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El barco de 1910 que cuida del Mediterráneo

Diario- Jaime Ripa 10/10/2018
A bordo de un antiguo pesquero noruego, la asociación Alnitak trabaja por la protección de áreas marinas y estudia los microplásticos y sus efectos
 

Atrae miradas y selfis. Los turistas se acercan y preguntan, hastiados de los yates clónicos que se esparcen en el puerto de Mahón (Menorca). Suelo de madera, mástiles, velas y un capitán con patillas blancas que sonríe como si acabara de enfrentarse a Moby Dick. Es el Toftevaag, un queche noruego de 1910 que nació como pesquero de arenques y que hoy es el cuartel general flotante de Alnitak, un grupo de biólogos, ecologistas y voluntarios que velan por la biodiversidad y la limpieza del mar Mediterráneo.

"Somos como un blablacar científico", ejemplifica Ricardo Sagarminaga, ecologista hispano-holandés de 54 años y fundador en 1989 de la asociación. Sagarminaga, que empezó su andadura ambiental hace tres décadas en Greenpeace, estima que en la actualidad el proyecto cuenta con casi 4.000 socios de 90 países diferentes. A la tripulación de investigadores habitual de las expediciones, de unos cinco miembros, se suman voluntarios de todo el mundo que llegan seducidos por el peculiar navío y salen empapados de la filosofía de la tripulación: aquí solo se consumen alimentos de proximidad y ecológicos y el agua potable viene de una desaladora instalada para evitar la compra de botellas de plástico. Según cálculos de la asociación, medidas con las que han reducido su generación de basura en un 90%.

Alnitak centra sus misiones en el seguimiento de las poblaciones de tortugas, aves marinas, atunes y cetáceo (como el cachalote o la ballena picuda); la conservación y limpieza de las aguas y la recolección de datos científicos para que se protejan más espacios marinos. En este último capítulo, cuenta Sagarminaga, autor de la restauración del Toftevaag (lugar de encuentro en nórdico antiguo), han participado en la constitución de 14 áreas protegidas. También se han sentado con asociaciones de pescadores para, evidencias en mano, atajar el by-catch, la pesca accidental. E incluso con sectores como transporte marítimo, con el que cambiaron las rutas de navegación del 25% del tráfico marítimo mundial, o defensa, con el que acordaron ajustar el uso sónares en el mar de Alborán para proteger a la ballena picuda. "Creemos en la gestión basada en ciencia y en la no confrontación", entiende el fundador.

En busca de microplásticos

En el barco, a pocos kilómetros de la costa mahonesa, Maurice White, el capitán inglés de aires novelescos y fácil conversación, anuncia que se avecina tormenta. Dará tiempo a navegar unas horas en la calma matutina. El objetivo de la jornada es recoger plásticos del mar y de una playa cercana, una acción auspiciada por el proyecto Libera, coparticipado por Ecoembes y SEO/Birdlife. Jasmine Spavieri, bióloga italiana de 33 años y una de las veteranas de la tripulación, lanza al agua un aparato que se asemeja a una manta raya. Pasados 30 minutos, el artefacto emerge y el grupo escudriña lo capturado por su filtro. Se observan minúsculas teselas de colores, duras y desgastadas. Son microplásticos, trocitos de menos de cinco milímetros, que el grupo reportará a 5Gyres, una institución que ha puesto a disposición de miles de grupos de investigación una herramienta común para el seguimiento de estos fragmentos.

"Encontramos muchos pellets. Son las bolitas que se utilizan en la industria plástica", señala Carlota Vialcho, bióloga marina de 26 años. "Muchas criaturas marinas [crustáceos, cefalópodos, ballenas, aves] ingieren estos microplásticos que, a su vez, son comidos por especies situadas más arriba en la cadena trófica, como por ejemplo el atún". Spavieri interviene y muestra un trozo de poliestireno cubierto de protuberancias verdosas: "Hay mucha vida acuática que está creciendo sobre el plástico", denuncia. "Algas y microbios viven en estos ecosistemas que no conocemos y además viajan a partes del océano donde no existen naturalmente. También hay investigaciones que dicen que hasta el plancton empieza a preferir los plásticos a su alimentación normal".

La expedición llega a una pequeña playa rocosa. En solo cinco minutos de batida, la suiza Anna Suter, otra tripulante que se ocupa de documentar las misiones del barco, agita en el aire varios desechos: plástico, metal herrumboso, madera, latón. "Y eso que vinieron a limpiar ayer", se lamenta Spavieri, que apunta que en la campaña estival han recolectado 40 metros cúbicos de basura. Todos estos desperdicios, tanto de tierra como de mar, se introducen en la app MARNOBA, una plataforma de ciencia ciudadana para mapear y poner cara a un mal que afecta a un millón de aves marinas y 100.000 mamíferos y tortugas. "Es importante conocer qué tipo de residuos hay, de qué están hechos, cuál es su concentración", considera Elena López, del proyecto Libera. "Solo así se pueden poner en marcha medidas específicas para prevenir y sensibilizar".

¿Adónde van las tortugas?

Las aguas profundas en torno al archipiélago de Cabrera y Menorca, la zona en la que ha operado este verano el Toftevaag, son uno de los puntos calientes de biodiversidad del planeta. Hace pocos meses tuvo lugar la primera observación documentada en 40 años de un tiburón blanco. "A la gente le cuesta ver más allá del chiringuito y la playa: aquí hay cachalotes, tiburones peregrino, mantas raya", reivindica Sagarminaga.

Alnitak maneja una de las bases de datos de seguimiento de cetáceos y tortugas más extensas de Europa. Este último animal, en su variedad caguama, es el protagonista del programa Oasis-Tortugas Oceanógrafas, en el cual colabora con la estadounidense National Oceanic and Atmospheric Administration y el Sistema de Observación Costero de las Illes Balears. Los biólogos quieren profundizar en las costumbres de esta especie, de las que no se sabe mucho. "Mediante marcaje satelital vemos dónde van, dónde comen, cuáles son sus patrones de inmersión, cómo usan su hábitat y dónde se establecen cuando no las podemos ver", desarrolla Spavieri. "Podemos seguirlas hasta Florida y el Caribe. Una de estas tortugas puede atravesar el océano dos o tres veces en su vida".

También se quiere ahondar en sus vulnerabilidades. Una de ellas es la basura marina, esa misma a la que ha dedicado la mañana la tripulación del Toftevaag. La misma que enreda, asfixia e intoxica a centenares de tortugas caguama, una especie que disminuye en número año a año, advierte Spavieri. "Es importante saber más de ellas. Estudiarlas. El conocimiento es una de las mejores herramientas que tenemos para protegerlas".