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Tesoros escondidos

Columna- Almudena Grandes 26/07/2015
Otros tesoros se gastan, se agotan, procuran una felicidad efímera, un placer transitorio. Mi tesoro, en cambio, es inmortal
 

Abundan en las casas donde varias generaciones de la misma familia han vivido sólo en verano. Pueden estar a la vista, camuflados entre trastos viejos y ropas de otras temporadas, o encerrados en cajas. Son tan humildes, tan pequeños, que no llaman la atención. Como ocurre con todos los tesoros escondidos, sólo los encuentra quien se toma el trabajo de buscarlos.

La edad más indicada para hacer fortuna con ellos es la adolescencia, pero resultan también muy valiosos en la infancia, y en cualquier etapa de la edad adulta. Tienen la virtud de refrescar las espesas, sofocantes siestas del mes de agosto, como sabrían calentar las largas noches de invierno si alguien pudiera disfrutarlos en una casa que no estuviera cerrada. Yo lo sé porque los busqué, los encontré hace muchos años y los poseo todavía, los poseeré por siempre jamás. Otros tesoros se gastan, se agotan, procuran una felicidad efímera, un placer transitorio. Mi tesoro, en cambio, es inmortal. No sabe marchitarse.

En la casa donde pasé los veranos de mi infancia había muchos libros, una biblioteca de estación, más bien de aluvión, volúmenes amontonados durante años sin orden ni concierto. Recuerdo novelas de Simenon, de Agatha Christie, best sellers de los setenta del siglo pasado –Love Story, Harold Robbins y otros autores, muy famosos entonces, cuyo nombre ya he olvidado– que nadie declaraba haber comprado aunque veraneaban de año en año en las estanterías, y una delegación veraniega de la biblioteca de mi abuelo, libros grandes o pequeños, todos igual de adustos y temibles para mí hasta que abrí por primera vez un tomo de las Obras Completas de Benito Pérez Galdós.

Muchos años antes descubrí, en una esquina de la buhardilla, dos cajas de cartón repletas de volúmenes de tapa dura de color verde agua, con una ilustración a pluma en la portada, que me hicieron feliz varios veranos. Casi todo eran novelas de aventuras, salpicadas por alguna cursilada –la condesa de Segur, el Padre Coloma– que mi olfato descartó con mucha facilidad. Así empecé a vivir en las islas. Las había misteriosas, tropicales, volcánicas, árticas, y algunas tenían nombre, la mayoría ni eso, aunque todas eran igual de peligrosas. También viví en el mar, en largas travesías plagadas de tormentas, de ballenas, de naufragios, de pulpos gigantes y admirables submarinos, pero sin desdeñar la tierra firme. Así conocí mundo, cabalgué por las praderas, dormí en iglús, visité la Patagonia y el Polo Norte, las islas del Pacífico y la estepa siberiana, y en todos esos lugares arriesgué la vida, pero siempre volví para contarlo.

Luego aprendí que me había tocado vivir en una época en la que los lectores adultos, presuntamente maduros, desdeñan la novela en general y la novela de aventuras en particular. Desde ese instante me declaré insumisa, rabiosa partidaria de la felicidad que me habían regalado todos aquellos libros con tapa dura del color del agua. Todos los veranos los recuerdo. Todos los veranos vuelvo a sentir la llamada de la selva, el eco de los tambores que suenan al pie de los volcanes, el estruendo de las trompetas que preceden a las cargas de caballería. Todos los veranos vuelvo a leer, al menos, uno de aquellos libros. Algunos me parecen ahora más bien torpes, atrapados en una inverosimilitud barroca e ingenua al mismo tiempo, pero aun así, casi siempre logran tenerme en vilo hasta la última página. Otros eran, son y serán por siempre obras maestras de la gran literatura, esa que desprecia los géneros, las clasificaciones, los apellidos.

La novela de aventuras, que tenía lectores de todas las edades antes de que alguien se inventara la etiqueta de la literatura juvenil, es el termómetro de la emoción, el territorio de los miedos razonables, la casa natal de los hombres y las mujeres valientes que se enfrentan a la naturaleza, a lo desconocido, a lo monstruoso, a brazo partido, sin más armas que su coraje, su astucia y, acaso, un rifle o un simple machete. Por eso, ofrecen un aprendizaje tan bueno como cualquier otro de las virtudes y las flaquezas humanas.

Las casas de verano suelen tener desvanes, trasteros abarrotados de cosas. En ellos suele haber trastos viejos, revistas de otras épocas, baúles con zapatos y trajes de novia que ya nadie recuerda quién se puso por primera vez, discos de vinilo, documentos de los antepasados de cada cuál, fotografías antiguas y novelas de aventuras.

Si las buscan, las encontrarán. No las desdeñen, porque cada una encierra un tesoro escondido.

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