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Una bandada de chistes

Columna- Rosa Montero 22/02/2018
No creo que pueda haber un homenaje mayor para un humorista que este súbito tsunami de sus creaciones
 

Tengo guardados bastantes chistes de Forges. Algunos de manera virtual, en mi ordenador; otros físicamente, en papel, recortes amarillos que empiezan a crujir, como las cartas de los novios adolescentes. Ahora mismo aliso uno de esos rectángulos con la punta de mis dedos: el diminuto Mariano, con dos pelos disparados en lo más alto de la cocorota, camina por la calle muy alicaído, colgado del brazo de la majestuosa y cetácea Concha. Sin levantar la mirada del suelo, él dice: "Te quiero mucho". Y la gran, sabia Concha le responde: "Tranquilo, Mariano, ya estamos llegando al médico". La mayoría de esas historietas, sin embargo, se encuentran almacenadas en mi memoria. Hay viñetas de Forges que yo, que soy amnésica perdida, recuerdo con mayor claridad que muchas de las peripecias de mi propio pasado. Forman parte de mi carne y de mi sangre.

Toda España está así. Intercambiando sus chistes preferidos de Forges como quien cambia cromos. Leo las necrológicas de los colegas, escucho hablar de él en la radio, y todos contamos nuestra viñeta. Incluso recibo por WhatsApp chistes y más chistes. No creo que pueda haber un homenaje mayor para un humorista que este súbito tsunami de sus creaciones. Cuando muere un escritor, un cineasta, un pintor, por muy querido que sea, la gente glosa su obra y resume su personalidad y su legado, pero lo hace desde fuera, tal vez con tristeza pero con cierta distancia intelectual. No se pone a describir cuadros del finado ni a recitar diálogos de sus películas. Los chistes de Forges, sin embargo, han levantado el vuelo al unísono desde lo más dentro de nosotros, una enorme bandada de viñetas tiernas y lúcidas batiendo las alas con alegre furia. Creo que si nos asomamos a la ventana y nos fijamos bien, las podríamos ver pasar, haciendo vibrar el horizonte con su agitada masa.

Ternura y lucidez, esas son las dos palabras que creo que mejor le definen, y quizá la clave de su impacto. Los chistes de Forges entraban en nosotros a la vez por el corazón y la cabeza, sin crueldad pero sin concesiones. Un berbiquí de seda con el que horadar la realidad. Lo conocí un día, de pasada, en el diario Pueblo, hace muchísimos años. Yo era casi adolescente y él era muy joven, aunque no tanto como cuando murió. Porque fue una de esas poquísimas personas que consiguen conservar intacta el alma de la infancia a través de los años. Cada vez más sabio, cada vez más niño. Aquella vez en Pueblo, Forges me pareció un oasis en medio de una redacción machista y cacareante. Siempre fue encantador, tímido y modesto. Qué grande es la modestia verdadera. Esa autenticidad radical ha hecho que sus chistes siguieran conectando con la sociedad, generación tras generación. Un logro increíble, morir tan lleno de vida.

Fuimos coincidiendo por aquí y por allá a través de las décadas. Recuerdo, hace mucho, un miniespectáculo humorístico de una única representación que hicimos los dos en el bar La Mandrágora: lo que nos reímos. Hemos colaborado en causas sociales y nos hemos cruzado fugazmente en la redacción de EL PAÍS y en copichuelas varias, aunque era un hombre que no se prodigaba en los actos públicos. En realidad, nunca fuimos amigos, pero ahora me doy cuenta de que era una de esas personas a las que sientes como si fueran de tu familia. Un hermano querido al que tratabas poco. Siempre te alegrabas de verle, con su sonrisilla habitual y su graciosa expresión de ardilla lista. Su fama crecía y crecía pero él seguía igual, escurriéndose discretamente por las esquinas.

Era capaz de desmontar en un santiamén la pomposa estupidez y el fingimiento de la política, haciéndolo sin acritud y mostrando su cara más absurda. Pero el Forges que más me gustaba era el más íntimo, el formidable filósofo que hablaba de las relaciones personales, de nuestras debilidades, nuestras alegrías y nuestros miedos. Todos somos Conchas y Marianos, él el primero. Él siempre fue un Mariano más guapo y con más pelo. No sé cómo vamos a arreglárnoslas para vivir sin el espejo de sus chistes. Sin ese instante de reconocimiento, de risa y de emoción con el que nos reconciliábamos con nosotros mismos. Espero, querido Forges, que te hayas ido con la misma sabiduría con la que has vivido. Que hayas sentido cómo tus personajes te decían: tranquilo, Mariano, ya estamos llegando al otro lado.