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Templo de la extravagancia

Columna- Boris Izaguirre 10/05/2018
La gala Met unió religión y moda. Curiosa relación, como la de Albert y Mariano
 

Este año, la explosión de humor y descaro en la gala Met fue visible desde el espacio exterior. Desde el cielo. Y es que esta vez, venía acompañada de un socio celestial e históricamente intenso: la Iglesia católica. Una comunión casi tan curiosa como la de Mariano Rajoy y Albert Rivera.
La exposición del instituto de la moda del Met se llama Criaturas Celestiales. Andrew Bolton, comisario de la exposición, reveló que consiguieron del Vaticano el préstamo de cuarenta piezas con una condición: que lo sagrado —sus piezas— no se mezclara con lo profano, la colección de arte medieval del museo.

Como Estados Unidos es una república laica, donde conviven muchos gustos, religiones y sectas, la exposición subraya que lo expuesto está relacionado únicamente con la tradición católica. Así deja caer a esas otras religiones que han tenido poquísima relación con la moda. Estoy seguro de que Anna Wintour y Donatella Versace, monaguillas en esta misa, convencieron al Vaticano cuando les dijeron que sin ellos la moda prácticamente no habría existido.

Moda y religión tienen mucho de liturgia. Y de representación. Y es muy probable que en su afán por modernizarse —y por travestirse de progresismo—, el Vaticano, tras mucho rezar, haya avistado en esta exposición una manera de exhibirse y ganar un halo de diversidad mediante ese desfile de novicias, santas, vírgenes y monjas. Todo un catálogo de eternos modelos femeninos que la Iglesia católica tiene en su cabeza y que por primera vez consigue reunir y sacar a la pasarela.

La mujer ha sido siempre ritualmente inferior, pero en la Gala del Met fue superlativa. Incluso una actriz lesbiana, Lena Waithe, llevó una capa con los colores del arcoíris, el emblema de la comunidad LGTB+, que es una de las comunidades con las que la Iglesia católica mantiene una relación difícil. Como la de Mariano y Albert.

Madonna, la primera artista pop en explotar sus filias y fobias con lo católico, resultó la reina de la noche acompañada de JP Gaultier, con misal y rosario. Kim Kardashian —el cuerpo prototipo del siglo XXI— aprovechó la ingeniería aeroespacial para convertirse en un icono dorado, entre el Oscar y lo bizantino. La cantante Zendaya fue Juana de Arco metálica; Frances McDormand, una pagana envuelta en barroco.

Celebramos la gran misa del mundo del espectáculo, bendecida por el Vaticano. El gran urbi et orbi del papa Francisco en la escalera del Museo Metropolitano y sin levantarse de la silla de San Pedro. Para que esto no quede en una celebración pasajera y terrenal, ya rezamos para que el próximo paso sea ver mujeres sacerdotes o sacerdotas. Vestidas de Dior, de Mango o en la publicidad de H&M. Gracias a Dios.

Está claro que si se tiene cabeza y se habla dos idiomas, los pactos y socios pueden dar grandes éxitos. No sucede lo mismo con Mariano Rajoy y Albert Rivera, que están a punto del desgaste emocional. No quise ser agorero, pero desde el principio supe que esta pareja no iba a funcionar. Aunque tienen ese atractivo de la diferencia generacional —que gusta muchísimo desde la Grecia antigua—, siempre resultó evidente que no existía verdadero amor entre ellos. Interés sí.

Mariano llamó a Albert "aprovechategui" delante de todo el mundo, porque Rivera no le secundó defendiendo el artículo 155 y puso en jaque los presupuestos. Mariano podría aprender de los Museos Vaticanos y negociar, con paciencia y encanto, con Albert y los suyos que son como Anna Wintour y Donatella Versace, unas mosqueteras con bota alta que saben lo que quieren. Pero, claro, les pierde el apasionamiento juvenil, la impaciencia. Y el plazo corto, como una minifalda. Parecen no haber leído bien a Santa Teresa de Jesús, que dijo: "La paciencia todo lo alcanza".

Hemos tenido mucha paciencia con Eurovisión, que se ha vuelto una religión centroeuropea. Me encantan Amaia y Alfred y también me encantaría que ganaran esta noche. Pero, si sucede, hay que tener en cuenta algo: los presupuestos. La televisión publica portuguesa se ha gastado más de 20 millones en organizar el festival, que a su manera es un Vaticano de la canción. Si ganamos, ¿qué diría Ciudadanos de un gasto similar? Mientras, es probable que el PP, en penitencia por la corrupción, se proponga un lifting como el del Vaticano, pero quizás no disponga para su desfile de una escalera como la del Met.