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Rania de Jordania se rebela: quieren que la juzguen por su trabajo y no por su ropa

Diario- Maite Nieto 04/03/2019
La esposa de Abdalá II se une al club de las mujeres de gobernantes que reclaman que valoren su trabajo y su preparación profesional frente a ser consideradas simples maniquíes de moda
 

Hace 20 años que Rania de Jordania se convirtió en reina a los 28 años por una de esas carambolas del destino. Su esposo, ahora el rey Abdalá II, no era entonces el heredero del trono de Jordania, lo era su tío. Pero el entonces rey Hussein decidió casi en su lecho de muerte, que Abdalá era su mejor sucesor. El 7 de febrero de 1999, Abdalá II fue investido rey de los jordanos y Rania era coronada por su propio esposo el 22 de marzo de ese mismo año y se convertía así en la reina más joven del mundo.

Guapa, de origen plebeyo, hija de médico y familia palestina que en los años sesenta tuvo que huir de Israel para instalarse en Kuwait, Rania Al-Yassin, tuvo una educación occidental. Estudió Gestión Empresarial en la Universidad Americana de El Cairo y en Ammán, la capital jordana –adonde su familia se había trasladado huyendo de la ocupación iraquí de Kuwait y de la Guerra del Golfo– , trabajó en Apple. Desde el flechazo que existió entre la pareja durante una cena a la que ambos asistieron hasta ahora, han cambiado muchas cosas en la vida de la reina Rania. Una de ellas, es estar sometida a revisión pública de la mañana a la noche en todos los actos a los que acude en solitario o acompañando a su esposo en cualquier parte del mundo. Otro aspecto que también ha variado es que sus esfuerzos por participar y apoyar iniciativas dentro y fuera de su país para mejorar la vida de la sociedad jordana, quedan eclipsados por los comentarios sobre su estilo y vestimenta.

La reina Rania es consciente, como lo son otras muchas consortes de gobernantes del mundo, de que presentarse adecuadamente en cada acto que requiere su presencia es dar imagen de su país y de la institución a la que pertenece pero, en una entrevista a la revista Harper"s Baazar Arabia con motivo del 20 aniversario de la llegada al trono de la pareja, no ha dudado en cuestionar que el baremo más importante para valorarla sean las prendas que luce frente a la labor que realiza. "Por supuesto, una de las desventajas de ser una mujer en el ojo público es que siempre habrá comentarios sobre mi atuendo y apariencia", afirma Rania en dicha entrevista. Pero aunque asegura ser muy consciente del deber que tiene para representar a su país, especifica que usa la moda de un modo modesto más acorde con su forma que con seguir las últimas tendencias. Y hace especial hincapié en un aspecto que concreta en la siguiente frase: "Al final del día espero que sea mi trabajo lo que me defina, no mi vestidor".

No es la primera vez que su estilo impecable –que le ha hecho ganarse el calificativo de icono de la moda de la boca de la mismísima Oprah Winfrey– le ha provocado un dolor de cabeza. Hace unos meses su oficina tuvo que emitir un comunicado para justificarse frente a los ataques que acusaban a Rania de frívola y derrochadora por haberse gastado 267.000 euros en ropa a lo largo de 2018, según una estimación publicada por el blog UFO No More. En el comunicado se detallaba que mucha de la ropa que lucía la reina Rania era "prestada, ofrecida como regalo por las casas de moda o comprada a precios especiales de descuento". Cierto o no, ya que la veracidad de esta información es imposible de comprobar porque la Casa Real jordana no hace públicos los gastos de ropa, peluquería o tratamientos de belleza, el comunicado señalaba otro aspecto interesante: "Centrarse en la ropa y en los gastos en moda de las mujeres de los líderes políticos, acusándolas de derrochadoras no es algo nuevo y ha sido explotado históricamente como un arma política".

El mensaje además de ser una forma de justificación esconde también la contradicción que subyace siempre cuando se valora a una mujer representativa: se la critica si gasta en moda, se la critica también si no va adecuadamente vestida y muchos juicios sobre su labor pasan desapercibidos en los medios frente a la buena o mala elección de un estilismo determinado. Un baremo que en ningún caso se emplea con sus equivalentes masculinos, cuya forma de presentarse ante el mundo puede ser más monótona pero no necesariamente más barata.

Rania de Jordania, además de ocuparse de la crianza de los cuatro hijos que ha tenido junto a Adbalá II, es una de las mejores embajadoras de su país en el exterior, donde habla sin descanso y con contundencia para buscar soluciones al problema de los refugiados. Jordania ha acogido cerca de 1,3 millones de refugiados sirios desde que comenzó la crisis de este país en 2011. La reina lo recuerda en su entrevista con Hapers Baazar: "No podíamos rechazar a personas inocentes que huían de la guerra, la muerte y la desesperación. (…) El miedo es una emoción poderosa y, en el incierto mundo de hoy, se ha convertido también en una poderosa fuerza política".

Rania de Jordania colabora con Unicef, defiende la abolición de los crímenes de honor en su país, lucha por la educación de los niños, defiende la fuerza y preparación de la mujer árabe, aboga por la compasión y la tolerancia del islamismo frente a lo que denomina "minoría que comete crímenes atroces en su nombre", lucha contra el techo de cristal que afecta a todas las mujeres y en especial invisibiliza a muchas mujeres del mundo árabe, utiliza y es activa en las redes sociales y decidió no llevar nunca velo –salvo cuando visita mezquitas – una actitud que le ha generado no pocas críticas en su propio país y en otros de religión islámica.

Pero su actividad se apaga ante el acierto o desatino a la hora de elegir un vestido o cuando la atención se centra en sus evidentes retoques estéticos. Ella no es la primera ni será la última en sufrir este estilo de juicio. En España son mayoritariamente abrumadoras las noticias que analizan el atuendo de la reina Letizia frente a las que se ocupan de en qué centra su actividad profesional como consorte del Rey. Lo mismo le ha ocurrido a Máxima de Holanda, experta en microcréditos, y a Kate Middleton y Meghan Markle, esposas respectivamente de Guillermo y Enrique de Inglatera, por poner algunos ejemplos.

Ni siquiera se libran del estigma las mujeres que ocupan la Casa Blanca. Michelle Obama ha contado en sus exitoso y reciente libro de memorias, Mi historia, su sorpresa cuando se encontró inmersa en la vorágine de la campaña electoral de su marido y cuando, después de que él fuera elegido presidente, llegó al puesto de primera dama. Respecto a su atuendo Barack Obama estaba listo en un par de minutos, ella tuvo que asumir que además de analistas que la ayudaran a perfilar las prioridades que quería para su puesto de trabajo, debía contar con un equipo de estilistas que se ocupara de elegir sus vestidos y con un maquillador y un peluquero que formaban parte de su día a día. Eso por mucho que en su proyecto como consorte del presidente de Estados Unidos estuvieran mucho más presentes la educación o la alimentación de los niños, entre otras de las muchas causas en las que centró sus objetivos durante los ocho años que duró el mandato de su marido.