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Los olvidados egipcios

Diario- Javier Ocaña 14/03/2019
La ópera prima de A. B. Shawky no pasa de la exótica curiosidad; eso sí, con un bellísimo instante en su desenlace,
 

A pesar de su fulminante salida de la cartelera mexicana, masacrada por las denuncias de los sectores más reaccionarios del país, Los olvidados, de Luis Buñuel, fue seleccionada unos meses después por el Festival de Cannes de 1951, certamen enamorado de su cruel visión de la pobreza, de sus despojos de la sociedad y sus tullidos, con el valor añadido de poder presentar una película alejada de las cinematografías reinantes en el mundo. Buñuel ganó el premio a la mejor dirección, recuperó una carrera entonces a la deriva, y el resto es historia.

Sesenta y siete años después, Yomeddine, otra obra de cinematografía alejada del poder, la egipcia, protagonizada por seres humanos despreciados por su propia comunidad, y con personajes de innegables parecidos con los de Buñuel, también fue premiada con el prestigio de poder participar en su sección oficial a concurso, a pesar de estar dirigida por un primerizo: A. B. Shawky. La acogida, sin embargo, fue bien distinta el pasado año. Donde en Buñuel había cuchillo largo, aquí hay pincel corto. Habrá quien prefiera la caricia a la puñalada, y la película y su presencia en Cannes son, desde luego, síntoma de los tiempos. Pero la ópera prima de Shawky no pasa de la exótica curiosidad. Eso sí, con un bellísimo instante en su desenlace, quizá el único donde los valores cinematográficos se imponen a los políticosociales, que sí que son obvios y amplios. Un maravilloso susurro de cine, un compendio de imagen y texto en off, el mejor augurio de un artista quizá por llegar.

Película de carretera protagonizada por un leproso cristiano y un niño huérfano, en busca de la familia del primero, que lo cree muerto, Yomeddine está narrada a través de un espíritu que siempre busca el confort a pesar de la dureza del camino. Entre su acumulación de situaciones dramáticas, siempre hay una serie de circunstancias felices, empáticas y casi cómicas, lo que provoca que en su relato no haya gama de grises y sí simples blancos y negros vitales poco plausibles.

Y ahí, en sus paralelismos con Los olvidados, resalta la lucha por una esquina para la mendicidad entre el leproso y el hombre sin piernas que, como el de Buñuel, anda sostenido por la fuerza de sus manos contra el suelo. Una secuencia que ejemplifica cuán distintas son ambas películas, y la opuesta mirada artística de sus autores.