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El valor de las historias

Diario- Antonio Jiménez Barca 05/10/2018
Juan Pablo Villalobos expone las razones de los niños centroamericanos para hacer un viaje peligroso a Estados Unidos
 

A veces una historia lo explica todo. En el libro de no ficción Yo tuve un sueño (editorial Anagrama), escrito por el novelista Juan Pablo Villalobos, hay varias. Pero sobre todo hay una, titulada "El otro lado es el otro lado". En ella, aparece un chico gordo de unos 14 años que regresa de la escuela caminando por una calle de una ciudad de El Salvador. Lleva la mochila a la espalda cargada de libros y cuadernos y en la mano una bolsa de patatas fritas que comistrea mientras anda. Va despacio porque está gordo, porque hace calor y porque está cansado. Ha estado en casa de un compañero haciendo un trabajo de clase.

A la mitad del camino le sale al paso un miembro de la Mara Salvatrucha, una de las pandillas violentas de adolescentes que controlan los barrios de Honduras, Salvador y Guatemala. Acusa a Santiago, el escolar gordo, de haber estado en la parte de la ciudad controlada por una pandilla enemiga, la de Los Mierdas. Los dos saben que haber cruzado esa frontera invisible sin una buena excusa basta para recibir una paliza o un balazo sin más preguntas. El chico gordo explica al pandillero que ha estado en casa de un compañero de clase. Añade como salvoconducto que conoce algo al Yoni, uno de los jefecillos de la mara en esa zona.

Van a casa de Yoni a comprobarlo. Por el camino el pandillero le quita la bolsa de patatas fritas. El Yoni lo confirma. Cuando todo está a punto de aclararse, el Yoni recibe un telefonazo alertándole de que la policía le anda buscando. Tras colgar, ordena al estudiante gordo que esconda en su casa un paquete de heroína. El otro se opone tímidamente. Pero el Yoni insiste. Para que lleve el paquete hasta allí, le vacía la mochila de los libros de la escuela, de los cuadernos donde está el trabajo que acaba de hacer. El Yoni emplaza después al pandillero a que vaya a casa del gordo en un par de días a recoger el paquete. El estudiante percibe (y el lector lo percibe con él) cómo su vida —hasta entonces lejos de las maras— se está yendo al diablo en ese preciso momento. Cuando el pandillero, días después, va a casa del gordo, descubre que ha huido a Estados Unidos. Es su abuela la que le entrega el paquete sin dirigirle la palabra.

Todo está ahí: las razones que empujan a uno a emprender un viaje peligroso sin billete de vuelta, el miedo a quedarse, el sabor de la vida cuando se vuelve una ratonera. En eso radica la potencia del relato, en su capacidad para explicar lo que sucede a un chico de 14 años en un rincón de Centroamérica que, en el fondo, es lo que sucede en toda Centroamérica. El microscopio literario aplicado a la sociología. Villalobos ha escrito una decena de historias que narran el porqué y el cómo del viaje de algunos menores de esos países centroamericanos descompuestos a Estados Unidos. Están basadas en entrevistas personales. Son relatos breves y muy breves, directos, narrados con la técnica del buen escritor de cuentos, donde se utiliza consecuentemente el punto de vista y una vertiginosa economía de medios, donde el narrador desaparece para dejar que los protagonistas enseñen sus existencias desnudas y en bancarrota. Por el libro desfilan niñas retenidas en una sala del departamento de migración de Estados Unidos que se turnan para dormir en una habitación abarrotada, una de pie y otra tumbada; o dos primas que viajan con el niño de días de una de ellas y que tienen que decidir en cuestión de minutos si siguen adelante y cruzan el río agarrados a una maroma jugándose la vida del bebé o si se dan la vuelta y regresan al laberinto. Es una aterradora historia de coraje y desesperación.

El epílogo que firma el periodista Roberto Arce aporta información puntual sobre el número de estos refugiados de menos de 18 años que no residen en un país en guerra, pero que sufren las consecuencias de una guerra. Llegar a esos datos después de haber leído un puñado de historias de personas como Santiago, el estudiante gordo de las patatas fritas, es también aterrador.

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