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Los fabulosos Lehman Brothers

Diario- Marcos Ordóñez 06/09/2018
Una saga épica, una lección de economía, una comedia musical y un circo ambulante con seis actores descomunales a las órdenes de Peris-Mencheta: Lehman Trilogy, en Madrid
 

Me vuelve Lehman Trilogy como un sueño claro, intenso y zumbón, y con los mismos ecos que me llegaron mientras la veía en Madrid: el ritmazo narrativo de E. L. Doctorow en Ragtime; el juego mítico y circense de Indians, de Arthur Kopit (que Altman llevó al cine), y una rociada de la épica burlesca de Brecht, pero con menos acidez. La obra del dramaturgo Stefano Massini triunfó en su estreno (2012) en el Rond-Point de París, y revalidó gloria a las órdenes de Luca Ronconi (2015: fue su último montaje) en el Piccolo de Milán, del que ahora Massini es director artístico. En 2016, Roberto Romei hizo una estupenda versión catalana en la Villarroel, y ahora han coincidido el montaje de Sam Mendes en el National londinense, con sensacional acogida, y la puesta en el Teatro del Canal a cargo de Sergio Peris-Mencheta y su Barco Pirata, que va camino de convertirse en otro merecido éxito.

Lehman Trilogy cuenta la saga, a lo largo de más de un siglo, de una familia de judíos bávaros que desembarca en el puerto de Nueva York en 1844, y la creación, ascenso y lenta caída de un imperio que empieza con una tienda de algodón en Alabama y acaba comerciando con activos financieros. El capitalismo moderno como una carrera sin límites: acumulación, especulación, caída en el vacío. Los ­Lehman pronto aprenden a lucrarse o a salir adelante con todo tipo de sacudidas: la guerra de Secesión, la ley seca, la Gran Guerra, el crash de 1929, la Segunda Guerra Mundial, y así hasta 1969, cuando Bobbie Lehman muere sin dejar herederos y la empresa pasa a manos de otros amos, griegos y húngaros, manteniendo el apellido original por su prestigio, su leyenda.

Volvamos a la etapa mitológica. Los Padres Fundadores son Henry (Litus Ruiz), alias La Cabeza; Emmanuel (Leo Rivera), alias El Brazo, y Mayer, El Mediador (Pepe Lorente) y más inteligente, al que enviaron a América "para separar a los otros dos en caso de necesidad". Tan potente es ese trío que cuando la ley de vida les aparta del foco se les echa bastante de menos, aunque no les falta fuerza a los siguientes ­Lehman: Philip (Víctor Clavijo), el rey de la palabra; Herbert (Aitor Beltrán), el político, y Bobbie (Darío Paso), el tentacular bisnieto. Los actores (espléndidos, rebosantes de poderío) encarnan a más de 120 personajes. Mascu­linos y femeninos, viejos y jóvenes, pobres y ricos. Seis Magníficos que además cantan, bailan, tocan violín, piano, guitarras, batería, acordeón. Y cuando no protagonizan, dan un paso al lado para narrar o cambiar de apariencia a velocidad endiablada y convertirse en invitados sorprendentes, como Dylan o los Beatles. "Y podrían ser vendedores de crecepelo", como dice su director, con gracia certera.

Tres actos, de unos 50 minutos cada uno, más dos descansos. En su versión original duraba cinco horas. Peris-Mencheta la ha subtitulado Balada para sexteto en tres actos y la ha trufado de canciones: una partitura jubilosa, con pasajes de ragtime, coros yidis (la emotiva joya que cierra la primera parte), música klezmer, espirituales, rhythm and blues, que firman Xenia Reguant, Ferran González, Marta Solaz y Litus Ruiz, que también se encarga de la dirección musical. Sobre un escenario circular, giratorio, Curt Allen Wilmer ha levantado una caja de sorpresas con aire de circo ambulante o barraca de feria, donde pueden brotar todas las épocas y todos los espacios. Las luces de Juan Gómez-Cornejo, con tonalidades entre marrón y sepia, sugieren daguerrotipos en movimiento para las estampas decimonónicas o de comienzos del veinte. Y vaya otro bravo para el deslumbrante y múltiple vestuario de Elda Noriega.

¿Mis escenas favoritas? Elijo solo cuatro porque se me acaba el espacio. Por orden de aparición: 1) el incendio de la plantación (que convierte a los Lehman en intermediarios); 2) la terrible idea de calificar por puntos ("40, de lo espiritual a lo doméstico") a las aspirantes a esposas; 3) el coche Ford T fabricado en 10 minutos; y 4) la caída de títulos y agentes de bolsa del crash de 1929 mientras la compañía canta la muy brechtiana "canción de los suicidios".

Los grandes logros de Massini y de Barco Pirata son hacer amena una compleja historia financiera y conseguir una mirada crítica y empática a la vez: los Lehman, que obviamente no son unos santitos, nos atraen porque tienen la fuerza de los pioneros. Y en su madurez esquivan parecerse a una mezcla entre el señor Burns y el Tío Gilito.

¿Que la historia se podía haber contado en menos de tres horas? Muy posiblemente. Siempre hay algo que sobra, y yo propondría un recorte en la escena de la escuela hebraica. Pero ahora me contradigo, porque echo de menos que Massini se hubiera detenido un poco más en el relato de la bancarrota de 2008, aunque esa ya sería otra historia, con otros personajes. Creo que todavía hay que clarificar algún pasaje (el arranque dual de la tercera parte), pero lo verdaderamente importante, en mi opinión, es que el trabajo, artesanal, cosido a mano y rebosante de alegría, da gusto verlo. Espectaculazo al canto: no se lo pierdan.

"Lehman Trilogy", de Stefano Massini. Director: Sergio Peris-Mencheta. Intérpretes: Litus Ruiz, Pepe Lorente, Aitor Beltrán, Víctor Clavijo, Darío Paso y Leo Rivera. Teatros del Canal (Madrid). Hasta el 23 de septiembre.