Textos y fotos »

El bar de la esquina

Columna- Rosa Montero 11/06/2018
 

LA OTRA NOCHE estuve un rato en el bar de la esquina. Es decir, en uno de los cientos de miles de bares de la esquina que hay en España, esos locales que, en nuestra sociedad, hacen las veces de iglesias laicas o de centros comunitarios, piedras fundamentales de la vida del barrio. Este establecimiento en concreto, además, está de verdad en un esquinazo y por añadidura se encuentra a un tiro de piedra de mi casa, tal y como debe ser según las normas sagradas y no escritas del parroquiano tradicional.

En España hay 260.000 bares, uno por cada 175 habitantes, la cifra más alta de la Tierra (datos de 2016 de la consultora Nielsen). Repito: somos la primera potencia mundial del codo en barra. Para hacernos una idea de la enormidad de nuestra afición, digamos, por ejemplo, que tenemos más bares que la suma de todos los que hay en Estados Unidos. Si añadimos los restaurantes, nos ponemos en 350.000, es decir, un establecimiento de hostelería por cada 129 habitantes, pero ahí ya somos los segundos porque nos gana por un pelo la diminuta Chipre con uno por cada 124 personas. Esto es interesante, porque resalta que en otros países tal vez le den mayor importancia a lo gastronómico, mientras que lo verdaderamente extraordinario en nuestra cultura es el antiguo y acendrado apego al bareto. ¿Y qué significaría esto? Pues que somos animales eminentemente sociales. Que necesitamos el roce, el aliento, la compañía, el calor de los nuestros. Que, para vivir, tenemos que sentir que formamos parte de un grupo. Quizá sea un rasgo primitivo. Un residuo de los usos de la horda.

Ya he citado alguna vez aquel famoso estudio que Coca-Cola hizo en España hará unos cinco años sobre el tema, con datos tan despampanantes como el hecho de que más de dos tercios de los españoles conocen el nombre del camarero de su bar favorito, o que casi el 30% le dejaría al camarero las llaves de su casa con total confianza. En realidad, esto es algo que sucede bastante a menudo: vecinos que dejan las llaves en el bar para el electricista o el fontanero que tiene que arreglar algo en casa, o para el amigo que va a venir a alojarse durante algunos días, o para la hija que se ha olvidado el bolso. Y es que lo que yo llamo el bar de la esquina, o sea, el de siempre, sirve de oficina de correos, de almacén, de conserjería, de agencia informativa barrial. Los extranjeros, sobre todo los de procedencia protestante, no entienden lo que significan los bares para nosotros. Para ellos son centros de perdición, tenebrosos lugares de pecado, mientras que para nosotros son locales familiares, ese sitio confortable y seguro en el que festejas tus cumpleaños y al que vas con tus niños. Me recuerdo de muy pequeña, en las tórridas noches estivales de un Madrid sin aire acondicionado, tomando horchata con mis padres a la una de la madrugada en la puerta del bar de la esquina. Pura magia.

Yo llevaba tiempo sin pisar un bar: me debo de estar desnaturalizando. Pero la otra noche entré en el garito de la esquina y experimenté una inmediata sensación de reconocimiento. Como quien vuelve a casa. Era de madrugada y había pocos clientes; algunos, como yo, emparejados, la mayoría solos. Todos hablábamos con todos, pero sin molestar, mientras que la camarera, a quien no conocía, se convertía en la sabia hechicera que administraba, restañaba y acogía esa momentánea conjunción de soledades. Vi a un hombre que no paraba de rebuscar entre varias bolsas de plástico, a una mujer diminuta y mayor que apenas llegaba a la barra, a un chico joven emigrante de sonrisa tímida. Y la camarera los llamaba por sus nombres, y sabía lo suficiente de sus vidas como para que se sintieran formar parte de algo. Fuera se agolpaba la oscuridad y dentro había un refugio sin exigencias. Yo creía que este tipo de negocios tradicionales estaban desapareciendo, barridos por los estridentes bares juveniles. Pero, según datos oficiales, de cada diez locales de copas que hay en nuestro país, seis siguen siendo estas modestas empresas familiares, oasis de tibieza en el asfalto. Cuánto más sufrimiento habría en España sin los bares. Sin estos lugares protectores en donde siempre conseguirás que alguien te mire.