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Andamios para el talento

Diario- El País 08/06/2018
La escritura creativa avanza en España. Autores como Samanta Schweblin, Caballero Bonald, Jonathan Franzen y Marta Sanz debaten su impacto en las letras y en la sociedad
 

Harto de que le preguntaran si un escritor nace o se hace, Augusto Monterroso neutralizó el manido debate con una respuesta definitiva: "No recuerdo a ningún escritor que no haya nacido". Imposible llevar la contraria al irónico cuentista hondureño… Así que, zanjado el asunto, y ahora que los poetas, novelistas y ensayistas se hacen, cada vez más, en las aulas, la discusión toma necesariamente otra deriva. ¿Qué ha supuesto el fenomenal florecimiento de talleres, escuelas y másteres de escritura creativa? ¿Qué impacto ha tenido en la literatura? ¿Y en la sociedad?

"Una proliferación de este tipo de estudios no puede más que dar miles y miles de aspirantes a escritores y excelentes lectores, es decir, gente capacitada, culta y ávida de más y más literatura. ¿Qué tan malo podría ser esto para una sociedad?", dice la argentina Samanta Schweblin, discípula de Liliana Heker y hoy tallerista. "Creo que pueden tener un gran impacto social porque son lugares de reflexión y de construcción del conocimiento y del sentido crítico en una época en la que estamos rodeados por el ruido y en la que es imprescindible aprender a leer por debajo de lo que serían las superficies deslizantes de la realidad", abunda la escritora Marta Sanz. Su colega Luis Landero señala algunas sombras. "En un taller de escritura no se hace un escritor, pero tampoco se pierde porque asista a él. Pero crea un tipo de relatos impersonales, intercambiables y, de algún modo, castrados por un atracón de técnica, de fidelidad a un dogma que solo puede desembocar en el artificio".

Con una reputada constelación de autores como Raymond Carver, ­John Gardner o Joyce Carol Oates en su nómina de alumnos y profesores, y, desde 1936, el simbólico faro del Writer"s Workshop de la Universidad de Iowa, la tradición estadounidense de los talleres literarios arraigó en Latinoamérica en un momento en el que las dictaduras expulsaban a los profesores de la universidad —muchos optaron por instalarse con sus alumnos en sus casas— y dio el salto oceánico a España en los setenta de la mano de intelectuales exiliados o emigrados de la región como José Donoso, Clara Obligado o Silvia Adela Kohan, que se encontraron con un inmenso páramo.

No había en la Península escuelas donde el aspirante a escritor pudiera aprender el oficio y, como apunta Obligado, "la universidad posfranquista era una universidad imposible". Con cuatro duros, gran entusiasmo y una idea horizontal de la enseñanza, crearon espacios donde se aprende a leer, se deconstruyen textos clásicos y contemporáneos, se escriben y reescriben relatos, y donde profesores y alumnos someten a juicio sumarísimo las creaciones aun a riesgo de dañar el corazoncito del pupilo o compañero de turno. "Había muchas ganas de compartir, de leer, de cultura. Pensemos en la movida. Tiene un poco que ver con el clima de entonces", recuerda.

Los talleres, con sus defensores y detractores —"siempre me ha parecido un desatino que la profesión de escritor se pueda cursar en una academia", dice José Manuel Caballero Bonald—, fueron la primera pica de lo que hoy es todo un fenómeno de democratización de la cultura del que participan miles de personas cada año. En un país que ha relegado las humanidades y, a base de especialización, ha dejado huérfanos de lecturas a muchos ciudadanos, ha proliferado una oferta de programas de escritura creativa —responsable, según Obligado, del auge del cuento y la microficción— como para satisfacer todo tipo de inquietudes. Talleres organizados por escritores a 1.000 euros el curso; enseñanza presencial u online a un precio similar en centros privados como la Escuela de Escritores de Madrid, el Ateneu Barcelonés, Hotel Kafka o Fuentetaja; programas de 20 horas organizados por editoriales a 200 euros; másteres oficiales —en la Universidad de Sevilla (820 euros) y la Complutense— o no; el grado de la Universidad de Navarra… Las opciones son infinitas. Para empezar, para el que quiere simplemente aprender a escribir mejor. "Tenemos un gran déficit de escritura desde la primaria a la universidad que hemos venido a cubrir las escuelas privadas", afirma Javier Sagarna, director de la Escuela de Escritores de Madrid. En las aulas del centro que coordina predomina ese perfil de alumnado en los cursos. Si hablamos del máster — dos años, 576 horas de clase, 12.500 euros y un 35% de latinoamericanos— la cosa cambia; las clases están llenas de gente que aspira a vivir de la escritura, tarea harto complicada. Solo un 2% de los autores españoles se gana la vida exclusivamente con la literatura.

"España tiene una tradición maravillosa de escritores con muchísimo ingenio. Pero necesitan interlocutores, espacios de diálogo y de reflexión sobre el proceso creativo", observa la poeta Ana Merino, directora del máster de escritura creativa en español de la Universidad de Iowa. "Y esto no es nuevo. El autor nunca ha esperado a que le llegase la musa. Solo hay que ver las correspondencias entre escritores, las tertulias… ¿Y qué es el boom latinoamericano en Barcelona sino un gran taller?", prosigue.

Los escritores aprenden en estas tertulias del siglo XXI técnicas para desempeñar su oficio; salen, dice Jorge Carrión, codirector del Máster en Creación Literaria UPF/BSM, "con una visión de conjunto de cómo opera la industria"; entablan relaciones que pueden servirles de ayuda a futuro —"sin gente que conocí hubiera tenido muchísimo más difícil la posibilidad de entrar en el campo literario", admite Sanz—. Y, muchas veces, como le ha ocurrido en las aulas de Obligado a Cristina López Barrio, finalista del Planeta 2017 por Niebla en Tánger, encuentran a su "familia literaria". Incluso, empleo.

El problema es que no todo profesor, escritor o no, es un buen tallerista. Silvia Adela Kohan, autora de varios libros sobre el aprendizaje de la escritura —entre ellos Autoficción. Escribe tu vida real o novelada (Alba)—, lo tiene claro. "Son pocos los que tienen la capacidad de guiarlos, de modo que salga a relucir lo mejor de cada tallerista, en lugar de englobar a todos en el mismo saco desde una mirada académica o demasiado subjetiva". Y un instructor que no logra entrar en la poética de cada autor, y apoyarla, corre el riesgo de crear escritores de serie y uniformizar la literatura.

Ese debate, más que en España está vivo en EE UU, donde el aprendizaje de la escritura está muy consolidado en la universidad a través de los MFA, camino por el que avanza firme Latinoamérica. Pero más que por la pedagogía, lo está por el coste de los másteres —un máximo de 48.000 dólares (40.600 euros) en Iowa—. Aunque muchos centros buscan financiación para sus estudiantes, los críticos alertan del riesgo de alumbrar una literatura que reproduce los valores y preocupaciones de una clase pudiente. "Algunas de las voces más distinguidas de la ficción estadounidense reciente —Rachel Kushner, George Saunders, David Foster Wallace, David Means, Alice Sebold— salieron de programas de escritura, así que no estoy demasiado preocupado por el efecto de "uniformización", rebate el estadounidense Jonathan Franzen.

En España, a diferencia también de lo que ocurre en el norte de Europa, este tipo de programas no acaba de afianzarse en la universidad. El primer obstáculo para una enseñanza que se quiere impartir mayoritariamente con escritores son las exigencias de la Agencia Nacional de Evaluación de la Calidad y Acreditación —mínimo, el doctorado—. El segundo es más estereotípico que otra cosa. "Ha sido muy común ver a la universidad y a la escritura como incompatibles, si no es que antitéticas", afirma Cristina Rivera Garza, responsable del doctorado de escritura creativa en español de la Universidad de Houston.

Goethe decía que la buena literatura es un 95% de trabajo y un 5% de talento. "Y el talento a veces para descubrirlo precisa de mentores", dice Schweblin. "A veces son los libros, familiares, un enemigo, otro escritor, una revelación particular en un libro particular". O la universidad. "Un aspirante a escritor debería entender que todo sirve", continúa, "y que nadie va a entregarle nada ordenadito, que el que tiene que estirar la mano para agarrar lo que sea que necesite para crecer tiene que ser él mismo".