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Una Villa Rotonda del siglo XXI

Diario- Anatxu Zabalbeascoa 07/01/2019
Emilio Tuñón actualiza la famosa villa de Palladio arraigando la modernidad y cambiando solemnidad por sobriedad
 

Lo que no es tradición es plagio. Esa idea de Eugenio d"Ors que empuja a digerir el conocimiento para volver a alumbrarlo es la que mejor describe la casa que Emilio Tuñón ha construido en Cáceres.

Aunque hay una arquitectura que busca representar a su tiempo, tal vez uno de los mayores logros de un edificio sea lo contrario: quedar fuera del tiempo. No sucede solo con inmuebles que revisan estilos clásicos, ocurre también con la vanguardia. Hay casas de principios del siglo XX —la Schroeder de Gerrit Rietveld o las de los profesores de la Bauhaus de Walter Gropius— para las que todavía no ha llegado el momento. Aunque la sobriedad y la prudencia vacunan contra el desgaste de las modas, la arquitectura se desentiende del tiempo cuando lo que aporta es más que esencial, sustancial, es decir, cuando establece una manera de relacionar el enclave y las personas.

Esta Casa de Piedra concita expectación porque deja ver cómo uno de los grandes arquitectos actuales —autor del Musac de León o del Museo de las Colecciones Reales de Madrid— trabaja en la escala pequeña. También porque Tuñón había diseñado muy pocas viviendas y siempre con su desaparecido socio Luis Moreno Mansilla. Así, este proyecto —firmado con Carlos Martínez Albornoz— evidencia un ideario maduro que antepone las necesidades de los otros a las de marcar el lugar. Lo hace respetando las encinas y recostándose en la ladera para mirar la ciudad. La cuarcita local relaciona el nuevo edificio tanto con el solar, en la Sierrilla de Cáceres, como con el centro histórico, donde Tuñón remodeló la Fundación Helga de Alvear —a punto de inaugurar su ampliación— y el hotel Atrio actualizando la huella arquitectónica humilde y sin embargo regia de la ciudad.

A este palacio de casi 500 metros es el respeto al sitio y la reinterpretación de la tradición, y no los oropeles o el tamaño, lo que le confiere nobleza. Volumétricamente, es un prisma de planta cuadrada agujereado con tres huecos en cada una de sus cuatro fachadas. El granito enmarca esas aperturas. En el interior, nueve estancias rodean la magistral escalera central que organiza la circulación. Son todas iguales. Pero su suma —para el salón-comedor o si se descubre la cocina tras una corredera— modifica y rehace el espacio. La planta cuadrada, la simetría en torno a la escalera y la comunicación de las estancias con el exterior remiten a la vez a la Villa Rotonda de Palladio —llamada así por la perfección del círculo imaginario en el que se inscribía su planta cuadrada— y al despojo que Adolf Loos pregonaba desde su lucha contra el ornamento. Por eso, la casa no puede ser más clásica ni más contemporánea a la vez: desnudando el orden renacentista y vistiendo la modernidad, pasa a formar parte del lugar. Tan arraigada en la sierra como en la tradición, se le adivina un futuro fuera del tiempo de fácil mantenimiento —el que favorece la piedra— y con ambición de que la vegetación —incluido el paisajismo de Benavides Laperche— mande pronto sobre ella.

El interior es un ejercicio de ebanistería y matemáticas. La base cálida de roble sirve para ocultar las instalaciones. La parte superior respira pintada de blanco y liberada de ruidos visuales. Un orden que no esclaviza caracteriza la casa, recoge las necesidades de los usuarios para que sean ellos los que se apropien de los espacios.

Sobre el mantenimiento de los edificios está casi todo por escribir. Tenerlo en cuenta implica pensar en las personas. Ayudarlas no solo en los momentos felices —la inauguración—, sino previendo también los difíciles: la limpieza o el día en el que el servicio doméstico desaparezca. Han sido esos instantes los que han acabado con el sueño de las mejores viviendas del siglo XX. Las que permanecen, fuera del tiempo, se mantienen también por su previsión. Tener en cuenta el esfuerzo de los usuarios en las décadas futuras confiere más autoridad a un arquitecto que cualquier gesto arquitectónico.

Por eso esta vivienda de Emilio Tuñón es a la vez un marco para que suceda la vida y una capa más de suelo en el lugar. Cede el protagonismo a la vegetación y a las personas sin dejar de recordar que la mejor arquitectura ordena, pero no da órdenes.