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Volviendo la vista al mar

Columna- Ignacio Medina 07/12/2018
La Ruta de las Caletas es una idea chica y recogida, casi familiar, que marca alguna de las muchas tareas pendientes en la relación de los chilenos con el mar
 

La fiesta del mar llegó a Coquimbo el tercer sábado de noviembre. Unos cientos de vecinos de la comuna, anclada frente al mar al norte de Santiago de Chile, se reunieron alrededor de los pescadores artesanos de la zona en una mañana dedicada a mostrar a los consumidores los productos del mar y el trabajo de los pescadores, recolectores, buzos y mariscadores locales. El programa era sencillo pero llamaba la atención. Demostraciones de cocina con las especies que se pescan, se cultivan o se recolectan en la zona, lecciones a cargo de pescadores y cocineros y encuentros entre restaurantes de la ciudad y pescadores artesanos que operan desde la caleta de Coquimbo y otros puertos pesqueros cercanos, como los de Tongoy, San Pedro, La Herradura y Puerto Aldea. Era la segunda parada de La Ruta de las Caletas, una iniciativa nacida para poner en valor la riqueza pesquera del país mientras se empieza a cambiar la relación de las poblaciones costeras con el mar, mostrando el trabajo de los pescadores artesanos y reivindicando el consumo de especies locales. Arrancó en Quillota a comienzos de noviembre y continuará su recorrido por el litoral chileno entre diciembre y enero de 2018. Hará las próximas paradas en Coronel y Arauco, el 14 y el 17 de diciembre. Temuco y Valdivia esperan fecha.

La Ruta de las Caletas es una idea chica y recogida, casi familiar, que marca alguna de las muchas tareas pendientes en la relación de los chilenos con el mar. Cobró vida en 2016, va por su tercera temporada y es una de las actividades que impulsa el Fondo de Fomento para la Pesca Artesanal, un organismo dependiente del Ministerio de Economía, Fomento y Reconstrucción, comprometido con la búsqueda de caminos que ayuden a resolver la gigantesca brecha que define la actividad pesquera en aguas de Chile. También es un escaparate de la paradoja que enmarca esa relación más bien esquizofrénica que los chilenos mantienen con el mar.

El país se estira a lo largo del Pacífico —unos 4.900 kilómetros de litoral costero, alrededor de 8.000 si se incluye la Antártida— pero vive prácticamente de espaldas a él. Disfruta de una increíble riqueza pesquera, en volumen y variedad, con especies únicas, endémicas de sus aguas, pero apenas llegan a la mesa de los chilenos y son poquísimas las que aparecen en las cartas de los restaurantes. Las cifras de consumo medio por habitante y año son tremendas: apenas 13 kilos de pescado frente a 83 de carne. Las capturas van mayoritariamente al exterior. El litoral del país acoge 462 caletas de pescadores, pero la pesca industrial se concentra en siete familias, agrupadas en cuatro empresas que ostentan de forma indefinida, gratuita y parece que hereditaria la titularidad de los derechos de explotación en aguas territoriales. Entre las cuatro superan el 90 % de las capturas del sector industrial. Frente a ello, la pesca artesana reúne a más de once mil armadores y genera casi 100.000 empleos, entre pescadores, recolectores, buzos y mariscadores, sector que incluye moluscos y algas.

El recetario marino del país es casi infinito, pero eso no ha impedido la coincidencia de todas las asociaciones, cooperativas y agrupaciones implicadas en las actividades de cada parada en la Ruta de las Caletas. Llegado el momento de elegir el plato que se reparte gratuitamente a los asistentes a la fiesta, todos eligieron el tradicional pan con pescado frito: pan marraqueta, chicharrón de pescado y ensalada chilena. La transversalidad que rige los trayectos de la cocina del país —los mismos cuatro o cinco platos repetidos en todos los rincones de Chile, por encima de los recetarios locales— se repite cuando la cocina mira al mar.

La Ruta de las Caletas es uno de los 16 programas de trabajo que mantiene el Fondo de Fomento para la Pesca Artesanal. Una parte se concentra en el fomento de consumo, como La Ruta de las Caletas, los más importantes buscan el desarrollo de una industria acuícola a pequeña escala y algunos más al estímulo de redes comerciales concentradas en torno a la pesca sustentable, como Sello azul, una red de restaurantes comprometidos con el consumo responsable de pescado, o el programa Del mar a mi mesa.