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No puedo quitarme de la cabeza a Israel Vallarta

Columna- Almudena Grandes 20/04/2018
 

LA LITERATURA hace milagros, pero no todos son felices.

No puedo quitarme de la cabeza a ­Israel Vallarta. Miro sus fotos en Internet y, antes del 9 de diciembre de 2005, veo a un hombre joven, alto, guapo y moreno, el modelo de seductor latino que encandilaría sin dificultad a una europea blanca, delicada, pelirroja. Sigo mirando a Israel, estudio las imágenes que abrieron los informativos de México el 9 de diciembre de 2005 y veo sus labios rotos, abiertos como fresones machacados a puñetazos, los pómulos hinchados, un hematoma en la barbilla. Pienso en Israel todos los días, porque la literatura es emoción, y el estupor, la indignación, la rabia, el miedo, la impotencia y la compasión son emociones.

El 9 de diciembre de 2005, dos cadenas de televisión mexicanas retransmitieron en directo, a primera hora de la mañana, una operación policial que liberó a tres rehenes retenidos en un rancho llamado Las Chinitas, y detuvo en riguroso directo a sus secuestradores, un hombre mexicano y una mujer francesa. Israel Vallarta y Florence Cassez se convirtieron inmediatamente en trofeos de la eficacia policial alcanzada en la presidencia de Felipe Calderón, el caudillo que decretó la guerra al narco para sembrar México de cadáveres como nunca antes. Pero en la heroica sinfonía que vibró en los televisores de todo el país, sobraba la percusión y fallaba la melodía. Las notas discordantes eran tantas, tan pésimas, que la atención de un escritor, un novelista que se propuso contar una historia más inverosímil que el argumento de cualquier novela, ha sido capaz de arruinarla con palabras.

La historia de Israel y Florence ha llegado hasta mí en Una novela criminal, el último libro de Jorge Volpi. En sus páginas he conocido la versión oficial y la verdad enterrada por atestados policiales, autos y sentencias. En un ejercicio de poderío narrativo sólo comparable a la honestidad intelectual, y moral, con la que se dirige al lector, Volpi expone, sin tomar más partido que el de los hechos ciertos, los avances de una investigación que le permite concluir que toda la operación de Las Chinitas fue un montaje, que las víctimas liberadas ante las cámaras nunca estuvieron retenidas en esa casa, que Israel Vallarta y Florence Cassez jamás las secuestraron, y que la acusación contra ambos se basó en testimonios falsos, tan groseros como el de una testigo que siempre había recordado ser capturada en un coche blanco hasta que en el juicio declaró que era gris perla, para que coincidiera con el color del coche de Vallarta.

Cuando Una novela criminal se publicó, hace unos meses, Florence Cassez ya había vuelto a casa. Se había casado, había tenido una hija, se había divorciado, había escrito dos libros y presentado un programa de televisión. Todo esto fue posible porque es francesa, y dos presidentes de su país, Sarkozy y Hollande, se encargaron en persona de conseguir su liberación, en un proceso que tensó las relaciones entre Francia y México hasta llevarlas al borde de la ruptura. Sobre las negociaciones que cocinaron este final feliz, sobrevoló siempre la conveniente hipótesis de una pobrecita ­europea seducida y engañada por un peligroso criminal, al que encubrió por amor.

Desde que vive a salvo, en Francia, Florence no ha pronunciado ni una sola palabra a favor de la inocencia de Israel, quien hoy sigue en prisión preventiva, en una cárcel de máxima seguridad, sin haber sido sentenciado en ningún momento a lo largo de 13 eternos años. En un intento de impedir la extradición de Florence y demostrar su peligrosidad, sucesivas operaciones policiales detuvieron a dos hermanos y tres sobrinos de Israel, que fueron presentados a la opinión pública como miembros de la banda del Zodiaco, supuesta organización criminal sobre cuya actividad no existe prueba alguna. Así, hoy son tres los miembros de la familia Vallarta encarcelados por un montaje periodístico y policial.

Jorge Volpi ha escrito una novela admirable que, como todas, pertenece ya a sus lectores. Él no juzga a sus personajes, pero yo, como lectora, tengo derecho a hacerlo, y no puedo quitarme de la cabeza a Israel Vallarta.

El día que recupere la libertad, su triunfo será también el mío. ­­