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Nueva York-Barcelona: de viaje por el "underground"

Diario- Ignacio Juliá 16/01/2018
Mark Cunningham, puntal de la escena experimental de Manhattan con su banda Mars, regresa a aquella ética con Blood Quartet
 

Trompetista en vanguardia y veterano de la escena no wave neoyorquina, Mark Cunningham (Nueva Jersey, 1952) lleva un cuarto de siglo residiendo en Barcelona. Un nuevo proyecto, Blood Quartet, le devuelve al formato de banda, pues nace de la absorción del trío de rock catalán Murnau B. El más reciente disco del cuarteto sangriento, Deep Red (2016), afianzaba un lenguaje propio —ritmos pausados, instrumentación orgánica, etéreos resoplidos— fruto de la trayectoria de un artista que desde los tiempos de su primer grupo, Mars, habita los márgenes de lo experimental.

Entre los hallazgos de Brian Eno suele olvidarse su prospección del Nueva York de finales de los setenta, el abrasivo interregno no wave. El álbum resultante, No New York (1978), descubría a los estridentes James Chance & The Contortions, Teenage Jesus & The Jerks, DNA y a Mars, donde Cunningham tocaba el bajo. Adiestrado en trompeta y saxo desde la infancia, adoptará la guitarra para emular a los grupos de rock que, en su adolescencia, ve actuar en el Fill­more East. Fundados en 1975, Mars se sienten parte de una tradición neoyorquina que va de los Velvet a Suicide, e impulsarán una escena de gran carga conceptual que, musicalmente, no produjo éxitos. La idea era alienar al público, no satisfacerlo.

"Aparecimos tras Television y The Voidoids, pero buscábamos algo más nuestro y novedoso, con influencias del free-jazz, el primitivismo y los compositores experimentales"", explica. "Luchábamos contra la misma idea de banda rock: un club para chicos —en Mars había dos mujeres— y siempre los mismos tres acordes. En aquella época era barato vivir en Nueva York, fácil dar con locales de ensayo y músicos con tiempo libre, fueron años muy creativos. Esto nos dio una inmensa libertad, pero limitó nuestra audiencia al downtown, no se nos aceptaría hasta mucho después. Sonic Youth, Swans y otros aprovecharon el terreno que habíamos labrado y tuvieron un público más receptivo"".

En 1986, viajando con la banda Don King, recala en Barcelona. Es verano y la última fecha de la gira, así que decide quedarse unos días a improvisar con músicos locales: el ideólogo Víctor Nubla (Macromassa) y otros como Gat y Anton Ignorant, que le invitan a participar en su proyecto Buildings, con quienes recorre España y descubre el flamenco que había vislumbrado en Miles Davis. La escena experimental barcelonesa de aquellos años le recuerda a la neoyorquina de sus inicios, tan endogámica y excéntrica, volcada en el hazlo-tú-mismo.

"Me sentía como en casa"", confiesa. "Naturalmente que había particularidades: en aquellos primeros días de la globalización todavía quedaban sabores locales. Gat y Anton Ignorant, con quienes estuve en Raeo, eran autodidactas como yo, y lo mismo Pascal Comelade, con quien toqué en la Bel Canto Orchestra. Raeo mezclaban electrónica analógica, bajo y trompeta, un sonido intimista pero afilado. Veíamos nuestras canciones como historias sin palabras, muy cinematográficas. Pascal, por otro lado, tenía esa cosa mediterránea mezclada con rock de raíces e instrumentos de juguete. Fue el asunto más popular en el que he participado"".

En 1990 había conocido a Silvia Mestres en Nueva York. Se enamoraron y decidieron instalarse en Barcelona, donde además de las citadas alianzas musicales colabora con su compañera no wave Lydia Lunch, que pasa temporadas en la ciudad, y participa en grabaciones de Superelvis, Beef, Telefilme o Mil Dolores Pequeños. En el sello madrileño de estos últimos, Por Caridad, publica su primer trabajo en solitario. Blood River Dusk (1997) oferta una atmosférica selección de sampleados analógicos y paisajes surrealistas a lo Cormac McCarthy. Reeditado, suena todavía contemporáneo.

"Me satisface el modo en que ha envejecido mi música"", razona a sus 65 años. "Creo que se mantiene atemporal en términos de características estilísticas específicas, por lo que no resulta fácil fecharla. Con Silvia Mestres trabajamos muy duro en Blood River Dusk, pudimos grabarlo en casa con una grabadora digital que nos prestaron Superelvis, suena hermoso y denso, muy cálido. También los discos de Convolution, otro proyecto con Silvia, se grabaron así"".

Su actual praxis en los telúricos Blood Quartet supone un regreso al método original de Mars: componer y ensayar, dejando espacio a la improvisación. Hoy encuentra más libertad en este planteamiento que en la improvisación libérrima; y disfruta de la química que le une al guitarrista Lluís Rueda, el bajista Kike Bela y el batería Càndid Coll, de su progresión natural. Preparan nuevo álbum como artistas residentes en el centro cultural Fabra i Coats, espacio idóneo donde seguir elaborando su sonido.

"Claro que me influyeron Miles y Chet Baker, eran mis héroes, pero quise impregnarme de ese sonido íntimo para dar con mi propia versión"", concluye. "Aprendí de oído y no soy muy técnico, pero poseo un estilo propio y exigente. El trompetista con el que actualmente más me identifico es ­Bill Dixon. Veo una fuerte conexión con lo que hago; fue el primer trompetista que usó efectos electrónicos. Además, seguía tocando a los 85 años, lo que resulta alentador"".

'Dep Red'. Blood Quartet. Hang The DJ REcords.