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Munición literaria para revivir la batalla de Stalingrado

Diario- Jacinto Antón 26/01/2018
Un puñado de interesantes novedades se suman con motivo del 75 º aniversario a la bibliografía existente sobre la gran derrota de Hitler
 

"Los rusos han cometido un error concentrando toda su fuerza en Stalingrado". La frase, que no es ciertamente muy acertada, la pronunció Adolf Hitler el 6 de septiembre de 1942 en el curso de una de sus charlas, en puridad soliloquios, con sus íntimos (Las conversaciones privadas de Hitler, Crítica, 2004). El líder nazi ya empezaba a empecinarse con lograr una victoria decisiva en la ciudad cuya férrea defensa por parte de los soviéticos achacaba a que para ellos "sería de mal augurio" perderla llevando el nombre de Stalin. "Por tal motivo, jamás permitiré que se le sé mi nombre o el de uno de mis compañeros a un objeto amenazado por naturaleza, se trate de una ciudad o de un acorazado. Precisamente en tiempo de guerra es cuando el pueblo se muestra más supersticioso".

Hitler se las prometía muy felices por cómo se desarrollaban las cosas en Stalingrado. De su perspicacia da buena fe otra conversación, poco antes, en la que se felicitaba por la presencia de la División Azul en su ejército luchando en el frente de Leningrado (la suerte libró a la unidad española de acabar en Stalingrado como otras fuerzas rumanas, húngaras e italianas) y apuntaba: "Cuando regrese a España, habrá que equipar a esa Legión (y de manera magnífica), darle parte del botín y algunos generales rusos como trofeos. De esta manera harán su entrada triunfal en Madrid y su prestigio será invencible". Como se ve, el Führer pensaba que ya tenía Rusia en el bote. También añadía en esa entusiasta conversación: "¡En conjunto la prensa española es de las mejores del mundo!".

Finalmente, la batalla de Stalingrado, que duraría seis meses desde el inicio del ataque alemán que parecía irresistible hasta el total aniquilamiento de su punta de lanza, el Sexto Ejército (cercado en el Kessel, el caldero, en que se convirtió la ciudad para los alemanes y disuelto entre el fuego, el hielo y el hambre), fue una de las batallas más feroces y sangrientas de la historia, una completa victoria de los soviéticos y la derrota emblemática del III Reich en la Segunda Guerra Mundial. Aunque hay historiadores, como Richard Overy, que juzgan que en puridad el enfrentamiento fundamental fue después, el verano de 1943, en Kursk, la gran batalla de tanques. Hubo en todo caso un antes y un después de Stalingrado. Y fue Stalin en última instancia el que capturó nada menos que 22 generales alemanes (y un mariscal de campo, Paulus) y los hizo desfilar en Moscú como trofeos junto a otros 91.000 prisioneros, cañones y banderas arrebatados al enemigo. En total, 300.000 de los mejores soldados de Hitler nunca volvieron a casa. Murieron en el otro bando cerca de medio millón de soviéticos, aunque algunos investigadores elevan la cifra a un millón.

La tremenda historia de la batalla de Stalingrado nos la han contado directa o indirectamente libros (ensayos, memorias y novelas) y películas -las fundamentales Enemigo a las puertas y la alemana de 1993 Stalingrado, de Joseph Vilsmaier, sin menospreciar la reciente (2013) y espectacular rusa de mismo título de Fedor Bondarchuk-. El 75 º aniversario del final de la batalla, que se cumple el 2 de febrero, cuando cesó la última resistencia alemana (Paulus se rindió el 31 de enero, tras haber recibido la noche antes de Hitler el nombramiento de mariscal y el recordatorio de que nunca un mariscal alemán había sido hecho prisionero, como fina invitación al suicidio), nos trae ahora un puñado de novedades editoriales y además nos invita a repasar la bibliografía y la cinematografía sobre aquel titánico choque de voluntades y acero. Stalingrado, la ciudad que derrotó al Tercer Reich (Galaxia Gutenberg), es la publicación más destacable que llega a las librerías. En ella, el historiador alemán Jochen Hellbeck (Bonn, 1966) revisa la batalla sobre todo del lado soviético recuperando una serie de sensacionales testimonios de primera mano de combatientes: las denominada transcripciones de Stalingrado. Se trata de una colección de 215 entrevistas realizadas justo al acabar la batalla por un grupo de historiadores moscovitas en el marco de un proyecto documental a gran escala (la Comisión de Historia de la Gran Guerra Patriótica).

Las entrevistas (que se presentan en español por primera vez) fueron relegadas al olvido en la URSS por considerarse demasiado espontáneas, y Hellbeck las recuperó considerando que muestran cómo y porqué lucharon en realidad los soviéticos. Entre los entrevistados hay simples soldados pero también personajes como el mismísimo Zaitsiev, el célebre francotirador (explica las risas que provocó a sus camaradas cuando disparó con tanta pericia a un cocinero militar alemán que consiguió que cayera muerto dentro de su propia olla) y testimonios en verdad impresionantes. El de la sargento Lina Kokorina, que cuenta como tuvo que volverle a meter los intestinos en el vientre a una fusilera de su regimiento (nunca han luchado tantas mujeres en una batalla como en Stalingrado) .O el del comandante Gavrilovich, de los primeros en entrar en el Cuartel General alemán para aceptar la rendición y que describe la "increíble suciedad" que reinaba en el lugar, con "mugre hasta el pecho junto con excrementos humanos y quién sabe qué otras cosas". Los alemanes habían usado los pasillos de letrinas por miedo a salir.

En su libro, Hellbeck polemiza con Antony Beevor, autor de la que sigue siendo la gran historia popular de referencia de la batalla, Stalingrado (Crítica, 2000) y el mejor libro si hay que escoger solo uno para adentrarse en el drama militar y humano del enfrentamiento Afirma que Beevor (que destapó la masiva presencia de soviéticos en uniforme alemán integrados en el ejército hitleriano) se equivoca al subrayar la crueldad con la que las autoridades soviéticas empujaron a resistir a los suyos y opina que en realidad no hubo tanta coacción ni castigos sumarios y que la defensa de Stalingrado fue verdaderamente una causa popular. Hellbeck usa artillería pesada y llega a reprocharle a Beevor "hacerse eco de clichés originados en la propaganda de la era nazi", alabar a los oficiales de la Wehrmacht, y hasta deleitarse en la imagen de, y cita, con bastante mala baba, "artilleros alemanes en pantalón corto, con sus torsos bronceados y musculados de levantar proyectiles".

El otro libro a destacar como novedad en este aniversario, que se celebra con la natural pasión en la actual Volvogrado, incluyendo jornadas de reenactment del club patriótico Pekhotinets y homenajes en el Mamayev Kurgan, es A las puertas de Stalingrado (Ediciones Desperta Ferro, 2017), el primer volumen (la ofensiva alemana) de la monumental Tetralogía de Stalingrado del historiador militar David M. Glantz considerado el mayor experto mundial en el Ejército Rojo y el frente del Este durante la Segunda Guerra Mundial. Coronel retirado del ejército de EE UU, Glantz considera necesario volver a la batalla (¡!) en la consideración de que ha quedado mucho por explicar de ella y que es preciso para entenderla trazar una panorámica más amplia que la de la propia ciudad. El historiador utiliza fuentes poco tenidas en cuenta y nuevas para realizar un minuciosísimo relato de los acontecimientos. El resultado (la obra completa se irá publicando progresivamente) es historia militar pura y dura para hacer las delicias de los buenos y verdaderos aficionados, con más atención a los movimientos de los panzer y a las tácticas o, por ejemplo, al número de T-34 y T-70 en el XIII Cuerpo de Tanques soviético que a la dimensión humana de la guerra y el sufrimiento de los combatientes y civiles. Claro que para eso siempre podemos volver a Beevor y al gran Vasili Grossman, del que Galaxia Gutenberg edita ahora bajo el oportuno título de Stalingrado sus crónicas de la batalla extraídas de su libro Años de guerra.

Del propio Grossman, por supuesto, tenemos la gran novela Vida y destino (también Galaxia) en la que se narra la batalla a través de las vicisitudes de la familia Sháposhnikov. Desde la trinchera de enfrente, Las benévolas, de Jonathan Littell (RBA, 2007) contiene en su parte central las vivencias en Stalingrado de su protagonista, el SS Max Aue, entre ellas observar casos de canibalismo y recibir un balazo en la cabeza de un francotirador ruso. Añadamos dos memorias imprescindibles para adentrarse en Stalingrado, las de Paulus (Stalingrado y yo, La Esfera de los Libros, 2017) y las de Zaitsiev (Memorias de un francotirador en Stalingrado, Crítica, 2014). ¡Lo que le hubiera gustado al segundo tener en su mira al mariscal! Tanto en Las brujas de la noche, sobre las aviadoras soviéticas, como en Los ángeles vengadores, sobre las francotiradoras, la historiadora Lyuba Vinogradova aborda extensamente la batalla de Stalingrado (ambos libros en Pasado & Presente).

Por último, al que quiera revisitar la batalla le resultarán muy útiles los dos estupendos números (Stalingrado I y II) que ha dedicado la revista Desperta Ferro (de la misma editorial), con extraordinarios mapas, diagramas, dibujos y fotos, amén de artículos de grandes especialistas. Con todo eso vamos bien pertrechados para regresar a la martirizada y valiente ciudad que no deja de arder a orillas del Volga.