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El celuloidista

Diario- Gregorio Belinchón 15/03/2018
El cineasta Jaime Rosales se desnuda ante el espejo artístico e ideológico en "El lápiz y la cámara", un libro en el que desgrana lo que ha aprendido del cine y la sociedad actual
 

Es curioso que aunque haya bastantes cineastas españoles con facilidad y fluidez para la escritura, pocos se embarquen en la redacción de libros. Y más aún en libros teóricos. Jaime Rosales se ha desnudado ante el espejo artístico e ideológico con su libro El lápiz y la cámara, con la innegable referencia —reconocida por él mismo— de Notas sobre el cinematógrafo, de Robert Bresson. En bloques más o menos temáticos, con textos cortos, más desarrollados que un haiku aunque sin perder la perspectiva de la brevedad, Rosales desgrana lo que ha aprendido sobre el cine y la sociedad actual, con claridad y rotundidad. Con una visión cosmogónica, que incluye vibrantes reflexiones sobre el ser humano anestesiado en la sociedad actual y la imperiosa necesidad de alcanzar el estatus de emancipado para poder crear. Con una contundencia que hace que entre líneas intuyamos que él mismo pone en duda algunos pasos de su carrera. Y con clarividencia para entender qué le ha pasado al cine actual para atraer a público en su mayoría adolescente a las salas, cuando hace décadas los taquilleros eran Fellini o la nouvelle vague.

Sus reflexiones acerca de la diferencia entre cine clásico y moderno, o entre el artista y el artesano, o su habilidad para deconstruir y analizar los diferentes elementos formales, técnicos e interpretativos que componen una película y su realización, hacen imprescindible El lápiz y la cámara. Impresiona su análisis de todos los pasos.

Más discutible es su aspecto sociológico, aunque ahí tampoco miente Rosales: así piensa él y no utiliza cortina de humo para escudarse. El director recuerda una de las principales enseñanzas que recibió en la Escuela de San Antonio de los Baños, cuando Yann Le Masson le dijo que si quería algo que mereciera la pena debía colocarse en una situación de riesgo absoluto. Algo que él aplica a su cine, y el lector entiende que también al libro.

Parte de la industria española del cine mirará por encima del hombro a El lápiz y la cámara, porque directamente destruye sus películas vacuas o su interés por mantener algún andamiaje legislativo que ayude a su labor. Otra parte sentirá que Rosales alienta su brega: el creador asegura que nunca hay que olvidar a la audiencia, pero que debe atraerse desde la innovación, construyendo una obra de arte, no un producto de consumo. Y que tampoco importa que se vivan ciertas contradicciones: él mismo comenta que los dos cineastas que más admira son Hitchcock y Tarkovski. "Y eso que proceden de tradiciones cinematográficamente opuestas".

Finalmente, Rosales reniega del digital, explica por qué el celuloide tiene que ser el material del cine, y que solo se siente descrito en el término celuloidista, cuando hoy se denomina cineasta a cualquiera que haga una obra audiovisual. No se puede decir más en menos letras.

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