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La batalla sueca

Columna- Sami Naïr 09/09/2018
Las fuerzas progresistas europeas están ya en una encrucijada. Deben ofrecer, urgentemente, una alternativa para renovar Europa
 

Los resultados de las elecciones en Suecia, como en Italia, Austria y últimamente Alemania, no son buenos para Europa. El avance del extremismo xenófobo parece imparable, la inmigración sirviendo de leña en el fuego encendido frente a los refugiados en 2015. El caso de Suecia demuestra, como si fuera un modelo puro, el núcleo duro de la naturaleza de la crisis actual: no se trata sólo de las consecuencias de la política de austeridad, llevada a cabo bajo la batuta alemana durante estos últimos diez años, sino, más inquietante aún, de la cuestión identitaria nacional. Pues asistimos por doquier en Europa a la articulación explosiva de un doble rechazo que vincula perversamente la inmigración y la Unión como proyecto colectivo. Es la época del retorno de las naciones y todavía no sabemos si eso significará una regresión duradera en el proceso europeo o sólo una crisis de adolescencia, el pasaje difícil a la edad adulta de la Unión. Lo que sí es cierto es que todo puede ocurrir en una Europa carente de una orientación común sólida para superar sus dificultades.

Suecia —modelo antirracista y progresista con décadas de trayectoria— entra, a su vez, en el peligroso ciclo en el que han caído varios países del norte de Europa e Italia. El partido de los Demócratas Suecos afirma su fuerza, desestabilizando el mapa político sueco. Derechas y socialdemócratas tendrán que tomar decisiones difíciles, igual que en Alemania. Cualquiera que sean los acuerdos, ralentizarán la necesaria reforma de Europa e institucionalizarán, como en Austria e Italia, una política de extranjería dura. Una nueva época se esta abriendo. La opinión pública europea está a la espera de recibir respuestas eficientes por parte de los partidos dirigentes, de cualquier bando que sean: ¿qué hacer frente a la inmigración considerada tanto un desafío identitario como una amenaza de competición social por poblaciones más inseguras que nunca? ¿Qué hacer para acabar con la crisis social europea? Dos interrogantes que están provocando lenta pero seguramente el estallido de Europa.

La respuesta a la primera cuestión deviene cada vez más, por parte de los Estados, en la consolidación de un proceso insolidario de renacionalización de las políticas migratorias; los países fronterizos no reciben ayuda suficiente y es incluso probable que el próximo Parlamento Europeo, en 2019, se incline —bajo la presión de la derecha y de la extrema derecha que podrán conseguir un importante peso— hacia la legitimización de la regresión nacionalista y dura en política de asilo. La segunda pregunta, lancinante desde 2008, dependerá de si Alemania, para salvar Europa, aceptara cambiar la política monetarista prevalente, impulsando un relanzamiento económico centrado en empleo. De todos modos, que Suecia, después de Austria e Italia, caiga —o no— en la cesta del extremismo xenófobo y Alemania siga —o no— su camino actual, las fuerzas progresistas europeas están ya en una encrucijada. Deben ofrecer, urgentemente, una alternativa para renovar Europa.