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La problemática vecindad de Escocia e Inglaterra

Diario- F. Javier Herrero 10/08/2018
Se acerca la fecha del referéndum de independencia de Escocia. Su relación histórica con Inglaterra hasta la unión de los reinos en 1707 se ha caracterizado por el recelo y el resentimiento
 

Escocia, el territorio de lagos, montañas onduladas y cientos de islas, envuelto casi siempre en una atmósfera de luz tamizada y extraña que te impide saber en qué parte del día te encuentras, centra la atención informativa con su referéndum de independencia según nos vamos acercando al mes de septiembre. La geografía puede haber sido muchas cosas con los escoceses pero si algo está claro, es que aún siendo generosa en belleza, no se lo ha puesto fácil. Rodeados de mar a excepción de su estrecha frontera sur, les ha tocado compartir ésta con Inglaterra, el vecino difícil y complicado con el que ha mantenido una relación de mil años basada en el recelo y los resentimientos generados por tantas guerras. Hace tres siglos se buscó una fórmula de relación más "amable" con la unión de las dos monarquías que, con Gales, formaron la Gran Bretaña.

La primera intervención inglesa de envergadura en los asuntos escoceses se produjo cuando en 1286 el rey Alejandro III murió sin descendencia. La inestabilidad en la que se vieron inmersos los escoceses fue aprovechada por Eduardo I de Inglaterra que apoyó a Juan Balliol, representante de uno de los dos clanes que se disputaban el trono, con la condición de que se sometiese a su protección. Este rey, temeroso de que le ocurriese lo que les pasó a los galeses en 1284 cuando fueron conquistados por el ejército de Eduardo, firmó con Felipe IV de Francia en 1295 la Auld Alliance, una alianza que se mantuvo hasta bien entrado el siglo XVI y que evocaba el proverbio "el enemigo de mi enemigo es mi amigo".

Eduardo I, conocido como Longshanks o Mártillo de los escoceses, decidió invadir el país demostrando ser un enemigo muy duro y de eso pudieron dar fe los ocho mil habitantes de la ciudad costera de Berwick que sintieron en sus carnes las consecuencias del apodo real. Apenas un puñado de ellos sobrevivieron al asedio inglés para poder contarlo. Es aquí donde surge la figura del héroe nacional William Wallace, un noble de segunda fila cuyas correrías contra los ingleses le hicieron ganar un enorme prestigio entre su pueblo. En septiembre de 1297, aliado con otros nobles escoceses, vence al ejército de Eduardo I en la batalla de Stirling. Víctima de una traición, Wallace fue capturado y ejecutado en 1305 en Londres. Mientras tanto, las luchas entre clanes rivales se suceden en Escocia y Robert the Bruce se hace coronar rey en 1306. Varias victorias locales de Robert I preceden al fin de la presencia inglesa en Escocia y ese momento llega en 1314 con la batalla de Bannockburn. Esta victoria garantizará la independencia escocesa por largo tiempo y poco después, en 1371, queda instaurada la dinastía Estuardo, el linaje que reinará en Escocia durante tres siglos.

Francia, aliada de Escocia 

La política matrimonial hispana de los Reyes Católicos, cuya finalidad era el aislamiento de Francia en el panorama europeo, dio sus frutos cuando Enrique VIII de Inglaterra, casado con Catalina de Aragón, se sumó en 1513 a la Liga Santa, creada para apoyar al papa Julio II contra las ambiciones francesas en Italia, y desembarcó en Calais. Los escoceses, leales a los pactos de la vieja alianza con Francia, que mandó algunas tropas para apoyarles, invadieron Northumbria con 35.000 soldados dirigidos por su mismo rey Jacobo IV con el fin de distraer a las fuerzas inglesas de su cuñado Enrique. Ambos ejércitos se encontraron en Flodden Field en septiembre de ese año y los de Escocia sufrieron tal derrota que incluso el rey Jacobo murió en la batalla.

Al final de su reinado, Enrique VIII, harto de ver franceses al norte del Muro de Adriano, forzó en 1543 a la regente de Escocia, María de Guisa, a firmar los Tratados de Greenwich por los que la recién nacida María Estuardo debería casarse con su hijo Eduardo y así, facilitar la futura unión de los reinos. María de Guisa se retractó y Enrique trató de hacer cumplir lo acordado con la intimidatoria estrategia del 'cortejo a la inglesa' (rough wooing), una serie de incursiones militares de desgaste que se prolongaron hasta 1551. En esa fecha ya era rey de Inglaterra Eduardo VI, pero antes se vieron momentos críticos como en 1544 cuando un ejército inglés entró en Edimburgo e incendió gran parte de la ciudad, con la intención de secuestrar a la reina niña. El final de la Auld Alliance llegó en 1560, cuando Isabel I de Inglaterra mediante el apoyo al partido protestante escocés consiguió que los franceses se retirasen de Escocia tras la firma del Tratado de Edimburgo y dejasen de prestar apoyo a María Estuardo. El protestantismo escocés consiguió la renuncia de la obediencia al Papa y en adelante los europeos del continente no lograrían ser parte activa en los asuntos británicos.

Muchos reyes ingleses persiguieron con ahínco la unión de ambos reinos pero, paradójicamente, tuvo que ser el rey escocés Jacobo VI de Escocia el que se ciñó ambas coronas. Cuando Isabel I, la Reina Virgen, murió en 1603, Jacobo hizo valer los derechos al trono que le daba su bisabuela Margarita, hermana de Enrique VIII. La unión terminaba en la dinastía de los Estuardo, ambos Estados continuaron con sus parlamentos e instituciones particulares durante todo un siglo XVII que les trajo fortísimas tensiones internas, incluida la guerra civil. La lucha por el poder se dirimía entre la realeza y el Parlamento inglés, y las luchas religiosas escocesas entre presbiterianismo (los covenanters) y catolicismo.

El Acta de Unión de 1707

A finales de 1705, cuando la relación entre ambos países parecía abocarles de nuevo a la guerra, comenzaron las negociaciones para que se gestase la Gran Bretaña. Los ingleses querían que la Corona fuese a la alemana casa de Hannover y las clases dirigentes escocesas exigieron garantías para la Iglesia presbiteriana y la conservación de su sistema jurídico y educativo. Por otro lado, los escoceses obtuvieron compensaciones económicas por el desastre colonial de Darién de 1698 –el intento de fundar colonias comerciales en Panamá al que se opuso la East India Company inglesa y que no duró más de ocho meses- y acceso sin restricciones a las oportunidades comerciales que ofrecía el imperio en ciernes. El Acta de Unión de 1707 –que casualmente coincide con otro proceso centralizador en España totalmente diferente, que fue la supresión de los fueros de Aragón y Valencia por los decretos de Nueva Planta de Felipe V tras la victoria de Almansa- fue firmado de manera voluntaria por los parlamentos de dos naciones en una atmósfera de oficial igualdad, aunque la posición escocesa fuese más débil. Este contexto explica que los políticos británicos siempre hayan aceptado con tranquilidad el derecho de los escoceses a pedir la secesión en referéndum.

Si el acta se firmó en Escocia fue por el empeño de sus élites. El pueblo escocés no fue partidario de la unión y durante la primera mitad del siglo XVIII las sublevaciones jacobitas, partidarias de los Estuardo, contaron con fuertes apoyos en el norte y entre protestantes disidentes. El esfuerzo final contra los Hannover lo encabezó Carlos Eduardo Estuardo Bonnie Prince Charlie en 1745, pero fue vencido en Culloden por un ejército británico que ya contaba con muchos efectivos de la propia Escocia.

Fueron numerosos los escoceses que participaron de los beneficios que el imperio británico proporcionó a los que se auparon a sus estructuras. Se repartieron empleos brillantes para su aristocracia y su incipiente burguesía se hizo con grandes fortunas del comercio colonial. No pudieron decir lo mismo los habitantes de las Highlands. En la segunda mitad del siglo XVIII se llevaron a cabo las Clearances, eufemismo para describir procesos de desplazamiento forzoso y masivo de población, que desarraigaron a comunidades enteras de sus territorios ancestrales y causaron un gran daño a la cultura y lengua gaélicas. Ese fue el precio que tuvieron que pagar por su apoyo a la causa jacobita.

El independentismo contemporáneo

El movimiento nacional escocés se agrupó desde 1934 en torno al Scottish Nacional Party (SNP), que aglutinó en sus filas a las corrientes independentista y autonomista. En los años setenta consiguió poner la devolution, transferencia de competencias, en el debate político y el Partido Laborista de James Callaghan, tradicionalmente más votado en Escocia, intentó un proceso autonomista en 1979 que no pasó el referéndum por poco margen. Los 18 años de Gobierno conservador de Thatcher y Major apenas trajeron a Escocia, en lo que toca a sus inquietudes nacionalistas, la mítica Piedra de Scone, objeto de veneración que Eduardo I se había llevado como botín de guerra.

Hoy Escocia tiene un Gobierno autónomo presidido por Alex Salmond, político nacionalista inteligente y carismático que, amparado por su fuerte mayoría parlamentaria, ha pactado con Londres la celebración del referéndum vinculante de independencia. El mensaje independentista del SNP ha logrado seducir a un sector amplio de escoceses mientras que, sorprendentemente, muchos ingleses se muestran en los sondeos a favor de la separación. Tras la II Guerra Mundial, el imperio ha quedado reducido a una constelación de islas minúsculas que solo evoca nostalgia y su "pegamento" identitario pierde propiedades. El escritor Andrew Marr, citado por Timothy Garton Ash en este periódico, afirma en The day Britain died (El día en que murió Gran Bretaña): "El imperio hizo a Gran Bretaña. Pero su desaparición puede significar el final de Gran Bretaña". En septiembre, Escocia tiene la palabra sobre su futuro.