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El agradecimiento

Columna- Antonio Muñoz Molina 06/09/2018
Le debo mucho a "Las corrupciones", de Jesús Torbado. Lo más raro de escribir es el lugar que uno puede ocupar en la vida de otro
 

Ahora que ha muerto Jesús Torbado me conforta pensar que tuve la oportunidad de manifestarle la deuda de gratitud que tenía con él. Una novela de Torbado, Las corrupciones, inundó mi vida, mi manera de pensar, mis expectativas, mis rebeldías, mi vocación, cuando tenía 16 y 17 años. Los libros llegaban entonces a mí por azar, porque no tenía a nadie que me orientara. Hasta unos pocos años antes mi mayor influencia había sido Julio Verne, sobre todo sus dos novelas prodigiosas sobre el capitán Nemo, 20.000 leguas de viaje submarino y La isla misteriosa. El Círculo de Lectores y la biblioteca municipal de mi ciudad natal me proveían oportunidades de descubrimiento: García Lorca, Neruda, Bécquer. También libros de mucho éxito comercial que devoraba con entusiasmo idéntico: Papillon, recuerdo, El retorno de los brujos. Leía cualquier libro prometedor que cayera en mis manos y a veces lo compartía con mis amigos. Leía Sinuhé, el egipcio, buscando, como todo el mundo, los pasajes eróticos; leía Diario de Daniel, un bodrio de catolicismo existencial para adolescentes angustiados.

En aquel mundo con tan pocos libros, cada tres meses aparecía el vendedor a domicilio del Círculo de Lectores, con su revista llena de novedades excitantes y su boletín de pedido. Lo rellenaba uno con dos o tres títulos y al cabo de muy poco tiempo el hombre del Círculo regresaba con los libros bajo el brazo, con su solidez alemana de encuadernación y diseño. Yo no tenía ningún criterio: podía adquirir al mismo tiempo Crimen y castigo y Las sandalias del pescador, y leer el uno tras el otro, con apetito de omnívoro, sin notar mucha diferencia. Cuando llegó la gran expansión lectora de los años ochenta en España, que habría sido más amplia y sostenida si a algún Gobierno le hubiera importado de verdad la instrucción pública, estoy seguro de que una parte decisiva de aquel impulso vino del Círculo de Lectores. De qué otro modo podían llegar a un lector, a una lectora aislada en una provincia española, Cien años de soledad, La casa verde, los cuentos de Onetti o de Borges.

A todos ellos los empecé yo a leer en el Círculo. En su colección de novela contemporánea española descubrí Últimas tardes con Teresa, sin saber nada de Juan Marsé, que entonces era un escritor de treinta y tantos años. Fue leyendo a Marsé como supe por primera vez que las novelas podían tratar de gente común y del mismo mundo real en el que yo vivía. Poco después, leyendo Las corrupciones, la influencia que recibí iba más allá de la literatura: en parte porque se conectaba con algo que me importaba entonces tanto como los libros, que era la música pop; en parte porque constituía una invitación directa a vivir otra vida.

Jesús Torbado cultivaba un género que aquí no existía, porque tampoco existía la cultura beat que lo ­había originado. En España, a mediados y finales de los sesenta, no había novelas que se parecieran a On The Road o a The Dharma Bums, y no solo por falta de escritores como Jack Kerouac, sino hasta de carreteras adecuadas sobre las que proyectar aquellos sueños de viajes. Un compañero del instituto había empezado a leer a Kerouac en la biblioteca de Úbeda (todavía me pregunto por qué caminos habría llegado allí), y queriendo seguir su ejemplo nos convenció a otro amigo y a mí para que emprendiéramos un viaje de aventura en ­autostop. Dadas las circunstancias, nuestro viaje de beatniks de pueblo y vagabundos del Dharma nos llevó hasta Baeza, que está a ocho kilómetros de Úbeda. Teníamos la música, pero nos faltaba la letra. Teníamos un impulso visceral de rebeldía, pero nuestra penuria y nuestro entorno social reducían nuestras expectativas impacientes a la escucha de unos cuantos discos que irradiaban un fulgor de explosiones estelares remotas —­Abbey Road, Jim Morrison, Jimi Hendrix, Janis Joplin— y a la lectura igual de reiterada de Las corrupciones.

El efecto de la novela era tan inmediato, tan contemporáneo como el de la música. Nunca habíamos leído nada semejante. El protagonista se nos parecía como un hermano mayor que nos hubiera tomado la delantera: un seminarista que abandona los hábitos poco antes de ordenarse y se lanza al mundo, con muy poco equipaje y sin ningún plan, dejándose llevar por el azar de los ­automovilistas que lo recogen en los arcenes de las carreteras. La trama de la novela es tan abierta como el porvenir de su protagonista fugitivo. La lengua en la que está escrita tiene la naturalidad urgente del habla y de la inmediatez de lo vivido, no los resabios culturales de la literatura. En la literatura española de esa época no había hippies, ni mujeres jóvenes que viajaran solas por Europa y compartieran amores carnales y fugaces con desconocidos, ni capitales extranjeras a las que llegar con una mochila al hombro y en las que encontrarse sin ningún esfuerzo con otros vagabundos de aquella fraternidad internacional que probablemente era sobre todo un bello espejismo, "la Europa de los jóvenes", según la llamaba el propio Torbado en otro libro suyo de viajes que también leí una y otra vez.

Algunos de nosotros empezaban a comprometerse en las severidades arriesgadas de la militancia antifranquista. Jesús Torbado nos ofrecía el ejemplo, la tentación, el sueño, de una rebeldía más tangible y tal vez más liberadora, porque calaba más hondo que las abstracciones ideológicas a las que se entregaban nuestros amigos más politizados. Yo quería irme cuanto antes y vivir a salto de mata por las capitales de Europa viendo mundo y enamorándome de nórdicas rubias parecidas a las que enamoraban al protagonista de Torbado. Yo quería vivir todo aquello y al mismo tiempo contarlo en una novela. Y como era muy joven y muy pobre y no podía irme, me conformaba escribiendo en mi casa bocetos de novelas futuras que se parecían a Las corrupciones.

En la adolescencia parece que el porvenir no va a llegar nunca. Muchos años después conocí a Jesús Torbado y tuve la alegría de darle las gracias por todo lo que le debía a aquella novela, tan lejana ya para él y para mí. Lo más raro de escribir un libro es el lugar que uno puede ocupar sin saberlo en la vida de un desconocido.