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Crecer y aprender algo

Columna- Rosa Montero 18/06/2018
 

HACE UN PAR de semanas, Joaquín Estefanía publicaba un estupendo artículo en este periódico titulado La crispación, de nuevo, en el que se dolía del desacuerdo sistemático, la magnificación de los errores de los demás y la desmesura en la crítica que practicaba el PP cada vez que estaba en la oposición, y de cómo todo indicaba que ahora los peperos iban a apretar de nuevo el acelerador en esta "estrategia de la crispación". Estoy muy de acuerdo con Estefanía y comparto su desazón, pero, la verdad, me parece que se queda corto. Empezando por el título: La crispación, de nuevo. Pero, por todos los santos, ¿cuándo se había ido? Tengo la sensación de que me he pasado las últimas décadas soportando un intolerante e intolerable aluvión de descalificaciones y berridos. Un "todos contra todos" muy típico nuestro y que, por desgracia, no ha sido practicado solamente por el Partido Popular.

Sí, vale, yo comprendo que los bufidos del PP nos parecen más rabiosos y más torticeros, y a lo mejor es verdad que lo son, pero también me cabe la fundada sospecha de que lo veamos así porque somos justamente los bufados, es decir, sus contrarios. Yo lo que sé es que, si hago el esfuerzo de mirar hacia atrás con cierto desapego de la batalla diaria, sólo veo una larga llanura llena de muertos variopintos, de caídos bajo la avalancha de improperios. Y lo más muerto de todo es la cordura, la verdad, la civilidad, la convivencia democrática, la estabilidad política. Con la mano en el corazón, no me digan que no nos hemos insultado y deslegitimado unos a otros sin parar desde hace décadas. Y sigue sucediendo. Socialistas, peperos, podemitas, ciudadanos, Izquierda Unida, todos se han breado tenazmente. Y no sólo han atacado al enemigo: los socialistas se han crispado de lo lindo entre ellos mismos, los de Podemos andan echando chispas en sus interiores, los del PP se van dando bofetones por las esquinas (y aireando vídeos envenenados)…

Y lo peor es que, como apunta Estefanía, esa bronca ha saltado a la calle a lomos de los periódicos. Porque los medios españoles, añado yo, han cometido desde mi punto de vista el error histórico de alinearse demasiado estrechamente con una u otra facción (somos un país de exacerbotados, genial palabro del escritor Julio Llamazares), con lo cual se han convertido en atronadores altavoces de la pelea de gallos. Este ruido nos ha calentado la sesera a los ciudadanos de tal modo que ha habido momentos de verdadero frenesí sectario, años en los que ir a las cenas de Nochebuena era como partir al frente de batalla, o en los que el habitual aperitivo en el bar con la peña acababa transmutado en algarada. Todo bombas y heridos, quiero decir. Recuerdo que durante el segundo Gobierno de Felipe González me retiraron el saludo varios amigos porque me empeñé en seguir denunciando el GAL. Llevamos muchos años chapoteando en estos lodos.

Yo no sé qué nos pasa, pero parecería que sólo sabemos relacionarnos así, a grito limpio. Quizá sea una falta de madurez democrática, unida a la tendencia patria al calentón verbal y a la pasión forofa. En España muy poca gente escucha las opiniones contrarias: no sabemos debatir, sino vociferar. Yo misma soy a veces una discutidora terrible; cuando escribo intento practicar el pensamiento, pero cara a cara se me sube con facilidad el corazón a la cabeza y me convierto en una de esas personas capaces de discutir con un extraño en un breve trayecto en ascensor (hace falta ser porfiada y necia). Y sí, un poco necios y porfiados somos todos, y además nos encanta el malhumor: un clásico del articulismo español de todos los tiempos es el opinador refunfuñón que echa broncas a diestro y a siniestro. El perpetuo enfadado con el mundo gusta mucho. La crispación nos pone.

Pero hoy, ya ven, me siento optimista y quiero creer que podemos madurar y mejorar. Estoy escribiendo este artículo pocos días después de conocer el ilusionante Gobierno formado por Sánchez y tras un traspaso de carteras que ha sido definido como cordial y modélico. Vibra cierta esperanza en el aire, un alivio de la cansina acritud, un respiro de nosotros mismos. En fin, quizá hasta consigamos crecer y aprender algo.