cercanos, aplica la máxima de "el sofá para los enemigos y la silla para los amigos". Fuera del fútbol no se le conocen amigos. Ni más afición que la historia —antes de viajar al extranjero con la selección española se empapaba de la historia del país de destino— y la recolección de setas. Madruga mucho. Desde que le implantaron una prótesis de rodilla, ha dejado de correr, pero da largos paseos por el monte en compañía de su perro Lagun (amigo, en euskara).

Más que una metamorfosis, en sentido estricto, lo que acarreó el desenlace del enfrentamiento de Villar con el Consejo Superior de Deportes (CSD) del Gobierno socialista del presidente José Luis Rodríguez Zapatero en 2008 fue la explosión y generalización de un comportamiento personal hasta entonces solo larvado, subyacente. Comprometido con sus propias declaraciones en una entrevista radiofónica —"Seré un mal presidente si dentro de un año Villar sigue en el cargo"—, Zapatero optó por la asfixia económica: congeló la subvención gubernamental a la RFEF y le retiró los derechos televisivos con Televisión Española, al tiempo que publicó una orden ministerial que obligaba a las federaciones nacionales a convocar elecciones antes de la participación en los Juegos Olímpicos. Lejos de arredrarse, Villar buscó alternativas privadas para la venta de los derechos televisivos. En aquel momento, como ahora ha vuelto a suceder, logró que el entonces presidente de la FIFA, Joseph Blatter, amenazara al Gobierno con expulsar al fútbol español de las organizaciones internacionales. Villar ganó el pulso. "A partir de entonces, se convirtió en una persona decididamente arrogante", recuerda un directivo de aquella época. "Se jactaba, voceando, de haberle ganado la partida al Gobierno. Dejó de escuchar a sus colaboradores. Sin darse cuenta, empezó a hablar a voz en grito. Ya no distinguía entre la lealtad y la sumisión. Todo el que no comulgaba con él pasaba a ser un "forrabolas", un manta, un mediocre. Era el "conmigo o contra mí". Se hizo más presidencialista que nunca".

En su despacho de la Federación, Villar instauró una especie de capilla con vírgenes y Jesucristo.

—Bueno, tengo a Jesús. El de arriba te da señales y no pide explicaciones, siempre perdona sin pedir nada a cambio.

—¿La religión le da sentido a su vida?

—Me ha dado la respuesta a la pregunta de qué hago aquí y adónde voy. Porque hay otra vida, eso está claro.

—¿Es usted practicante?

—Voy a misa los domingos. Todos los días, al levantarme, rezo un padrenuestro y un avemaría para dar gracias a Dios.

—¿También en la cárcel?

—Sí, todas las mañanas. Fui a misa allí, y le aseguro que los presos comulgan más que en cualquier parroquia de Madrid.

—¿Y no se resintió su fe en esas circunstancias?

—Tuve momentos de duda, siempre superados.

—¿De qué se arrepiente?

—De no haber hecho caso a mi mujer cuando, ante la virulencia de los ataques contra mí, me aconsejó que lo dejara. Soy totalmente inocente. Todo esto es un montaje.

—De 1 a 10, ¿cuánta corrupción hay en el fútbol español?

—Apenas nada. Cero y pico.

—¿Y en la FIFA y la UEFA, con todos los escándalos que ha habido?

—Lo mismo. Nada, prácticamente.

—¿A qué tiene miedo?

—A quedarme solo. Me he sentido apestado, como un leproso, traicionado por los que me habían reelegido.

No son pocos, sin embargo, los directivos de fútbol, amigos por lo general, pero también adversarios y críticos, que pondrían la mano en el fuego por que Ángel María Villar no se ha lucrado personalmente en el repertorio de actividades delictivas descrito por el juez del caso Soule. "En la parte que me toca, como tesorero de la Federación, puedo decir que no se ha llevado un duro de nadie de forma ilícita", afirma Juan Luis Larrea, actual presidente en funciones de la RFEF. "Es posible que se haya confiado con algunas personas, pero las cuentas están claras". A Pedro Olabarri, antiguo presidente del Athletic de Bilbao, le parece inconcebible que pueda siquiera plantearse esa posibilidad. "Me llevaría una sorpresa mayúscula si se demostrara que se ha llevado dinero", indica un antiguo contrincante. "Quizá se han exagerado los chanchullos", suponen un par de presidentes de federaciones territoriales. "No necesitaba lucrarse. Debe de tener una veintena de inmuebles en España y calculo que con los sueldos de la FIFA, la UEFA y la RFEF, y las pensiones y seguros, debe de ingresar entre 600.000 y 800.000 euros anuales", señala un gran antagonista.

Hasta su descenso a los infiernos de la prisión, al abismo de la humillación —"tener que hacer tus necesidades bajo la vigilancia de un guardia civil"—, escarnio público y pena del telediario, este hombre podía manejarse con el aplomo del que había visto pasar a siete secretarios de Estado para el Deporte y sobrevivido a la fiscalización administrativa de un presupuesto que en 2016 ascendió a 153,5 millones de euros. "El mundo del fútbol genera muchísimo dinero", dice un directivo. "Hubo años en los que llegamos a cobrar hasta 20 pagas y no sabíamos qué hacer con tantos ingresos por subvenciones, publicidad, derechos de televisión… Entra dinero a espuertas". Más que de robar para sí, al expresidente de la RFEF se le acusa de haber generado un sistema clientelar del que se beneficiaban otros, incluido Gorka, su hijo mayor.

"Villar era plenamente consciente de que había un montón de gente que robaba a manos llenas a través de dietas ficticias, comisiones de patrocinadores y otras fórmulas, pero lo consentía a cambio de los votos", sostiene un ex secretario de Estado para el Deporte. "Cuando el auditor le señalaba las irregularidades, se inhibía o no contestaba". Otro antiguo secretario de Estado para el Deporte apostilla: "No se atenía a las reglas administrativas. Actuaba a regañadientes a la hora de justificar gastos. Siempre estuvo confrontado a las autoridades deportivas. Ignoraba que, aunque la Federación es un ente privado con funciones públicas delegadas, él era la representación internacional de España. Hubo momentos en los que, a falta de la invitación de la Federación, las autoridades deportivas tuvieron que integrarse en el séquito real para poder asistir a los partidos de la selección nacional. Es un caso de endiosamiento. No creo que se lo haya llevado crudo, pero sí que ha abusado de su posición, que se ha aprovechado de la opacidad instaurada en los organismos del fútbol internacional por dirigentes que han creado bajo su largos mandatos una especie de República Independiente del Fútbol. Al final, convirtió la Federación en un cortijo".

Mientras se reconcome en su despecho y lee y relee el sumario del caso Soule obsesivamente, Ángel María Villar proclama a todos los vientos su propósito de luchar hasta el final. Se pregunta por qué no supo decir adiós, por qué creyó que tendría un puente de plata permanentemente tendido. No ha olvidado el consejo que le dio un preso: "Quema la ropa con la que te detuvieron y has llevado en la cárcel, pero lo que escribas aquí guárdalo para siempre porque lo has escrito en tiempos difíciles".